Sora había
conocido a su padre y éste le había respondido a varias cosas pero Sora aún
tenía dudas acerca de sí mismo. Lucio y Sora aparecieron en la taberna, la cual
Alejandro y Lerel habían dejado limpia y ordenada; y habían borrado la memoria
a las personas que había en el establecimiento y que vieron actuar a Lucio. Al
aparecer, Alejandro y Lerel estaban sentados tomando una jarra de cerveza. Sora
miró a Alejandro y vio como éste sonreía.
— ¿Lo sabías?
— Sí, Sora. Lo sabía pero tenía
prohibido decirte nada.
— Lo comprendo. Gracias por todo, padre
Alejandro.
— De nada, hijo.
Sora
percibió cómo el PCOET de su antebrazo vibraba. Lo miró y vio una frase en un
extraño pergamino pegado al brazalete. Lo leyó y decía “Un regalo para Lucio y
para ti. Es un traje de guerrero elemental. Pulsa ahí” y una flecha que
señalaba un botón dorado en el brazalete. Lucio lo pulsó y el pergamino del
brazalete se convirtió en una pantalla con fondo azul en la que había dos cajas
de colores con un lazo rojo encima. Sora pulsó las dos y los dos jóvenes
cambiaron la indumentaria que llevaban por una camisa negra con numerosos
bolsillos, unos pantalones negros, anchos y cómodos, unas botas de cuero negras
y una gabardina negra con un broche de oro y cuatro esferas, cinco en el caso
de Sora. Las esferas eran roja, negra, azul y blanca en el traje de Lucio y una
violeta en el centro, además de las anteriores, en la gabardina de Sora. Sora
cogió una pluma situada en el costado del brazalete y escribió “Gracias, padre
por estos dones pero hubiera preferido una ropa de noble en vez de esto”.
Agakroth respondió “Niño tonto ‘jajaja’ es un traje de batalla no es necesario
llevarlo si no combatís. Y si os lo ponéis y estáis en apuros posad la mano
sobre las esferas; os darán poder. Y quitaos eso para salir a la calle u os
tomarán por locos. Hasta pronto, hijo”
— Es una armadura de batalla al
parecer.
— Es algo así, Sora —interrumpió
Alejandro—. Es la armadura oficial de quienes trabajan para los dioses. Ya sean
ángeles o humanos suelen llevar este traje, el cual les protege del frío, de la
magia, frena ciertos golpes, aumenta la regeneración celular y en caso de
extremo peligro pueden recibir un aumento de energía de los elementos pulsando
las esferas que poseen.
— Y, ¿cómo sabes eso, padre?
— Es una larga historia que ahora no
tenemos tiempo de contar —dijo entre risas.
— Es verdad. Debemos rescatar al amigo
de Lerel. ¿Habéis pensado en una poción de invisibilidad?
— Y tú, Sora, ¿has pensado acaso en
teletransportarnos a todos? —preguntó Lucio.
— ¿Puedo hacer eso?
— Sí que puedes con el sello de los
elementos.
— Lo puedo intentar.
— Hazlo ahora.
Sora se
levantó y trató de ejecutar un conjuro de teletransporte que conocía. Pensó un
lugar de la taberna y pronunció las palabras canalizadoras. “Frak Roh Dhul”.
Medio segundo después ya estaba frente a la puerta. Lo había conseguido.
— Perfecto, Sora. Repasemos el plan.
Sora nos teletransporta hasta la celda donde Arlion está recluido y tras
soltarlo volvemos a teletransportarnos fuera.
— Bien, Lerel, buen plan. Sólo
encuentro un fallo y es que Sora no podrá aguantar tanto teletransporte. Aún
debe formarse como semidiós. No tiene tanta resistencia.
— Puedo hacerlo, Lucio.
— Yo también lo creo pero si no fuera
así deberíamos tomar una poción de invisibilidad y salir sin hacer ruido. Sora,
mira en el PCOET si hay alguna poción.
Sora volvió
a pulsar el botón dorado de antes y la pantalla volvió a salir. En una esquina
había una especie de ojo y Sora lo pulsó para comprobar que era una búsqueda.
Un teclado salió con los caracteres de su alfabeto y el joven escribió “Poción
de invisibilidad”. Le salieron varias en la pantalla. Seleccionó una mediana
para una hora y la guardó en una bolsa que se supone que era su inventario
personal.
— Ya las tengo, chicos. Es extraño el
PCOET. ¿Tendrá de todo?
— Yo creo que sí —respondió Alejandro—.
Y vamos ya hacia el castillo antes de que cambien el turno.
Llegaron a
los muros externos de la fortaleza, justo al lado de las celdas. Ya podían oír
quejarse a los reos que las habitaban. Sora se concentró, pronunció los sellos
y medio segundo después ya estaban dentro, pero, en la cocina… La mitad de los
guardias del castillo les observaban.
— Sora, ¿enserio nos has llevado a la
cocina?
— Eh… Tenía hambre...
— ¿Sabéis qué es lo gracioso? —añadió
Alejandro— Que estamos en la otra punta del castillo. Aparte de que unos
guardias estén en estado de shock por nuestra culpa y nos vayan a atacar. No es
tan malo como parece, ¿verdad?
