miércoles, 8 de enero de 2014

Angelus Umbrarum 7

Sora había conocido a su padre y éste le había respondido a varias cosas pero Sora aún tenía dudas acerca de sí mismo. Lucio y Sora aparecieron en la taberna, la cual Alejandro y Lerel habían dejado limpia y ordenada; y habían borrado la memoria a las personas que había en el establecimiento y que vieron actuar a Lucio. Al aparecer, Alejandro y Lerel estaban sentados tomando una jarra de cerveza. Sora miró a Alejandro y vio como éste sonreía.
— ¿Lo sabías?
— Sí, Sora. Lo sabía pero tenía prohibido decirte nada.
— Lo comprendo. Gracias por todo, padre Alejandro.
— De nada, hijo.
Sora percibió cómo el PCOET de su antebrazo vibraba. Lo miró y vio una frase en un extraño pergamino pegado al brazalete. Lo leyó y decía “Un regalo para Lucio y para ti. Es un traje de guerrero elemental. Pulsa ahí” y una flecha que señalaba un botón dorado en el brazalete. Lucio lo pulsó y el pergamino del brazalete se convirtió en una pantalla con fondo azul en la que había dos cajas de colores con un lazo rojo encima. Sora pulsó las dos y los dos jóvenes cambiaron la indumentaria que llevaban por una camisa negra con numerosos bolsillos, unos pantalones negros, anchos y cómodos, unas botas de cuero negras y una gabardina negra con un broche de oro y cuatro esferas, cinco en el caso de Sora. Las esferas eran roja, negra, azul y blanca en el traje de Lucio y una violeta en el centro, además de las anteriores, en la gabardina de Sora. Sora cogió una pluma situada en el costado del brazalete y escribió “Gracias, padre por estos dones pero hubiera preferido una ropa de noble en vez de esto”. Agakroth respondió “Niño tonto ‘jajaja’ es un traje de batalla no es necesario llevarlo si no combatís. Y si os lo ponéis y estáis en apuros posad la mano sobre las esferas; os darán poder. Y quitaos eso para salir a la calle u os tomarán por locos. Hasta pronto, hijo”
— Es una armadura de batalla al parecer.
— Es algo así, Sora —interrumpió Alejandro—. Es la armadura oficial de quienes trabajan para los dioses. Ya sean ángeles o humanos suelen llevar este traje, el cual les protege del frío, de la magia, frena ciertos golpes, aumenta la regeneración celular y en caso de extremo peligro pueden recibir un aumento de energía de los elementos pulsando las esferas que poseen.
— Y, ¿cómo sabes eso, padre?
— Es una larga historia que ahora no tenemos tiempo de contar —dijo entre risas.
— Es verdad. Debemos rescatar al amigo de Lerel. ¿Habéis pensado en una poción de invisibilidad?
— Y tú, Sora, ¿has pensado acaso en teletransportarnos a todos? —preguntó Lucio.
— ¿Puedo hacer eso?
— Sí que puedes con el sello de los elementos.
— Lo puedo intentar.
— Hazlo ahora.
Sora se levantó y trató de ejecutar un conjuro de teletransporte que conocía. Pensó un lugar de la taberna y pronunció las palabras canalizadoras. “Frak Roh Dhul”. Medio segundo después ya estaba frente a la puerta. Lo había conseguido.
— Perfecto, Sora. Repasemos el plan. Sora nos teletransporta hasta la celda donde Arlion está recluido y tras soltarlo volvemos a teletransportarnos fuera.
— Bien, Lerel, buen plan. Sólo encuentro un fallo y es que Sora no podrá aguantar tanto teletransporte. Aún debe formarse como semidiós. No tiene tanta resistencia.
— Puedo hacerlo, Lucio.
— Yo también lo creo pero si no fuera así deberíamos tomar una poción de invisibilidad y salir sin hacer ruido. Sora, mira en el PCOET si hay alguna poción.
Sora volvió a pulsar el botón dorado de antes y la pantalla volvió a salir. En una esquina había una especie de ojo y Sora lo pulsó para comprobar que era una búsqueda. Un teclado salió con los caracteres de su alfabeto y el joven escribió “Poción de invisibilidad”. Le salieron varias en la pantalla. Seleccionó una mediana para una hora y la guardó en una bolsa que se supone que era su inventario personal.
— Ya las tengo, chicos. Es extraño el PCOET. ¿Tendrá de todo?
— Yo creo que sí —respondió Alejandro—. Y vamos ya hacia el castillo antes de que cambien el turno.


