lunes, 16 de diciembre de 2013

Breve historia de Náltraga Vol 2

Breve historia de Náltraga
Por Dagmar Adler
Vol 2
Pasaron veinte largos años hasta que Kylomen, hija de Gurag II, asesinó a Filipo, gobernante de Tiberia, mientras dormía en su lecho. Al día siguiente un ejército de más de cincuenta mil norteños entraron a Tiberia y expulsaron en menos de una semana a las fuerzas imperiales. Desde ese día y hasta hoy se celebra al inicio del invierno la semana de Kylomen.
Kylomen I fue la gran benefactora del reino. Creó numerosos gremios, como el gremio de magos; que hasta la época los nórdicos no poseían. Hizo de su reino un país lleno de cultura, sabiduría y justicia y bajo su mano los guerreros de la hermandad astada y los magos consiguieron unir un numeroso ejército e incluso formar nuevas ciudades
La gran ciudad de Guiveria, donde antaño residía el rey y donde se encuentra el palacio de los norteños; un gran alcázar construido con roca de las canteras de Lekra y cuyas torres llegaban hasta el cielo. Hoy en día el palacio está, en gran parte destruido pero se dice que contiene un objeto entregado a los hombres por los dioses durante una de las guerras de las plumas; y la primera de ellas os la voy a narrar a continuación.
Corría el 759 de la primera era. El reino de Makre, gobernado por  Kylomen I, estaba reclutando soldados, magos y demás tipos de guerreros para una posible amenaza mientras aún se recuperaba de la guerra anterior. Había una enorme tensión entre los nórdicos y el imperio del sur hasta que un día de invierno comenzó la segunda guerra norsureña.
La guerra tuvo su primera batalla en la ciudad de Trena en la que convivían pacíficamente nórdicos y sureños. En la llamada batalla de Puente Celeste, así llamado por el color de las aguas del río. La batalla acabó con la victoria absoluta de los nórdicos y a su vez destruyó la paz entre los habitantes de aquel lugar. Los norteños avanzaron hacia el sur con intención de llegar a la capital de la provincia continua. Sin embargo las tropas imperiales les esperaban al sur en el Paso de Valle Angosto.
Comenzó entonces una gran batalla en la que los nórdicos hicieron mano de los dragones como fue Furkhalad que aniquiló a numerosos escuadrones imperiales con su abrasadora llama casi tan potente como el propio sol o Grathumgord quien provocó una avalancha de rocas sobre las tropas enemigas. Los imperiales, al verse perdidos tras días de lucha, pidieron al gran sabio León unas tablas de roca que un ángel les había dado hace ya siglos. Las tablas fueron traídas desde Hélade pero, antes de llegar, un grupo de guerreros y magos Nórdicos atacaron la caravana que las traía y robaron una tabla. Tras obtenerla los más destacados magos norteños se reunieron en lo alto del monte Azul y tras ellos los poderosos magos del imperio sobre el monte Rojo. Ambos montes estaban situados sobre el paso de Valle Angosto, donde la lucha casi había finalizado a favor de los norteños. Los magos y hechiceros sobre ambos montes comenzaron la invocación y de ambos salieron dos columnas de energía que ninguno de los allí presentes podría olvidar. Una columna roja y otra azul. Tras acabar el flujo de energía se vieron dos seres allí. Ambos poseían un aura extremadamente potente que se canalizó en forma de alas de energía en sus espaldas. Nunca ningún mago pudo ver un aura tan potente en alguien. ¿Qué eran aquellos seres?
