sábado, 19 de octubre de 2013

Angelus Umbrarum 5



Una resplandeciente mañana brillaba en aquel cielo despejado de verano. Sora metía todo lo posible y más en aquellas bolsas que parecían no tener fin. De mientras el joven Lucio le servía el desayuno. Unas deliciosas galletas con azúcar, un vaso de zumo de naranja y un suculento bizcocho le esperaban a Sora en la mesa. Alejandro estaba organizando la comida para el viaje. Pararían a comprar pero también necesitarían reservarla. La villa parecía tranquila. Ya habían quitado de la calle los restos descuartizados del ángel y los vecinos hacían vida normal pese a estar aterrados por la bestia que Sora aparentó ser durante la lucha. Aun con miedo le agradecían a Sora que les hubiera salvado de aquel horrible ser.
Recogiendo las cosas para el viaje Sora se quedó mirando a Lucio; Lucio había cambiado mucho desde que tenía ocho años. Era alto, casi tanto como Sora, y era un chico esbelto pero no muy fuerte ni musculado. Su cara era en muchas ocasiones inexpresiva sólo se inmutaba cuando tenía miedo. No mostraba como se sentía ni qué pensaba. Era algo en lo que Sora se fijó con el tiempo. Tenía unos ojos marrones los cuales eran expresivos pero lo justo mostraban una pizca de inquietud en ciertos casos; una boca pequeña la cual usaba para poco más que hablar y comer y una nariz grande de estilo griego. Tenía el pelo castaño oscuro y corto. En la parte superior de la cabeza el pelo se le alborotaba un poco y el flequillo estaba muy ligeramente en punta mientras que a los lados y atrás caía hacia abajo. Sora no pasaba de mirarlo embobado y no se daba cuenta de que Lucio lo miraba algo sorprendido. Sora se ruborizó y se dio la vuelta y Lucio se giró también sin decir nada.
Era la hora de partir y Alejandro reunió a los chicos en el salón.
—    Sora, ¿ya has recogido?
—    Sí, padre. Lucio me ha ayudado en casi todo.
—    Señor, soy tu sirviente de por vida y lo sabéis mi amo.
—    De… acuerdo…
—    ¡Sora! No te lo tomes a broma. La lealtad de los Biggen es legendaria. Este chico te seguirá allí donde vayas y hará lo que le pidas. Sea lo que sea. Sería capaz de matar a su propio padre porque se te antoje así que sé consciente de ello.
—    Lo soy y le trataré bien. No le considero del todo mi sirviente sino que aún es mi amigo.
—    Me agrada oír eso, amo. Aun así te cuidaré y protegeré con mi vida.
—    Gracias Lucio. No dejaré que te pase nada. Tú estás a mi cuidado a partir de hoy.
—    Obras bien, hijo.
—    Gracias, padre.
—    Y si no queremos que anochezca antes de llegar a una posada será mejor que partamos. Coged las bolsas.
Lucio y Sora cogieron las bolsas y se las colocaron en la espalda. No pesaban demasiado pese a tener todo lo posible y más dentro. Era la hora de marcharse y Sora estaba en la escuela. Lucio entró y le vio llorar frente a su antigua mesa.
—    Sora, ¿pasa algo?
—    ¿Eh? No, nada. Es sólo que Voy a echar mucho de menos esto. Han pasado tantas cosas desde que me senté por primera vez en ese pupitre… Los primeros días todos se metían conmigo. Yo era el más joven de la clase y no tenía amigos. Luego te conocí a ti y fuiste mi primer amigo. Aprendí a luchar y a vencer mis miedos en ese patio y aquí Alejandro me enseñó a leer. Luego lancé mi primer hechizo y… mi abuela murió. Alejandro me adoptó y fue el primer padre que tuve.
—    Pues espero que no acabe como aquel padre tuyo al que descuartizaste en la calle.
—    ¡Ja ja ja! Espero que no.
—    Sora. Sé que te dará pena irte de esta aldea pero es hora de que comiences a explorar y quizá algún día te armen caballero frente a la reina.
—    Sí, eso espero.
—    Y estaré ahí contigo —dijo abrazando a Sora—. En cada hazaña, en cada logro, en cada pena o alegría estaré ahí. Lo prometo.