Los soldados
se prepararon para atacar y para mayor desgracia eran mucho más numerosos que
nuestros cuatro aventureros. Sora, Lucio y Alejandro se defendieron con las
armas y Lerel con la magia. Tras dejar inconscientes o matar a los guardias de
la sala utilizaron pociones de invisibilidad para ir a las mazmorras. Todos los
guardias que veían sabían que alguien estaba en la fortaleza y buscaban a los
intrusos. Al llegar a las mazmorras atrancaron la puerta con un encantamiento y
se adentraron en los pasillos de los calabozos. Había un guardia al que mataron
con un arco y el PCOET de Sora le lanzó un foco extraño que hizo brillar los
objetos que llevaba e hizo levitar un pequeño manojo de llaves. Mientras se
adentraban en las mazmorras Sora oyó algo. Oyó el rezo de un preso que le hacía
marearse. Fue hacia aquella celda y lo vio tras la puerta. Era muy joven y
estaba rezando pero, ¿a quién? La lengua de la oración era Nórdico antiguo y
sora era incapaz de descifrar lo que decía. Al acercarse a la puerta el reo
paró y comenzó a hablar.
— Has venido al fin a por mí, mi amo.
Llevo días, meses rezando para que vengas a llevarte mi alma al inframundo. Oh
sí. Lo noto. Noto tu poder, tu alma. Eres tú, mi señor. Tu poder es… enorme.
Sin duda sois vos. Ya hace tiempo que me uní a la hermandad; me uní a vos. Soy
un asesino, sé luchar mejor que cualquier caballero o robar mejor que Bryoff el
ladrón y mato. Mato a las personas que merecen morir y a las que nos encargan.
Sé que no es correcto pero es lo que desde antaño, desde la segunda era,
nuestra hermandad, la hermandad de los plumas negras, lleva haciendo. La
hermandad es respetada y temida por gran parte de los Naltragueños y de los
países a su alrededor.
— Lo… Lo siento pero creo que yo no
soy quien buscas —dijo sora asustado.
— Oh… Tu voz… Tú no eres Agakroth. Tú
eres su hijo. Eso es aún mejor. Quizá no deba morir hoy. Libéreme señor.
Sora abrió
la celda y lo sacó. Apenas podía andar. Llevaba una especie de armadura negra
con una capucha que le cubría hasta la nariz. No llevaba armas y estaba
malherido. Le habían torturado hasta dejarlo así. No tendría más de veinte años
pero sus ojos eran los de alguien que había visto demasiado.
— Pesas demasiado.
— ¿Te ayudo, Sora? —preguntó Lucio.
— Sora. Mételo en el PCOET —ordenó
Alejandro.
— De acuerdo.
Sora
presionó el botón dorado y volvió a salir la pantalla. Ahí le dio a la bolsa de
su inventario y seleccionó “añadir objeto del exterior”. Rápidamente una luz
escaneó al malherido y segundos después ya no estaba sino que aparecía en la
pantalla.
— De acuerdo; luego lo sacaré de ahí.
Ahora sigamos buscando.
Siguieron buscando hasta dar con la
celda que Lerel les indicó. Comprobaron que Arlion estaba dentro y utilizaron
las llaves que habían robado al guardia para entrar a la oscura celda. Al
entrar Lucio, Sora y los demás vieron a un joven atado con cadenas. ¿Quién era
ese misterioso hombre? Alejandro sonrió.
— Mira quién está aquí. Arlion, no me
recordarás, ¿verdad? Soy… Digamos que amigo de tus padres.
— ¿Mis padres? Mi madre murió hace
tiempo y no le tengo mucho aprecio a mi padre.
— ¿Tu madre ha muerto? Lo siento no lo
sabía. Lo único que sé es que el que reina no es tu padre. Tu padre es Artion y
murió antes de que nacieras. Hace ya mucho que no los visito. Desde que eras un
bebé.
Los ojos de Arlion parecieron emitir un leve resplandor dorado
— Supongo que en el fondo siempre lo he sabido.
La clara voz de Lerel interrumpió la conversación
— Arlion, tenemos que darnos prisa…
— Quitadme las cadenas
— ¿Y esa manera de dar órdenes?-Se molestó Lucio.Lerel salió en defensa de su
amigo.
— Fué príncipe a veces le pasa.
— Un príncipe encerrado en una
mazmorra viendo cómo le salvan unos pueblerinos -añadió Sora.
— Eh, Sora. Para -ordenó firmemente
Alejandro.
Alejandro se dirigió hacia la puerta
— Aquí está nuestro billete de salida. Debemos salir de las mazmorras y
matar al rey que gobierna este país de una forma tan sumamente déspota.
— Alejandro, ¿estás diciendo que cometamos un magnicidio? —gritó Lucio.
— Sí, eso digo.
Este rey ha cometido crímenes fuera de los límites de lo imaginable. Su pueblo
está asustado en cada momento. Si los acusan de cualquier delito este rey en
persona les roba el alma con el cuerno del oscuro y los utiliza en batalla. Es
un nigromante.