Uno de ellos comenzó a luchar por el imperio y otro por Makre. Comenzó una última batalla en la llanura de Xertos. Los alados tenían una fuerza inconmensurable y lucharon uno contra otro. Tus feroces ataques, sumado a la potencia de su esencia vital casi destruyen el flujo de espacio y tiempo en esa zona.  Los nórdicos volvieron a ganar la batalla y se disponían a seguir hacia el sur pero algo sucedió. Una hora después de ganar otra potente ráfaga de luz se proyectó desde el cielo. Esta luz estaba dividida en dos colores. Blanco y negro. Otros dos seres aparecieron con una potente aura. Éstos detuvieron a los alados y frenaron la intención de los Makrianos de descender al sur. Los norteños restantes volvieron a su país pero se hicieron con el control de las tierras al sur de Paso de Valle Angosto. Antes de desaparecer el alado negro, Agakroth, asesinó al emperador imperial frente a sus vasallos. Los nórdicos admiraron esa acción y comenzaron su credo en Agakroth, que pasó a llamarse Axell (padre de la paz) en territorio norteño, y en los demás, Hikaru, el alado blanco, apareció en numerosas ocasiones pero no todas tendrían tanta importancia como lo que Agaktoh hizo.  Los cuatro dioses han sido adorados desde entonces en Náltraga pero si queréis saber más podéis leer un libro de credos y tradiciones de Náltraga. En el siguiente volumen os contaré más historia acerca de ésta, nuestra patria, y de sus emperadores.
Firmado
Vuestro amigo

Dagmar Adler

sábado, 14 de diciembre de 2013

Angelus Umbrarum 6

Lucio despertó. No recordaba muy bien cómo había llegado ahí pero sentía el corte de su cara. Miro por la habitación, vio que era de día y que sora estaba durmiendo en el suelo al lado de su cama. Tenía sueño así que bajó al suelo, se acostó al lado de Sora, le pasó un brazo por encima y durmió junto a él en el suelo.

Dos horas más tarde Sora despertó y se sorprendió al ver a Lucio abrazándole. Le cogió la mano y la apretó contra el pecho. Lucio se despertó diez minutos después y Sora reaccionó soltando la mano e intentando parecer dormido pero ya era tarde.
—    Lucio, ¿dormiste bien?
—    Sí, señor. ¿Cuánto dormí?
—    Una noche.
—    Siento haber caído inconsciente cuando me atacaron.
—    No pasa nada, Lucio. Además esos hombres yacen en la cripta del templo.
—    ¿Los mataste?
Sora miró a los ojos de Lucio
—    Sí. Todos muertos. Aun así me aterra el hecho de que una parte de mí pueda ser así.
Lucio miró fijamente a Sora mostrando un sentimiento de seguridad.
—    Te ayudaré, mi señor. Te ayudaré a controlarlo.
Sora sonrió.
Sora y Lucio se reunieron en la planta baja de la posada con Alejandro y junto a él desayunaron. La comida que la posadera preparaba era deliciosa. Desayunaron un par de huevos fritos y de postre unos bollos rellenos de mermelada de fresa, melocotón y naranja. Eran los más ricos que Sora había probado. Tras desayunar los chicos vieron un fuego fatuo volador acercarse a Alejandro. Sora, alarmado, intentó detenerlo pero Alejandro lo detuvo. El fuego tomó forma humana con el color azulado del fuego. Alejandro salió afuera acompañado de aquel ser de fuego y comenzaron a hablar. Poco después el fuego se dispersó y Alejandro volvió. Se dirigió a los jóvenes y les transmitió un mensaje. Necesitaban su ayuda en el país limítrofe a Náltraga por el sur, Ugarria. Una persona muy importante para Alejandro había sido apresado por un tirano de alta cuna en ese país.
Los tres viajeros se pusieron en marcha y tras tres días y tres noches llegaron a la villa en la que Alejandro se tenía que encontrar con aquel fuego. Llegaron a una posada y alquilaron una habitación. Por la noche, cenaron en la taberna al lado de la posada.
—    La cena está muy rica, ¿no?
—    Pues sí —asintió Sora—. La sopa de pescado no me gusta pero el filete está delicioso. ¿Qué le ponen?
—    No estoy seguro.  Alguna especia.
—    Pimienta larga de Java —dijo Lucio sin quitar los ojos de la mesa.
—    Muy… muy bien, Lucio —afirmó Alejandro sorprendido—. No sabía que supieras tanto de cocina.
—    Aprendí del mejor —añadió Lucio.
En ese momento un hombre encapuchado con una capa negra entró en el bar y se acercó a la mesa en la que Sora, Lucio y Alejandro cenaban.
—    Buenas noches, Lerel.