Llegaron a los muros externos de la fortaleza, justo al lado de las celdas. Ya podían oír quejarse a los reos que las habitaban. Sora se concentró, pronunció los sellos y medio segundo después ya estaban dentro, pero, en la cocina… La mitad de los guardias del castillo les observaban.
— Sora, ¿enserio nos has llevado a la cocina?
— Eh… Tenía hambre...
— ¿Sabéis qué es lo gracioso? —añadió Alejandro— Que estamos en la otra punta del castillo. Aparte de que unos guardias estén en estado de shock por nuestra culpa y nos vayan a atacar. No es tan malo como parece, ¿verdad?
Los soldados se prepararon para atacar y para mayor desgracia eran mucho más numerosos que nuestros cuatro aventureros. Sora, Lucio y Alejandro se defendieron con las armas y Lerel con la magia. Tras dejar inconscientes o matar a los guardias de la sala utilizaron pociones de invisibilidad para ir a las mazmorras. Todos los guardias que veían sabían que alguien estaba en la fortaleza y buscaban a los intrusos. Al llegar a las mazmorras atrancaron la puerta con un encantamiento y se adentraron en los pasillos de los calabozos. Había un guardia al que mataron con un arco y el PCOET de Sora le lanzó un foco extraño que hizo brillar los objetos que llevaba e hizo levitar un pequeño manojo de llaves. Mientras se adentraban en las mazmorras Sora oyó algo. Oyó el rezo de un preso que le hacía marearse. Fue hacia aquella celda y lo vio tras la puerta. Era muy joven y estaba rezando pero, ¿a quién? La lengua de la oración era Nórdico antiguo y sora era incapaz de descifrar lo que decía. Al acercarse a la puerta el reo paró y comenzó a hablar.
— Has venido al fin a por mí, mi amo. Llevo días, meses rezando para que vengas a llevarte mi alma al inframundo. Oh sí. Lo noto. Noto tu poder, tu alma. Eres tú, mi señor. Tu poder es… enorme. Sin duda sois vos. Ya hace tiempo que me uní a la hermandad; me uní a vos. Soy un asesino, sé luchar mejor que cualquier caballero o robar mejor que Bryoff el ladrón y mato. Mato a las personas que merecen morir y a las que nos encargan. Sé que no es correcto pero es lo que desde antaño, desde la segunda era, nuestra hermandad, la hermandad de los plumas negras, lleva haciendo. La hermandad es respetada y temida por gran parte de los Naltragueños y de los países a su alrededor.
— Lo… Lo siento pero creo que yo no soy  quien buscas —dijo sora asustado.
— Oh… Tu voz… Tú no eres Agakroth. Tú eres su hijo. Eso es aún mejor. Quizá no deba morir hoy. Libéreme señor.
Sora abrió la celda y lo sacó. Apenas podía andar. Llevaba una especie de armadura negra con una capucha que le cubría hasta la nariz. No llevaba armas y estaba malherido. Le habían torturado hasta dejarlo así. No tendría más de veinte años pero sus ojos eran los de alguien que había visto demasiado.
— Pesas demasiado.
— ¿Te ayudo, Sora? —preguntó Lucio.
— Sora. Mételo en el PCOET —ordenó Alejandro.
— De acuerdo.
Sora presionó el botón dorado y volvió a salir la pantalla. Ahí le dio a la bolsa de su inventario y seleccionó “añadir objeto del exterior”. Rápidamente una luz escaneó al malherido y segundos después ya no estaba sino que aparecía en la pantalla.
— De acuerdo; luego lo sacaré de ahí. Ahora sigamos buscando.
Siguieron buscando hasta dar con la celda que Lerel les indicó. Comprobaron que Arlion estaba dentro y utilizaron las llaves que habían robado al guardia para entrar a la oscura celda. Al entrar Lucio, Sora y los demás vieron a un joven atado con cadenas. ¿Quién era ese misterioso hombre? Alejandro sonrió.


—  Mira quién está aquí. Arlion, no me recordarás, ¿verdad? Soy… Digamos que amigo de tus padres.
— ¿Mis padres? Mi madre murió hace tiempo y no le tengo mucho aprecio a mi padre.
—   ¿Tu madre ha muerto? Lo siento no lo sabía. Lo único que sé es que el que reina no es tu padre. Tu padre es Artion y murió antes de que nacieras. Hace ya mucho que no los visito. Desde que eras un bebé.

Los ojos de Arlion parecieron emitir un leve resplandor dorado

—  
Supongo que en el fondo siempre lo he sabido.

La clara voz de Lerel interrumpió la conversación

— Arlion, tenemos que darnos prisa…

— Quitadme las cadenas

— ¿Y esa manera de dar órdenes?-Se molestó Lucio.Lerel salió en defensa de su amigo.
— Fué príncipe a veces le pasa.
— Un príncipe encerrado en una mazmorra viendo cómo le salvan unos pueblerinos -añadió Sora.
— Eh, Sora. Para -ordenó firmemente Alejandro.