—    No te vayas de mi lado, Lucio.
—    No lo haré — susurró con una voz dulce.
Tras salir de la escuela volvieron con Alejandro que estaba esperando apoyado en la mesa con los brazos cruzados y el pelo rubio cayéndole sobre los ojos.
—    ¿Vamos ya?
—    Sí. Estamos listos.
—    Amo, no te olvides del almuerzo.
—    Ah sí. Gracias por preparármelo.
—    No hay porque darlas.
Los tres salieron de la casa y comenzaron a caminar por el camino del tuerto hacia el norte. Caminaron y siguieron caminando hasta la hora de la comida. Pararon en un claro al lado del camino y se sentaron al lado de un árbol. El paraje era hermoso. Había todo un campo de flores y se veía el río a lo lejos. Más lejos aún se podían contemplar las montañas de Lucierna donde se situaba el templo de esta antigua heroína y donde se dice que se sitúa la cripta llena de oro en la que está enterrada. Ya era la hora de comer y Sora preguntó a Alejandro cómo funcionaban las mochilas. Alejandro sacó de ellas un libro negro enorme y lo abrió.
—    Con este libro podéis sacar cualquier cosa. Sólo tenéis que buscar en él el objeto que buscáis, romper la hoja en la que viene y meterla dentro.
Alejandro buscó en el libro el apartado comida, sacó una hoja, la dobló y  la metió dentro de la bolsa. Al instante una luz amarilla salió y apareció de ella una manzana que cayó en la mano de Alejandro.
—    Y así funciona, chicos.
—    ¿Qué tipo de magia es? —preguntó Sora interesado.
—    Espaciotemporal.
—    No hiciste tú el conjuro, ¿verdad?
—    Me sería imposible. Además no es un conjuro. Es un objeto mágico llamado PCOET: Portador Controlador de Objetos Espacio-Temporal. Me lo dio un viejo amigo.
—    Nunca me hablas de tus amigos.
—    No necesitas saber mucho. Por cierto, este objeto es vuestro. Tiene una función mediante la cual queda ligado de por vida a su dueño. No podréis alejaros de él ni veinte metros. Además nadie más podrá sacar nada de él.
—    Interesante —añadió Lucio frunciendo el ceño.
—    Sora, ve hasta aquel árbol de allá.
Sora se levantó y fue corriendo hacia el árbol. El PCOET se desvaneció transformándose en una clara luz amarillenta que voló hasta Sora y al llegar a él la luz rodeó su muñeca dando lugar a un brazalete de oro. Sora paró.
—    ¿Qué pasa? ¿No era una mochila?
—    Tranquilo. Cambia de forma y se transforma en otros objetos para ser más cómodo o no llamar la atención.
—    Y, ¿cómo lo convierto en una mochila?
—    Centra tu pensamiento e imagínate una mochila colgada a tu espalda.
El joven se centró y el brazalete se volvió luz y la luz una bolsa colgada de su espalda.
—    Funcionó.
—    Venga, Sora hora de comer.
Prepararon todo y comieron a la sombra de un hermoso árbol. Dos horas después de comer y reanudaron la marcha. Siguieron su camino hasta ya dada la noche y pararon a pasar la noche en un pueblo al lado del río. El pueblo no era ni muy pequeño ni muy grande y tenía posada lo cual ellos necesitaban. Pararon el aquel gran hostal y pidieron una habitación. En ella Alejandro les enseño un mapa del Bireinado de Náltraga y les indicó que se dirigían a la capital, Hakiro, para reunirse con cierta persona y sacar algo de dinero del banco. Después de concretar la ruta bajaron y cenaron unas deliciosas gachas con chorizo que había preparado la posadera, una mujer fuerte y alta de mediana edad y cabello rubio. Cenaron y lo pasaron bien y luego durante la juerga Sora salió a dar una vuelta para despejarse. Por la calle no había nadie. Los candiles y lámparas colgantes de la pared brillaban iluminando la oscura noche. Sora se sentía solo y fue caminado pensativo sin destino por la calle. Al girar una esquina chocó contra un hombre encapuchado con capa. Este hombre se disculpó y lo reconoció.