—    Buenas noches, mi señor Alejandro —saludó retirando su capucha.
Al quitarse la capa se pude ver a un joven muy hermoso con pelo rubio y una bonita indumentaria.
—    Un placer —dijo reverenciándose—. Soy Lerel.
—    Encantado, soy Sora y este es Lucio, un amigo.
—    Hola —saludó Lucio.
El joven Lerel cogió una silla y se sentó junto a la mesa.
—    Os pedí ayuda porque un amigo mago está encerrado por intentar ayudar a una persona mientras era flagelada. Su nombre es Arlion.
—    Sé quién es —añadió Alejandro.
—    Si lo sabéis debéis ayudarme mi señor. Debemos rescatarlo.
—    Lo haremos. ¿Dónde se encuentra el castillo que me comentaste?
—    Sobre la colina del pueblo.
—    Perfecto. ¿Cómo entraremos? ¿Algún plan?
—    La guardia que custodia el lugar cambia de turno a eso de la medianoche así que ese es nuestro momento. No conozco cómo es por dentro solo sé que ahí reside el tirano que resulta ser el rey.
Lucio miró a su alrededor. Parecía pensar algo.
—    Lucio, ¿Tienes algo?
—    Y si… ¿Y si usamos clarividencia?
—    ¡Claro eso es! —exclamo Alejandro emocionado— Podemos mandar una honda clarividente o un sónar al castillo y conducirlo hasta las mazmorras y así tendremos el plano y sabremos donde se sitúan guardias.
—    Pero… Un conjuro de tales magnitudes es difícil sólo los magos con cierto nivel lo saben hacer.
—    Yo conozco un conjuro muy potente de tipo sónar. El problema es que requiere mucho maná como para un humano normal.
—    ¿En qué consiste el conjuro?
Alejandro sonrió.
—    Sencillo —respondió—. Ese conjuro se mete en la mente de todas las personas, animales o bichos de un radio de diez leguas.
—    ¡Pero eso es imposible! Hay muy pocas personas con suficiente maná. Tardaríamos años en encontrar un mago con tales cualidades y que además supiera hacerlo.
—    Lo tenemos —repuso Alejandro sonriente—. Sora puede hacerlo.
Sora se levantó de su asiento asustado.
—    ¿Yo?  Ni siquiera puedo lanzar una bola de fuego. ¿Cómo lanzo algo tan potente?
—    Sora, ¿recuerdas tu primer hechizo? Tienes un maná inconmensurable dentro de ti. Puedes hacerlo. ¿Acaso crees, querido hijo, que una persona normal puede partir a otra por la mitad?
—    Alejandro, soy hijo de un ángel y lo sabes. ¡Yo mismo lo partí en dos! Soy un monstruo incapaz de controlar la ira. ¿Acaso crees tú que me van a exculpar de todos los delitos que haga? Maté a mi propio padre, a mi abuela y a mi madre antes que los demás. No Sé qué soy. Sólo sé que este mundo estaría más seguro sin mí.
—    Sora… —susurró Lucio agarrándolo del cuello de la camisa— Dices que estás mejor muerto, ¿no es así? Eres mi mejor amigo. Has estado conmigo desde que éramos pequeños. He crecido junto a ti, he reído, he llorado, he aprendido, jugado, he sido feliz junto a ti. Y no sólo eso. He estado junto a ti cuando mataste a tu padre. Cuando me salvaste de aquellos hombres yo caí viendo como luchabas por mí. ¿Sabes acaso cómo me siento? ¿Qué es lo que siento al estar contigo, con cada mirada, abrazo o sonrisa que me das? —rompió a llorar— Sora, puede que este a tu servicio pero no puedes obligarme a asentir cuando dices tales estupideces. Créeme cuando te digo que si murieras ahora mismo se evitarían guerras y miles de personas se salvarían de la muerte…
Se detuvo, agarró un cuchillo sobre la mesa y degolló a Sora.
Sora cayó hacia atrás. Había muerto. Lucio, lo había matado. Alejandro miró a Lucio y sonrió. Lerel, en cambio, se agachó e intentó ayudar a Sora.
