Lucio despertó. No recordaba muy bien
cómo había llegado ahí pero sentía el corte de su cara. Miro por la habitación,
vio que era de día y que sora estaba durmiendo en el suelo al lado de su cama.
Tenía sueño así que bajó al suelo, se acostó al lado de Sora, le pasó un brazo
por encima y durmió junto a él en el suelo.
Dos horas más tarde Sora despertó y
se sorprendió al ver a Lucio abrazándole. Le cogió la mano y la apretó contra
el pecho. Lucio se despertó diez minutos después y Sora reaccionó soltando la
mano e intentando parecer dormido pero ya era tarde.
—
Lucio,
¿dormiste bien?
—
Sí,
señor. ¿Cuánto dormí?
—
Una
noche.
—
Siento
haber caído inconsciente cuando me atacaron.
—
No
pasa nada, Lucio. Además esos hombres yacen en la cripta del templo.
—
¿Los
mataste?
Sora miró a los ojos de Lucio
—
Sí.
Todos muertos. Aun así me aterra el hecho de que una parte de mí pueda ser así.
Lucio miró fijamente a Sora mostrando
un sentimiento de seguridad.
—
Te
ayudaré, mi señor. Te ayudaré a controlarlo.
Sora sonrió.
Sora y Lucio se reunieron en la
planta baja de la posada con Alejandro y junto a él desayunaron. La comida que
la posadera preparaba era deliciosa. Desayunaron un par de huevos fritos y de
postre unos bollos rellenos de mermelada de fresa, melocotón y naranja. Eran los
más ricos que Sora había probado. Tras desayunar los chicos vieron un fuego
fatuo volador acercarse a Alejandro. Sora, alarmado, intentó detenerlo pero
Alejandro lo detuvo. El fuego tomó forma humana con el color azulado del fuego.
Alejandro salió afuera acompañado de aquel ser de fuego y comenzaron a hablar.
Poco después el fuego se dispersó y Alejandro volvió. Se dirigió a los jóvenes
y les transmitió un mensaje. Necesitaban su ayuda en el país limítrofe a Náltraga
por el sur, Ugarria. Una persona muy importante para Alejandro había sido
apresado por un tirano de alta cuna en ese país.
Los tres viajeros se pusieron en
marcha y tras tres días y tres noches llegaron a la villa en la que Alejandro
se tenía que encontrar con aquel fuego. Llegaron a una posada y alquilaron una
habitación. Por la noche, cenaron en la taberna al lado de la posada.
—
La
cena está muy rica, ¿no?
—
Pues
sí —asintió Sora—. La sopa de pescado no me gusta pero el filete está
delicioso. ¿Qué le ponen?
—
No
estoy seguro. Alguna especia.
—
Pimienta
larga de Java —dijo Lucio sin quitar los ojos de la mesa.
—
Muy…
muy bien, Lucio —afirmó Alejandro sorprendido—. No sabía que supieras tanto de
cocina.
—
Aprendí
del mejor —añadió Lucio.
En ese momento un hombre encapuchado
con una capa negra entró en el bar y se acercó a la mesa en la que Sora, Lucio
y Alejandro cenaban.
—
Buenas
noches, Lerel.
—
Buenas
noches, mi señor Alejandro —saludó retirando su capucha.
Al quitarse la capa se pude ver a un
joven muy hermoso con pelo rubio y una bonita indumentaria.
—
Un
placer —dijo reverenciándose—. Soy Lerel.
—
Encantado,
soy Sora y este es Lucio, un amigo.
—
Hola
—saludó Lucio.
El joven Lerel cogió una silla y se
sentó junto a la mesa.
—
Os
pedí ayuda porque un amigo mago está encerrado por intentar ayudar a una
persona mientras era flagelada. Su nombre es Arlion.
—
Sé
quién es —añadió Alejandro.
—
Si
lo sabéis debéis ayudarme mi señor. Debemos rescatarlo.
—
Lo
haremos. ¿Dónde se encuentra el castillo que me comentaste?
—
Sobre
la colina del pueblo.