—    Eres Sora el hijo de Alejandro, ¿verdad?
—    Eh, sí. ¿Quién lo pregunta?
—    Puedes llamarme Axell. Conocí a tu padre hace años. Viajé con él. ¿Sabes que en decenas de naciones lo conocen como Alejandro el conquistador?
—    ¿Conquistador?
—    Sí. Viajó mucho y su presencia hizo finalizar guerras e incluso ha salvado Náltraga en más de una ocasión.
—    ¿Todo eso… hizo mi padre?
—    Sí. Ven a dar una vuelta conmigo y vemos las estrellas.
Sora le miró a los ojos. Eran violetas; color que nadie tenía. El hombre no tendría más de veinte años y había algo que le resultaba familiar en él. Le  siguió hasta una colina al lado de la ciudad y ahí pararon. Aquel hombre sacó algo de su bolsillo y ese acto permitió a Sora ver la gabardina negra y las botas y pantalones del mismo color. Varias cadenas en su costado  derecho sujetaban un extraño libro negro con una pluma atada a él. Sacó unas lentes, una mayor que otra, sujetó una con la ano izquierda en el ojo derecho y con la mano derecha puso la grande lo más lejos que le permitía su brazo apuntando a una estrella.
—    ¿La ves?
—    Sí.
—    Se llama osa mayor y señala el norte.
—    Lo sabía.
—    Chico listo. ¿Ves entonces esa enorme y brillante estrella ahí? —apuntando a otra.
—    No es una estrella. Es un planeta y se llama Júpiter.
—    Muy bien. Ahora —dijo entregándole las lentes— obsérvalo tú.
Sora se colocó las lentes y lo miró. Lo vio más grande pero no había demasiada diferencia. Entonces Axell puso dos dedos juntos en la lente grande y los separó. La visión cambió entonces para Sora vio el planeta como si estuviera delante de él. Sora no podía creerlo.
—    Te regalo las lentes, chico. Las necesitarás. No sólo sirven para las estrellas. Y ahora he de irme. Se me hace tarde. Nos volveremos a encontrar y quizá te cuente más y más cosas. He vivido mucho y sé mucho también. Hasta otra —dijo alejándose.
—    Ve con los dioses.
Sora con mucho desconcierto volvió hacia la taberna en la que Lucio se había quedado y al llegar vio a unos huéspedes sujetando al joven Lucio y pegándole puñetazos y patadas. Sora al verlo se enfadó de tremenda forma.
—    ¿Qué coño estáis haciendo?
—    Este chico ha pegado a uno de los nuestros con una botella de ron —contestó uno.
—    Dejadlo en paz.
—    Debe pagar por lo que hizo.
—    Es mi siervo, ¡soltadlo!
—    No y cuidado chico que te damos a ti también.
Sora saltó sobre uno de ellos y comenzó a darle puñetazos. Uno de los que sujetaban a Lucio le puso a este un cuchillo en la cara para parar a Sora y le hizo un pequeño corte sin querer. Al ver la sangre, Sora dejó de estar enfadado para estar fuera de control.
—    ¿Has hecho lo que creo que has hecho? —dijo con una mirada y voz completamente de loco— Lo vas a pagar muy caro.
Sora mordió el cuello al hombre al que estaba atacando ese momento y le arrancó un trozo de carne matándolo por haber roto la arteria. Velozmente se levantó y los que sujetaban a Lucio lo soltaron dejando que el joven, desmallado cayese al suelo. Sora fue a por el segundo. Le agarró por detrás, lo puso de rodillas, le cogió los brazos, puso un pie en su espalda y saltó hacia atrás desmembrando al transeúnte. Tras esto fue a por el tercero quien intentó defenderse con el cuchillo con el que cortó a Lucio. Sora arrebató el cuchillo de las manos del hombre y lamió la sangre de la hoja.
—    Qué prefieres, ¿te saco los intestinos o te arranco la cabeza?
—    N… n… no… —balbuceó aterrorizado.
—    De acuerdo. Elegiré yo —añadió—. ¡Garra sónica!