—    ¿Por qué has hecho eso? Lo has matado. Se suponía que era tu amigo.
—    No hagas esfuerzos inútiles, Lerel, no puedes ayudarle.
—    Inteligente acción, Lucio —dijo Alejandro por lo bajo.
—    Sora debería haberse dado cuenta ya de lo que pasa. No es el hijo normal de un ángel. De esos hay muchos… —respondió Lucio por lo bajo.
—    Habrá que explicárselo.
—    Lo haremos, señor.
—    Y, ¿cómo lo supiste?
—    Digamos que… Oh, mira.
Sora comenzó a emanar una luz azul alrededor de su cuerpo. A los pocos segundos su cuerpo entero se había rodeado de esa luz. Su herida se curó y su oscura cabellera creció hasta llegarle hasta el pecho. Tomó una tonalidad muy oscura y el mechón central de su flequillo se volvió blanco. A su vez apareció de su cintura colgado un pequeño libro negro y una pluma negra con la punta de color rojo. En un instante la luz azul se volvió roja y Sora comenzó a agitarse sin control. En ese momento Lucio se levantó de la silla y fue al lado de Sora. Juntó las manos y pronunció unas palabras en una lengua antigua. “Hepermo sin zebión. Laxader tróningis” fue separando las manos poco a poco creando una esfera de color verde la cual sujetó con una mano. “Bios, Thanatos, Cosmos, Cronos, ¡Arjé!” Pronunciando estas palabras la energía verde se fue transformando en esferas más pequeñas en la punta de sus dedos. Cada una de un color: blanca, negra, roja, azul y violeta.
—    ¡Yo, Lucio Biggen, te libero a ti, Sora Kenshi, de la opresión del sello de los cinco elementos!
Lucio golpeó a Sora en el pecho con la mano abierta haciendo que las esferas entraran dentro de él. Al instante hubo una gran explosión de poder y Alejandro, Lerel, el posadero y los dos clientes que quedaban fueron arrastrados por la corriente de energía contra la pared. La potente ráfaga de poder elemental se hizo más potente y Alejandro se tuvo que meter en el PCOET junto a los demás hombres. Lucio pronunció una última palabra, era un nombre, el nombre del creador. En ese momento toda la energía se concentró en una esfera violeta y pequeña.
—    ¡Yo te bendigo con el poder de los cinco elementos! —exclamó metiendo la esfera violeta dentro del pecho de Sora.
Un segundo después de decir eso ya no estaban en la taberna. Se encontraban en un lugar muy extraño. El cielo era verde con una permanente aurora boreal y el suelo estaba lleno de hierba y flores de colores. Sora seguía muerto y Lucio no sabía qué hacer. Minutos después de aparecer ahí apareció una hilera de pequeños fuegos azules frente a él. Trató de arrastrar el cuerpo de Sora pero en esa dimensión todo era mucho más pesado. Podía andar, por suerte. Un espectro verde apareció de la nada. Al ver a Lucio intentar mover a su amigo muerto se conmovió y fue a ayudarle. Éste lanzó un grito muy agudo y tétrico y aparecieron entonces un grupo más de espectros de varios colores. Las ánimas ayudaron a Lucio a mover el cuerpo sin vida de Sora. Siguieron la senda de fuegos fatuos y Lucio vio lo extraño que era aquel lugar. Había numerosos seres espectrales; había animales, humanos, seres mágicos y de todo tipo que Lucio jamás hubiera podido imaginar. Pasaron por un puente de piedra y bajo este había un enorme río de almas que flotaban en un tipo de energía azul y roja. Acabaron llegando a una enorme escalera que conducía a un palacio enorme y blanco. A los lados de la escalinata había unos lujosos edificios conectados entre sí. De ahí salían ángeles con alas blancas y negras. Parecían llevarse bien. Al fin llegaron al palacio. Tras pasar el enorme recibidor subieron por unas escaleras. Todas las paredes estaban llenas de cuadros con paisajes que parecían reales. A lo alto de la escalera, en la primera planta había cuatro cuadros de cuatro personas. Vestían ropas muy extrañas que Lucio jamás había visto ni imaginado si quiera. Entraron a un gran despacho. Era enorme con multitud de cuadros en las paredes con las imágenes de las personas de los cuadros situados al lado de ese mismo despacho. También había nueve enormes libros, tan gruesos como una pared o más, situados a la izquierda de la puerta. En el centro de la sala había una caja de cristal sobre un pedestal de mármol. En su interior había un extraño artefacto violeta que flotaba en el aire. Lucio se paró ahí. Ese extraño objeto emitía luz y era tan fino como su dedo meñique o más. Lucio continuó avanzando. Al fondo de la sala había un escritorio con una vela encendida. Un hombre de cabello negro estaba sentado escribiendo. Llegaron y pararon frente a la mesa. Ese extraño hombre sonrió, se levantó y les miró.