—
Perfecto.
¿Cómo entraremos? ¿Algún plan?
—
La
guardia que custodia el lugar cambia de turno a eso de la medianoche así que
ese es nuestro momento. No conozco cómo es por dentro solo sé que ahí reside el
tirano que resulta ser el rey.
Lucio miró a su alrededor. Parecía
pensar algo.
—
Lucio,
¿Tienes algo?
—
Y
si… ¿Y si usamos clarividencia?
—
¡Claro
eso es! —exclamo Alejandro emocionado— Podemos mandar una honda clarividente o
un sónar al castillo y conducirlo hasta las mazmorras y así tendremos el plano
y sabremos donde se sitúan guardias.
—
Pero…
Un conjuro de tales magnitudes es difícil sólo los magos con cierto nivel lo
saben hacer.
—
Yo
conozco un conjuro muy potente de tipo sónar. El problema es que requiere mucho
maná como para un humano normal.
—
¿En
qué consiste el conjuro?
Alejandro sonrió.
—
Sencillo
—respondió—. Ese conjuro se mete en la mente de todas las personas, animales o
bichos de un radio de diez leguas.
—
¡Pero
eso es imposible! Hay muy pocas personas con suficiente maná. Tardaríamos años
en encontrar un mago con tales cualidades y que además supiera hacerlo.
—
Lo
tenemos —repuso Alejandro sonriente—. Sora puede hacerlo.
Sora se levantó de su asiento
asustado.
—
¿Yo? Ni siquiera puedo lanzar una bola de fuego.
¿Cómo lanzo algo tan potente?
—
Sora,
¿recuerdas tu primer hechizo? Tienes un maná inconmensurable dentro de ti.
Puedes hacerlo. ¿Acaso crees, querido hijo, que una persona normal puede partir
a otra por la mitad?
—
Alejandro,
soy hijo de un ángel y lo sabes. ¡Yo mismo lo partí en dos! Soy un monstruo
incapaz de controlar la ira. ¿Acaso crees tú que me van a exculpar de todos los
delitos que haga? Maté a mi propio padre, a mi abuela y a mi madre antes que
los demás. No Sé qué soy. Sólo sé que este mundo estaría más seguro sin mí.
—
Sora…
—susurró Lucio agarrándolo del cuello de la camisa— Dices que estás mejor
muerto, ¿no es así? Eres mi mejor amigo. Has estado conmigo desde que éramos
pequeños. He crecido junto a ti, he reído, he llorado, he aprendido, jugado, he
sido feliz junto a ti. Y no sólo eso. He estado junto a ti cuando mataste a tu
padre. Cuando me salvaste de aquellos hombres yo caí viendo como luchabas por
mí. ¿Sabes acaso cómo me siento? ¿Qué es lo que siento al estar contigo, con
cada mirada, abrazo o sonrisa que me das? —rompió a llorar— Sora, puede que
este a tu servicio pero no puedes obligarme a asentir cuando dices tales estupideces.
Créeme cuando te digo que si murieras ahora mismo se evitarían guerras y miles
de personas se salvarían de la muerte…
Se detuvo, agarró un cuchillo sobre
la mesa y degolló a Sora.
Sora cayó hacia atrás. Había muerto.
Lucio, lo había matado. Alejandro miró a Lucio y sonrió. Lerel, en cambio, se
agachó e intentó ayudar a Sora.
—
¿Por
qué has hecho eso? Lo has matado. Se suponía que era tu amigo.
—
No
hagas esfuerzos inútiles, Lerel, no puedes ayudarle.
—
Inteligente
acción, Lucio —dijo Alejandro por lo bajo.
—
Sora
debería haberse dado cuenta ya de lo que pasa. No es el hijo normal de un
ángel. De esos hay muchos… —respondió Lucio por lo bajo.
—
Habrá
que explicárselo.
—
Lo
haremos, señor.
—
Y,
¿cómo lo supiste?
—
Digamos
que… Oh, mira.