La mano derecha de Sora se convirtió en una especie de garra de luz roja que metió en la tripa del hombre y sacó un largo intestino que ató a su cabeza y el resto a la viga de madera del techo ahorcándolo. Tras eso Sora cogió a Lucio que estaba tendido en el suelo y lo llevó a rastras hasta la puerta donde Alejandro había visto todo.
—    ¿Vamos a la posada?
—    Claro. Deja que te ayude —dijo cogiendo también a Lucio y saliendo afuera.

Ese fue el primer día del viaje que Sora había comenzado junto a su padre y Lucio. Pronto despertaría Lucio y el viaje continuaría. La verdad es que una pregunta rondaba en la cabeza de Sora. Un hombre con los ojos violetas. ¿Quién era ese hombre?

lunes, 7 de octubre de 2013

Angelus Umbrarum 4


Pasaron ocho años y el pequeño e inocente Sora fue creciendo y cambiando al igual que aumentó el odio entre las personas de su aldea. Desde la muerte de su abuela vivía con Alejandro quien le adoptó oficialmente como hijo y heredero. Ambos visitaron numerosos pueblos, bosques, grutas, montañas y demás. Las palabras que le dijo su abuela antes de morir quedaron grabadas en la mente de Sora lo cual le confundió y pese a que debía entrenar para ser caballero a toda costa no dejaba de preguntarse quién sería su padre y por qué lo había abandonado. Necesitaba respuestas y las buscaría costase lo que costase. A lo largo de los años todo había cambiado. El tiempo lo cambia todo incluso a las personas. Tras dejar atrás los ocho años de Sora vayamos al momento de sus dieciséis años. Ahí comienza su verdadera aventura.

Aquél día había comenzado bien para toda la aldea. Era un día tranquilo y soleado en el que los habitantes de Légana hacían su función. La panadera Hortensia se encontraba moliendo trigo en el molino del río, Julio el carnicero estaba vendiendo ternera, cerdo y un delicioso pollo a las mujeres de la aldea y el herrero Marco Biggen estaba forjando una daga de acero con un dragón grabado en la hoja y una empuñadura de platino con dos esmeraldas y un rubí entre ellas a petición de Alejandro. Había unos chicos jugando a la orilla del río cerca del viejo molino y varias mujeres hablando en la calle. Entretanto Alejandro y Sora entrenaban con magia en el claro del bosque. Sora tras estos largos años dominaba ya la espada y la catana y había aprendido numerosos hechizos de todos los rincones del mundo gracias a los libros del profesor.
—    Sora inténtalo una vez más.
—    De acuerdo —asintió—. ¡Danza del fuego fatuo!
En ese momento la tierra se movió un poco pero nada más.
—    No te preocupes a mí me costó dominarla. No es como lanzar una esfera o un chorro de fuego fatuo. Es más difícil hacerlos bailar.
—    Lo sé. Lo intentaré gritando las palabras sello —añadió—. ¡Zal zink leher!
La tierra tembló y de ella salió un horrible espectro aterrador con unos largos dientes grandes orejas y una larga cola. Tenía un cuerpo redondo y pelaje espectral.
—    Sora… Eso es…
—    Lo es. ¿No es fantástico?
—    Bueno.
—    Es increíble he invocado un ratón espectral.
—    Increíble. Un lindo roedor de las tinieblas. Tus adversarios huirán con el rabo entre las piernas.
—    Muy gracioso, profesor. Al menos saqué algo.
—    ¿Qué voy a hacer contigo? Venga intenta otra cosa.
—    Sabes que si no me altero es difícil que haga buena magia.
—    Lo sé. Al menos puedes lanzar llamas y hacer levitar algo. ¿Quieres una manzana?
—    Sí.
Alejandro se sacó una manzana roja del bolsillo y la hizo levitar y lanzó una ráfaga de intenso fuego a la cual se quemó y quedó incomestible.
—    ¿Por qué la has quemado?
—    Para que la restaures.
—    Claro. El hechizo de restauración de objetos.
Sora creó una esfera morada en sus manos y la lanzó contra la manzana. Esta volvió a su estado original como si hubiera sido cogida del árbol.
—    Esto lo haces bien.
—    Sí. Se me da bien y a ti no.
—    Lo sé. Sólo puedo con objetos inertes.