—    Encantado de verte de nuevo, Lucio Biggen.
—    Encantado yo también, señor. Hice lo que me pediste. Maté a Sora y le bloqueé el sello.
—    Hay que tener agallas, chico. No todo el mundo mata a su mejor amigo y menos le practica uno de los sellos prohibidos a su cadáver.
—    ¿Qué pasará con Sora?
—    Hay que despertarlo.
—    Creía que seguía muerto y que su alma estaba en el infierno.
—    Muerto, la verdad es que no y su alma en el infierno sí porque esto es el infierno.
—    Ya lo he visto. Es curioso. ¿Todas las personas que han muerto están aquí?
—    No, para nada —negó riéndose—. Te diría la verdad pero no debo desvelarte nada sobre la vida y la muerte por ahora. Ahora despiértale con un hechizo curativo, a poder ser medianamente potente.
—    De acuerdo. Shama —pronunció poniendo la palma de la mano en el pecho de Sora.
Sora despertó y miró a su alrededor. Lucio lo observaba y a su lado había un extraño hombre que le resultaba familiar. Sora miró la longitud de su peinado y el color de su flequillo y, confuso por el cambio que había sufrido, pidió un espejo. El extraño hombre le prestó una especie de espejo. Nunca había podido verse mejor. No era como los metales que usaban a modo de espejo sino que podía ver todo su cuerpo y esto le fascinó. Ya recompuesto miró a Lucio.
—    ¿Me has matado?
—    Sí, mi señor, lo siento sólo cumplía órdenes.
—    No pasa nada, Lucio, al fin y al cabo estoy aquí que, por cierto, ¿qué es este lugar?
—    El infierno, así lo llaman en tu mundo —respondió el hombre.
—    Perdón por mi ignorancia pero, ¿quién eres?
—    Siento no haberme presentado antes, Sora. Tú y yo nos hemos visto en varias ocasiones pero no te dije mi nombre. ¿Recuerdas el día que cumpliste ocho años y tu abuela te regaló el grimorio? Fuiste a entrenar al claro y ahí es donde me viste. Yo era aquel extraño hombre que te observaba. También nos hemos visto el día que atacaron a Lucio. Te di esas lentes que llevas en el bolsillo de tu pantalón. Yo era Axell que, por cierto así es como me llaman en el norte. Los nórdicos me llamaron Axell que significa padre de la paz. Pero nuestra historia se remonta a mucho tiempo atrás. Tú naciste aquí, ¿sabes? Tu madre vivió aquí protegida durante nueve meses. Incluso después de haber nacido tú tuve que protegerte para que los aldeanos de tu villa no te mataran. Pensaban que eras el hijo de un caído. Se equivocaban. No eres el hijo de un ángel cualquiera. Tu padre no atacó la aldea. Tú no mataste a tu padre. Mi nombre es Agakroth y soy uno de los cuatro alados y lo que es más importante; tú eres mi hijo.