Sora comenzó a emanar una luz azul
alrededor de su cuerpo. A los pocos segundos su cuerpo entero se había rodeado
de esa luz. Su herida se curó y su oscura cabellera creció hasta llegarle hasta
el pecho. Tomó una tonalidad muy oscura y el mechón central de su flequillo se
volvió blanco. A su vez apareció de su cintura colgado un pequeño libro negro y
una pluma negra con la punta de color rojo. En un instante la luz azul se
volvió roja y Sora comenzó a agitarse sin control. En ese momento Lucio se
levantó de la silla y fue al lado de Sora. Juntó las manos y pronunció unas
palabras en una lengua antigua. “Hepermo
sin zebión. Laxader tróningis” fue separando las manos poco a poco creando
una esfera de color verde la cual sujetó con una mano. “Bios, Thanatos, Cosmos, Cronos, ¡Arjé!” Pronunciando estas
palabras la energía verde se fue transformando en esferas más pequeñas en la
punta de sus dedos. Cada una de un color: blanca, negra, roja, azul y violeta.
—
¡Yo,
Lucio Biggen, te libero a ti, Sora Kenshi, de la opresión del sello de los cinco
elementos!
Lucio golpeó a Sora en el pecho con
la mano abierta haciendo que las esferas entraran dentro de él. Al instante
hubo una gran explosión de poder y Alejandro, Lerel, el posadero y los dos
clientes que quedaban fueron arrastrados por la corriente de energía contra la
pared. La potente ráfaga de poder elemental se hizo más potente y Alejandro se
tuvo que meter en el PCOET junto a los demás hombres. Lucio pronunció una
última palabra, era un nombre, el nombre del creador. En ese momento toda la energía
se concentró en una esfera violeta y pequeña.
—
¡Yo
te bendigo con el poder de los cinco elementos! —exclamó metiendo la esfera
violeta dentro del pecho de Sora.
Un segundo después de decir eso ya no
estaban en la taberna. Se encontraban en un lugar muy extraño. El cielo era
verde con una permanente aurora boreal y el suelo estaba lleno de hierba y
flores de colores. Sora seguía muerto y Lucio no sabía qué hacer. Minutos
después de aparecer ahí apareció una hilera de pequeños fuegos azules frente a
él. Trató de arrastrar el cuerpo de Sora pero en esa dimensión todo era mucho
más pesado. Podía andar, por suerte. Un espectro verde apareció de la nada. Al
ver a Lucio intentar mover a su amigo muerto se conmovió y fue a ayudarle. Éste
lanzó un grito muy agudo y tétrico y aparecieron entonces un grupo más de
espectros de varios colores. Las ánimas ayudaron a Lucio a mover el cuerpo sin
vida de Sora. Siguieron la senda de fuegos fatuos y Lucio vio lo extraño que
era aquel lugar. Había numerosos seres espectrales; había animales, humanos,
seres mágicos y de todo tipo que Lucio jamás hubiera podido imaginar. Pasaron
por un puente de piedra y bajo este había un enorme río de almas que flotaban
en un tipo de energía azul y roja. Acabaron llegando a una enorme escalera que
conducía a un palacio enorme y blanco. A los lados de la escalinata había unos
lujosos edificios conectados entre sí. De ahí salían ángeles con alas blancas y
negras. Parecían llevarse bien. Al fin llegaron al palacio. Tras pasar el
enorme recibidor subieron por unas escaleras. Todas las paredes estaban llenas
de cuadros con paisajes que parecían reales. A lo alto de la escalera, en la
primera planta había cuatro cuadros de cuatro personas. Vestían ropas muy
extrañas que Lucio jamás había visto ni imaginado si quiera. Entraron a un gran
despacho. Era enorme con multitud de cuadros en las paredes con las imágenes de
las personas de los cuadros situados al lado de ese mismo despacho. También
había nueve enormes libros, tan gruesos como una pared o más, situados a la
izquierda de la puerta. En el centro de la sala había una caja de cristal sobre
un pedestal de mármol. En su interior había un extraño artefacto violeta que
flotaba en el aire. Lucio se paró ahí. Ese extraño objeto emitía luz y era tan
fino como su dedo meñique o más. Lucio continuó avanzando. Al fondo de la sala
había un escritorio con una vela encendida. Un hombre de cabello negro estaba
sentado escribiendo. Llegaron y pararon frente a la mesa. Ese extraño hombre
sonrió, se levantó y les miró.