Alejandro se dirigió hacia la puerta
— Aquí está nuestro billete de salida. Debemos salir de las mazmorras y matar al rey que gobierna este país de una forma tan sumamente déspota.
— Alejandro, ¿estás diciendo que cometamos un magnicidio? —gritó Lucio.
— Sí, eso digo. Este rey ha cometido crímenes fuera de los límites de lo imaginable. Su pueblo está asustado en cada momento. Si los acusan de cualquier delito este rey en persona les roba el alma con el cuerno del oscuro y los utiliza en batalla. Es un nigromante.
— Padre, yo creía que era el único, aparte de mi padre, que podía extraer almas.
— También existen objetos mágicos, dados a los seres que habitamos este mundo por los dioses, ángeles, etc. Sora, yo creo que tú deberías poder hacer más con tu poder ahora roto el sello. Ya te enseñaré.
— Deberíamos salir de aquí y matar al rey —añadió Lerel.
El grupo de guerreros salió hacia las mazmorras y de ahí hacia la planta baja del castillo. Los soldados estaban montando guardia como si no hubieran visto nunca a nuestros hombres. Les pareció extraño pero continuaron hacia el salón del trono en la tercera planta de la torre mayor del castillo. Al entrar vieron sobre el trono, con una corona de plata, al rey de Ugarria; Angleto III.
— Así que aquí estáis. Ya veo. Veo que mi vida acaba. ¡Oh! ¡Eres tú! ¿Lo eres en verdad? Me alegra saber que mi vida no acabará a manos de unos simples pueblerinos como creía.
— Angleto tu vida acaba aquí. Puedes morir honorablemente o bañado en sangre —anunció Alejandro.
— No tengas prisa, no la tengas. Sé que voy a morir aquí hoy pero déjame hacer unas cosas antes. Lo primero es… —alargó la mano hacia la mesa del escriba y trajo junto a él una pluma y un pergamino— Voy a ceder mis tierras, mi reino, mi oro; en fin, todo, a los reyes de Náltraga ya que vos sois de ahí. Pero la condición es que cuidéis de mi esposa y mis hijas  hasta que ellas mueran; que sean tratadas como lo que son.
— Aceptamos.
— ¡Alejandro! ¿Vas a aceptar sus artimañas? —se exaltó Arlion.
— Arlion, se está rindiendo.
— Sí, me rindo pero, eso no significa que muera sin luchar. Elegid a un contrincante que sea digno de acabar con mi vida. Yo... te elegiría personalmente a ti o a tu hijo para hacerlo pero lo dejo a vuestro juicio.
Faltaron segundos para comenzar una discusión. Todos querían asesinar al rey excepto Alejandro que permaneció impasible junto a Lucio que lo deseaba pero no podía exaltarse por su condición de siervo.
— Tengo una idea, mi señor.
— Habla, Lucio.
— Y si… ¿Y si le otorgamos el placer de matar al pluma negra?
— Cierto sería un honor para él y ganaría puntos dentro de su hermandad pero está herido.
— Deberíamos probarlo y si muere menos bocas que alimentar.
— No morirá. Él es… digamos… especial en cierto sentido.
— Pues veámosle luchar.
— De acuerdo.
Alejandro llamó a Sora y sacó a aquel hombre del PCOET. Estaba bastante recuperado desde que entró en aquel objeto.
— Yo seré tu contrincante, viejo.
— Un pluma negra, me enorgullecerá morir a manos de tal hermandad.
El joven cogió las dagas negras de su cintura y se estiró.
— Por cierto; soy Reidar. Comencemos.
El combate comenzó y el joven Reidar tenía las de ganar. El viejo rey apenas podía moverse con fluidez. El rey defendió un ataque con la espada y acto seguido atacó por la derecha. Reidar se agachó y le clavó la hoja en el abdomen. Siguieron el combate. El nigromante lanzó un hechizo contra Reidar y este salió expulsado para atrás. Se levantó justo cuando el viejo intentaba clavarle la espada por detrás y dio una vuelta hacia la derecha.
— ¿Ya aguantas, viejo?
— No podré mucho más y, ¿tú?
— Aguantaría así todo el día. Soy joven.
— Lo eres.
El viejo se lanzó contra Reidar y le hizo un corte en el brazo al intentar esquivar el golpe. Reidar, furioso atentó contra el rey y le tiró la espada al suelo. El rey cayó de rodillas.
— Has ganado. Me rindo.
— Combatiste bien, majestad.
— Ugh… Ya soy viejo para estas cosas. Ya veo que es hora de que pague por mis castigos. Hazlo, chico. Pero antes quiero que seas tú quien porte este arma —dijo ofreciéndole el cuerno del oscuro.
— Lo tendré señor. Ahora, ¿unas últimas palabras?
— Sí: haced de Ugarria un reino productivo en el que la gente sea feliz. Yo no lo conseguí y me arrepiento por ello.
— Ve con Axell.
— Con Axell —respondió Angleto.
— Con axell —pronunciaron Alejandro, Sora y Lucio en unísono.
Reidar clavó su espada en Angleto III dando fin a su vida. Tras esto todos volvieron a la posada habiendo matado a un rey y habiendo conquistado un reino. Durante la noche Sora escuchó una voz en sueños.
— “Al fin puedes oírme. Estoy aquí, en tu sueño. Ha pasado mucho tiempo desde que no te veo. Doce años. Te veré pronto y; morirás.”

La tétrica voz despertó a Sora gritando. ¿Quién era?