Sora y Alejandro se sentaron bajo el sauce y charlaron un rato sobre comenzar un nuevo viaje. Sora ya era lo suficientemente mayor como para ser caballero pero aún necesitaba disciplina. Querían visitar de nuevo Hakiro, la capital del país, y ver también las grandes ciudades.
Un estrepitoso ruido se oyó proveniente de la aldea. Desde el claro se veía como las llamas arrasaban el poblado mientras que las mujeres gritaban sin cesar. Sora y Alejandro se alarmaron. El profesor mandó a Sora al poblado mientras que él iría minutos después. Sora corrió todo lo que pudo y al llegar al poblado descubrió alarmado que estaba siendo atacado por una criatura que él jamás había visto. Tenía forma humana, alas negras y vestía como un mendigo. Su ropa era negra y estaba rasgada y rota por varias partes. Calzaba unas desgarradas sandalias. Tu rostro estaba sucio a más no poder y su asqueroso, largo y grasiento cabello ondulado le colgaba hasta las alas. Sus alas eran de plumas negras y desgarradas. Eran las de un ángel pero no las de un ángel de luz sino las de un caído. Este ser estaba atacando al pueblo y a sus habitantes. Todos huían hacia el bosque viendo como sus casas eran quemadas. Varios hombres con hoces, rastrillos y otras herramientas trataban de controlarlo pero el ángel caído los iba venciendo unos tras otros. Sora corrió hacia él y comenzó a gritarle.
—    ¡Tú! ¡Deja de atacar mi pueblo!
—    Quita nimio bichejo.
—    ¡No!
El ángel lanzó un latigazo de energía hacia unos niños de la edad de Sora. Éste se interpuso evitando que les golpeara y los matase. Sora acabó contra el suelo sin apenas poder moverse.
—    ¿Te bastó ya? —dijo con una sonrisa perturbadora.
Sora sin apenas poder moverse presa del dolor se levantó y apoyó contra Lucio Biggen, uno de los chicos a quienes salvó.
—    No dejaré… ¡No dejaré que ataques mi pueblo!
—    ¡Ja j a ja! ¿Crees acaso que podrás detenerme? Ya ataqué la aldea hace diecisiete años.
—    Lo… Lo intentaré aunque muera en el intento.
—    Mucha valentía veo yo en ti. Afróntalo niño no sirves para nada. Sólo eres un asqueroso pueblerino más.
Lanzó hacia Sora una especie de ataque cortante que rasgó la piel del brazo haciéndole sangrar. Sora cayó al suelo con los ojos en blanco tocándose la herida.
—    Esto… Esto rojo y caliente… Nunca antes había sentido algo así. Esto es… ¡Sangre! —exclamó Sora de forma bestial y aterradora— Te mataré. Te desgarraré esa piel tan sucia que tienes y, ¡te descuartizaré! —Añadió Sora de forma más aterradora aún.
Sora se había descontrolado al ver la sangre y el suelo a sus pies templaba haciendo que pequeñas piedras se elevasen por el acumulo y explosión de maná. Lucio, un antiguo amigo de Sora, Intentó ir a ayudarle como pudiera pero no era capaz. Tenía miedo pero quería hacerlo. El auténtico descontrol de Sora no le ayudaba pero necesitaba ir. Desde que le salvó la vida hacía unos minutos no podía dejar de pensar. Desde el brutal asesinato de la abuela de Sora los padres de Biggen y de los demás niños les habían prohibido terminantemente hablar o acercarse a él. Sora perdió a todos sus amigos pero lo que éste no sabía es que su amigo Lucio no dejaba de observarlo. Fue su mejor amigo hace ocho años y no quería dejar de serlo. Lucio recordó en el momento del ataque los momentos que había vivido con Sora. Recordaba cuando iba a su casa a comer y siempre había una comida deliciosa hecha por su abuela. Lucio acababa su plato y Sora le daba parte del suyo. Una vez, recordó Lucio, Sora estaba triste y solo sentado en la arena al lado de la escuela llorando. Lucio se acercó y le preguntó:
—    Eh. ¿Qué te pasa?
—    Déjame. Seguro que eres como todos.
—    ¿Como todos?