—
Encantado
de verte de nuevo, Lucio Biggen.
—
Encantado
yo también, señor. Hice lo que me pediste. Maté a Sora y le bloqueé el sello.
—
Hay
que tener agallas, chico. No todo el mundo mata a su mejor amigo y menos le
practica uno de los sellos prohibidos a su cadáver.
—
¿Qué
pasará con Sora?
—
Hay
que despertarlo.
—
Creía
que seguía muerto y que su alma estaba en el infierno.
—
Muerto,
la verdad es que no y su alma en el infierno sí porque esto es el infierno.
—
Ya
lo he visto. Es curioso. ¿Todas las personas que han muerto están aquí?
—
No,
para nada —negó riéndose—. Te diría la verdad pero no debo desvelarte nada
sobre la vida y la muerte por ahora. Ahora despiértale con un hechizo curativo,
a poder ser medianamente potente.
—
De
acuerdo. Shama —pronunció poniendo la palma de la mano en el pecho de Sora.
Sora despertó y miró a su alrededor.
Lucio lo observaba y a su lado había un extraño hombre que le resultaba
familiar. Sora miró la longitud de su peinado y el color de su flequillo y,
confuso por el cambio que había sufrido, pidió un espejo. El extraño hombre le
prestó una especie de espejo. Nunca había podido verse mejor. No era como los
metales que usaban a modo de espejo sino que podía ver todo su cuerpo y esto le
fascinó. Ya recompuesto miró a Lucio.
—
¿Me
has matado?
—
Sí,
mi señor, lo siento sólo cumplía órdenes.
—
No
pasa nada, Lucio, al fin y al cabo estoy aquí que, por cierto, ¿qué es este
lugar?
—
El
infierno, así lo llaman en tu mundo —respondió el hombre.
—
Perdón
por mi ignorancia pero, ¿quién eres?
—
Siento
no haberme presentado antes, Sora. Tú y yo nos hemos visto en varias ocasiones
pero no te dije mi nombre. ¿Recuerdas el día que cumpliste ocho años y tu
abuela te regaló el grimorio? Fuiste a entrenar al claro y ahí es donde me
viste. Yo era aquel extraño hombre que te observaba. También nos hemos visto el
día que atacaron a Lucio. Te di esas lentes que llevas en el bolsillo de tu
pantalón. Yo era Axell que, por cierto así es como me llaman en el norte. Los
nórdicos me llamaron Axell que significa padre de la paz. Pero nuestra historia
se remonta a mucho tiempo atrás. Tú naciste aquí, ¿sabes? Tu madre vivió aquí
protegida durante nueve meses. Incluso después de haber nacido tú tuve que
protegerte para que los aldeanos de tu villa no te mataran. Pensaban que eras
el hijo de un caído. Se equivocaban. No eres el hijo de un ángel cualquiera. Tu
padre no atacó la aldea. Tú no mataste a tu padre. Mi nombre es Agakroth y soy
uno de los cuatro alados y lo que es más importante; tú eres mi hijo.
—
Tú
eres mi padre. Tú, uno de los seres más poderosos que existen. Lo que no
entiendo es, ¿por qué no me cuidaste en toda mi vida? ¡¿por qué?! Dejaste que
matara a mi abuela y que me adoptara mi maestro. En vez de protegerme y de
ayudarme a aprender hechizos o lo que sea que un hijo de un alado pueda hacer
me dejaste en manos de otras personas. Mi abuela intento matarme y lo que es
peor, yo la maté. Le saqué el alma del cuerpo como al parecer hice con mi
madre. ¿Y qué hay de ella? Ya veo que no la tienes aquí, junto a ti gobernando
los infiernos. La dejarías pudrirse en el más recóndito lugar del inframundo.