— Padre, yo creía
que era el único, aparte de mi padre, que podía extraer almas.
— También existen
objetos mágicos, dados a los seres que habitamos este mundo por los dioses,
ángeles, etc. Sora, yo creo que tú deberías poder hacer más con tu poder ahora
roto el sello. Ya te enseñaré.
— Deberíamos
salir de aquí y matar al rey —añadió Lerel.
El grupo de guerreros salió hacia las mazmorras y de ahí hacia la planta
baja del castillo. Los soldados estaban montando guardia como si no hubieran
visto nunca a nuestros hombres. Les pareció extraño pero continuaron hacia el
salón del trono en la tercera planta de la torre mayor del castillo. Al entrar
vieron sobre el trono, con una corona de plata, al rey de Ugarria; Angleto III.
— Así que aquí
estáis. Ya veo. Veo que mi vida acaba. ¡Oh! ¡Eres tú! ¿Lo eres en verdad? Me
alegra saber que mi vida no acabará a manos de unos simples pueblerinos como
creía.
— Angleto tu vida acaba aquí. Puedes
morir honorablemente o bañado en sangre —anunció Alejandro.
— No tengas prisa, no la tengas. Sé que
voy a morir aquí hoy pero déjame hacer unas cosas antes. Lo primero es… —alargó
la mano hacia la mesa del escriba y trajo junto a él una pluma y un pergamino—
Voy a ceder mis tierras, mi reino, mi oro; en fin, todo, a los reyes de
Náltraga ya que vos sois de ahí. Pero la condición es que cuidéis de mi esposa
y mis hijas hasta que ellas mueran; que
sean tratadas como lo que son.
— Aceptamos.
— ¡Alejandro! ¿Vas a aceptar sus
artimañas? —se exaltó Arlion.
— Arlion, se está rindiendo.
— Sí, me rindo pero, eso no significa
que muera sin luchar. Elegid a un contrincante que sea digno de acabar con mi
vida. Yo... te elegiría personalmente a ti o a tu hijo para hacerlo pero lo
dejo a vuestro juicio.
Faltaron
segundos para comenzar una discusión. Todos querían asesinar al rey excepto
Alejandro que permaneció impasible junto a Lucio que lo deseaba pero no podía
exaltarse por su condición de siervo.
— Tengo una idea, mi señor.
— Habla, Lucio.
— Y si… ¿Y si le otorgamos el placer de
matar al pluma negra?
— Cierto sería un honor para él y
ganaría puntos dentro de su hermandad pero está herido.
— Deberíamos probarlo y si muere menos
bocas que alimentar.
— No morirá. Él es… digamos… especial
en cierto sentido.
— Pues veámosle luchar.
— De acuerdo.
Alejandro
llamó a Sora y sacó a aquel hombre del PCOET. Estaba bastante recuperado desde
que entró en aquel objeto.
— Yo seré tu contrincante, viejo.
— Un pluma negra, me enorgullecerá
morir a manos de tal hermandad.
El joven
cogió las dagas negras de su cintura y se estiró.
— Por cierto; soy Reidar. Comencemos.
El combate
comenzó y el joven Reidar tenía las de ganar. El viejo rey apenas podía moverse
con fluidez. El rey defendió un ataque con la espada y acto seguido atacó por
la derecha. Reidar se agachó y le clavó la hoja en el abdomen. Siguieron el
combate. El nigromante lanzó un hechizo contra Reidar y este salió expulsado
para atrás. Se levantó justo cuando el viejo intentaba clavarle la espada por
detrás y dio una vuelta hacia la derecha.
— ¿Ya aguantas, viejo?
— No podré mucho más y, ¿tú?
— Aguantaría así todo el día. Soy
joven.
— Lo eres.
El viejo se
lanzó contra Reidar y le hizo un corte en el brazo al intentar esquivar el
golpe. Reidar, furioso atentó contra el rey y le tiró la espada al suelo. El
rey cayó de rodillas.
— Has ganado. Me rindo.
— Combatiste bien, majestad.
— Ugh… Ya soy viejo para estas cosas.
Ya veo que es hora de que pague por mis castigos. Hazlo, chico. Pero antes
quiero que seas tú quien porte este arma —dijo ofreciéndole el cuerno del
oscuro.
— Lo tendré señor. Ahora, ¿unas últimas
palabras?
— Sí: haced de Ugarria un reino
productivo en el que la gente sea feliz. Yo no lo conseguí y me arrepiento por
ello.
— Ve con Axell.
— Con Axell —respondió Angleto.
— Con axell —pronunciaron Alejandro, Sora
y Lucio en unísono.
Reidar clavó
su espada en Angleto III dando fin a su vida. Tras esto todos volvieron a la
posada habiendo matado a un rey y habiendo conquistado un reino. Durante la
noche Sora escuchó una voz en sueños.
— “Al fin puedes oírme. Estoy aquí, en
tu sueño. Ha pasado mucho tiempo desde que no te veo. Doce años. Te veré pronto
y; morirás.”
La tétrica
voz despertó a Sora gritando. ¿Quién era?