—    Sí. Todos los niños de la aldea me tratan mal. Dicen que soy un orejotas y un tonto.
—    ¡Ja j aja! ¿Sólo eso?
—    ¿Eh?
—    Mira, Sora, tengo una solución.
Lucio se sacó un gorro de lana del bolsillo y se lo puso a Sora.
—    Nunca me ha gustado y así la gente no ve tus orejas.
Sora se tocó las orejas y comprobó que no se le veían.
—    Gracias. Esto… ¿Quieres ser mi amigo? No tengo ninguno.
—    ¡Ja ja ja! Por supuesto.
Desde ese día Sora y Lucio fueron amigos. Más tarde se distanciaron pero hasta ya pasada la muerte de su abuela eran inseparables. Lucio no paraba de darle vueltas y llorar. Su cobardía no le dejaba actuar.
Entretanto Sora tras amenazar al ángel éste le respondió asustado.
—    ¿Qui… quién eres?
—    Soy Sora Kenshi. Hijo de Masumi Kenshi y nieto de Midori Kenshi.
—    ¿Tu madre es…? ¡No!
—    Tú destrozaste la aldea un año antes de mi nacimiento, ¿verdad? Mi abuela me dijo antes de morir que era hijo de un ángel. Seas o no mi padre, ¡te partiré en dos! —exclamó Sora con tamaña furia— ¡Danza de los mil fuegos fatuos!
Toda la aldea comenzó a temblar. Una niebla verdosa cubrió la villa y de ella mil espectros de ángeles muertos aparecieron.
—    ¿Cómo… cómo has hecho eso?
Sora extendió el brazo hacia arriba y posteriormente lo bajó hacia el frente dando así la señal de ataque. Los espectros se abalanzaron contra el ángel caído y éste cayó presa de estos seres. Dichos espectros, tras atrapar al ángel, lo llevaron ante sora y lo sujetaron horizontalmente. Tumbado. Sora con una mirada de odio y descontrol metió las manos en el abdomen del ángel. Tras esto, con una gran fuerza, partió al ángel en dos y lanzó ambos pedazos de cadáver varios metros hasta caer en el suelo. Tras haber vencido se desplomó viendo como Lucio le socorría.

Sora despertó dos días después en su cama en casa de Alejandro. Era de día y Lucio se encontraba dormido en el suelo al lado de su cama con un libro de alquimia en la mano. Sora, sin hacer ruido ni despertarlo fue hacia el salón donde Alejandro estaba desayunando.
—    Buenos días dormilón.
—    Me… ¿Me he perdido algo? ¿Por qué está Lucio en mi cuarto?
—    ¡Ja ja ja! Si tú supieras. Por cierto en un par de días comenzaremos un viaje. Quizá no volvamos en mucho tiempo así que prepara tu ropa, libros, espadas, etc.
—    Nunca llevamos todo.
—    Ahora sí. Conjuré una bolsa mágica para que quepa todo. Eso sí separado porque no quieras comer algo y te cortes la mano.
—    Bien…
—    Por cierto me han contado que peleaste bien.
—    No lo recuerdo. ¿Tú donde estuviste?
—    Hablando con un amigo.
—    Eh… vale.
Se oían gritos procedentes de la planta superior. De repente Lucio baja gritando.
—    ¡Amo! ¡Amo! Alejandro el amo no está.
—    ¿Amo?
—    ¡Ja ja! Ya verás.
—    Amo estás aquí. Te despertaste. Has dormido mucho pero no te preocupes porque he cuidado de ti todos los días y noches.
—    Eh…
—    Ah claro. No te lo expliqué. En mi familia hay una tradición por la cual si alguien nos salva la vida nosotros le obedecemos y seguimos de por vida.
—    ¡¿Qué?!
—    Te dije que era extraño, Sora. Bueno al menos tienes un esclavo que lleve tu bolsa.
—    Sí es verdad, señor Alejandro —dijo Lucio entre risas.

Y así es. Tras ocho años Sora ha crecido y a partir de aquí comenzará una nueva aventura junto con Alejandro y su esclavo Lucio. Si queréis saber qué más les pasó atentos a siguiente capítulo. Abrazos.