¿Por qué no el Tártaro? Ahí es donde estará mi madre, junto a mi abuela después
de que yo las matara a las dos. Nunca me has hablado de ella. Las únicas
conversaciones que yo recuerdo contigo son breves y nunca me has contado nada
de mí, de cómo me crie o cómo fue mi infancia. Nunca has estado conmigo y
tampoco lo estarás a partir de ahora. Seguro que sólo soy uno de tus muchos
hijos en el mundo. Dime, padre, ¿cuál es la razón de mi existencia?
—
La
razón de tu existencia es tu historia. ¿No te preguntas acaso por qué tu madre
y yo tuvimos un hijo? Te contaré la historia.
—
Estoy
esperando a que lo hagas.
Agakroth miró a Sora y sacó el libro
que llevaba colgado del cinturón. Cogió una pluma y apuntó algo en una hoja. Le
entregó el libro a Sora.
—
Léelo.
Es un resumen de una parte de la vida de tu madre. Hasta tu nacimiento.
Sora cogió el libro y comenzó a leer
en voz alta.
—
La
villa en la que Masumi vivía fue atacada por un ángel. Masumi volvía de coger
fruta del bosque cuando vio el ataque a la villa. La villa estaba en llamas y
Masumi corrió hacia su casa. En el camino observó cómo numerosos hombres huían.
Masumi siguió corriendo. No quería ver morir a su madre Midori. Por el camino
escuchó algo sobre ella. Los aldeanos que quedaban en pie le advirtieron que huyera
pero era muy tarde. El ángel caído Jamel la raptó y la llevó a una cueva en el
monte Zilac, muy cerca de la aldea. Jamel trató de violarla pero fue el propio
Joseph Adam Simmons o Agakroth en ese mundo quien la rescató. El alado Agakroth
la llevó hasta su palacio en el inframundo. Allí pasaron meses, años incluso y
Masumi y Agakroth se enamoraron y Masumi quedó embarazada de Agakroth. Para
Masumi su estancia en el inframundo fue la mejor experiencia de su vida. Tras
dieciséis años se enamoró y tuvo a sus…
—
Para
ahí. Mira ahora dos páginas más adelante. Su presente.
—
Actualmente
Masumi vive junto a su madre y su esposo Agakroth en el mundo de los divinos.
Sora comenzó a sonreír. Dejó el
libro, se levantó y abrazó a su padre.
—
Me
equivoqué contigo, padre. Has cuidado de mi madre y la amas. Siento haberte
dicho cosas tan horribles. No hemos estado muy unidos pero eres mi padre y
estaré de tu lado siempre.
—
No
pasa nada, hijo. Siento haberte dejado sin mí pero aún tienes a Alejandro y a
tu amigo Lucio que, por cierto, Nunca lo pierdas. Os espera un glorioso futuro
juntos.
—
Sora,
deberíamos irnos. Ya ha pasado mucho rato y deberíamos ayudar a Lerel.
—
Es
verdad, chicos. Sora no te preocupes ya que estaré más en tu vida. Y tomad un
regalo de mi parte. Es una armadura muy potente aunque no lo parezca y, Sora,
lleva el PCOET que te he dado a modo de brazalete. Es mejor, créeme. Además
podemos hablar mediante ese artefacto. Es más poderoso de lo que crees.
Sora se imaginó el PCOET como un
brazalete de cuero en su antebrazo izquierdo y el extraño libro ascendió desde
su cinturón hasta su brazo donde se transformó.
—
De
acuerdo, padre. ¿Algo más antes de irnos?
—
Pues
hay algo que deberías saber pero no puedo decírtelo porque le prometí a tu
madre que no lo haría. Ya lo descubrirás. Saludad a Alejandro de mi parte y
cuidaos, chicos.
—
Lo
haremos. Hasta pronto, padre.
Los jóvenes volvieron a su mundo
donde Alejando, Lerel y una misión les esperaban. Y muy pronto os contaré su
próxima aventura. Saludos y hasta pronto.