—    Tú eres mi padre. Tú, uno de los seres más poderosos que existen. Lo que no entiendo es, ¿por qué no me cuidaste en toda mi vida? ¡¿por qué?! Dejaste que matara a mi abuela y que me adoptara mi maestro. En vez de protegerme y de ayudarme a aprender hechizos o lo que sea que un hijo de un alado pueda hacer me dejaste en manos de otras personas. Mi abuela intento matarme y lo que es peor, yo la maté. Le saqué el alma del cuerpo como al parecer hice con mi madre. ¿Y qué hay de ella? Ya veo que no la tienes aquí, junto a ti gobernando los infiernos. La dejarías pudrirse en el más recóndito lugar del inframundo. ¿Por qué no el Tártaro? Ahí es donde estará mi madre, junto a mi abuela después de que yo las matara a las dos. Nunca me has hablado de ella. Las únicas conversaciones que yo recuerdo contigo son breves y nunca me has contado nada de mí, de cómo me crie o cómo fue mi infancia. Nunca has estado conmigo y tampoco lo estarás a partir de ahora. Seguro que sólo soy uno de tus muchos hijos en el mundo. Dime, padre, ¿cuál es la razón de mi existencia?
—    La razón de tu existencia es tu historia. ¿No te preguntas acaso por qué tu madre y yo tuvimos un hijo? Te contaré la historia.
—    Estoy esperando a que lo hagas.
Agakroth miró a Sora y sacó el libro que llevaba colgado del cinturón. Cogió una pluma y apuntó algo en una hoja. Le entregó el libro a Sora.
—    Léelo. Es un resumen de una parte de la vida de tu madre. Hasta tu nacimiento.
Sora cogió el libro y comenzó a leer en voz alta.
—    La villa en la que Masumi vivía fue atacada por un ángel. Masumi volvía de coger fruta del bosque cuando vio el ataque a la villa. La villa estaba en llamas y Masumi corrió hacia su casa. En el camino observó cómo numerosos hombres huían. Masumi siguió corriendo. No quería ver morir a su madre Midori. Por el camino escuchó algo sobre ella. Los aldeanos que quedaban en pie le advirtieron que huyera pero era muy tarde. El ángel caído Jamel la raptó y la llevó a una cueva en el monte Zilac, muy cerca de la aldea. Jamel trató de violarla pero fue el propio Joseph Adam Simmons o Agakroth en ese mundo quien la rescató. El alado Agakroth la llevó hasta su palacio en el inframundo. Allí pasaron meses, años incluso y Masumi y Agakroth se enamoraron y Masumi quedó embarazada de Agakroth. Para Masumi su estancia en el inframundo fue la mejor experiencia de su vida. Tras dieciséis años se enamoró y tuvo a sus…
—    Para ahí. Mira ahora dos páginas más adelante. Su presente.
—    Actualmente Masumi vive junto a su madre y su esposo Agakroth en el mundo de los divinos.
Sora comenzó a sonreír. Dejó el libro, se levantó y abrazó a su padre.
—    Me equivoqué contigo, padre. Has cuidado de mi madre y la amas. Siento haberte dicho cosas tan horribles. No hemos estado muy unidos pero eres mi padre y estaré de tu lado siempre.
—    No pasa nada, hijo. Siento haberte dejado sin mí pero aún tienes a Alejandro y a tu amigo Lucio que, por cierto, Nunca lo pierdas. Os espera un glorioso futuro juntos.
—    Sora, deberíamos irnos. Ya ha pasado mucho rato y deberíamos ayudar a Lerel.
—    Es verdad, chicos. Sora no te preocupes ya que estaré más en tu vida. Y tomad un regalo de mi parte. Es una armadura muy potente aunque no lo parezca y, Sora, lleva el PCOET que te he dado a modo de brazalete. Es mejor, créeme. Además podemos hablar mediante ese artefacto. Es más poderoso de lo que crees.
Sora se imaginó el PCOET como un brazalete de cuero en su antebrazo izquierdo y el extraño libro ascendió desde su cinturón hasta su brazo donde se transformó.
—    De acuerdo, padre. ¿Algo más antes de irnos?
—    Pues hay algo que deberías saber pero no puedo decírtelo porque le prometí a tu madre que no lo haría. Ya lo descubrirás. Saludad a Alejandro de mi parte y cuidaos, chicos.
—    Lo haremos. Hasta pronto, padre.

Los jóvenes volvieron a su mundo donde Alejando, Lerel y una misión les esperaban. Y muy pronto os contaré su próxima aventura. Saludos y hasta pronto.