Una resplandeciente mañana brillaba
en aquel cielo despejado de verano. Sora metía todo lo posible y más en
aquellas bolsas que parecían no tener fin. De mientras el joven Lucio le servía
el desayuno. Unas deliciosas galletas con azúcar, un vaso de zumo de naranja y
un suculento bizcocho le esperaban a Sora en la mesa. Alejandro estaba
organizando la comida para el viaje. Pararían a comprar pero también
necesitarían reservarla. La villa parecía tranquila. Ya habían quitado de la calle
los restos descuartizados del ángel y los vecinos hacían vida normal pese a
estar aterrados por la bestia que Sora aparentó ser durante la lucha. Aun con
miedo le agradecían a Sora que les hubiera salvado de aquel horrible ser.
Recogiendo las cosas para el viaje
Sora se quedó mirando a Lucio; Lucio había cambiado mucho desde que tenía ocho
años. Era alto, casi tanto como Sora, y era un chico esbelto pero no muy fuerte
ni musculado. Su cara era en muchas ocasiones inexpresiva sólo se inmutaba
cuando tenía miedo. No mostraba como se sentía ni qué pensaba. Era algo en lo
que Sora se fijó con el tiempo. Tenía unos ojos marrones los cuales eran
expresivos pero lo justo mostraban una pizca de inquietud en ciertos casos; una
boca pequeña la cual usaba para poco más que hablar y comer y una nariz grande
de estilo griego. Tenía el pelo castaño oscuro y corto. En la parte superior de
la cabeza el pelo se le alborotaba un poco y el flequillo estaba muy
ligeramente en punta mientras que a los lados y atrás caía hacia abajo. Sora no
pasaba de mirarlo embobado y no se daba cuenta de que Lucio lo miraba algo
sorprendido. Sora se ruborizó y se dio la vuelta y Lucio se giró también sin
decir nada.
Era la hora de partir y Alejandro
reunió a los chicos en el salón.
—
Sora,
¿ya has recogido?
—
Sí,
padre. Lucio me ha ayudado en casi todo.
—
Señor,
soy tu sirviente de por vida y lo sabéis mi amo.
—
De…
acuerdo…
—
¡Sora!
No te lo tomes a broma. La lealtad de los Biggen es legendaria. Este chico te
seguirá allí donde vayas y hará lo que le pidas. Sea lo que sea. Sería capaz de
matar a su propio padre porque se te antoje así que sé consciente de ello.
—
Lo
soy y le trataré bien. No le considero del todo mi sirviente sino que aún es mi
amigo.
—
Me
agrada oír eso, amo. Aun así te cuidaré y protegeré con mi vida.
—
Gracias
Lucio. No dejaré que te pase nada. Tú estás a mi cuidado a partir de hoy.
—
Obras
bien, hijo.
—
Gracias,
padre.
—
Y
si no queremos que anochezca antes de llegar a una posada será mejor que
partamos. Coged las bolsas.
Lucio y Sora cogieron las bolsas y se
las colocaron en la espalda. No pesaban demasiado pese a tener todo lo posible
y más dentro. Era la hora de marcharse y Sora estaba en la escuela. Lucio entró
y le vio llorar frente a su antigua mesa.
—
Sora,
¿pasa algo?
—
¿Eh?
No, nada. Es sólo que Voy a echar mucho de menos esto. Han pasado tantas cosas
desde que me senté por primera vez en ese pupitre… Los primeros días todos se
metían conmigo. Yo era el más joven de la clase y no tenía amigos. Luego te
conocí a ti y fuiste mi primer amigo. Aprendí a luchar y a vencer mis miedos en
ese patio y aquí Alejandro me enseñó a leer. Luego lancé mi primer hechizo y…
mi abuela murió. Alejandro me adoptó y fue el primer padre que tuve.
—
Pues
espero que no acabe como aquel padre tuyo al que descuartizaste en la calle.
—
¡Ja
ja ja! Espero que no.
—
Sora.
Sé que te dará pena irte de esta aldea pero es hora de que comiences a explorar
y quizá algún día te armen caballero frente a la reina.
—
Sí,
eso espero.
—
Y
estaré ahí contigo —dijo abrazando a Sora—. En cada hazaña, en cada logro, en
cada pena o alegría estaré ahí. Lo prometo.
—
No
te vayas de mi lado, Lucio.
—
No
lo haré — susurró con una voz dulce.
Tras salir de la escuela volvieron
con Alejandro que estaba esperando apoyado en la mesa con los brazos cruzados y
el pelo rubio cayéndole sobre los ojos.
—
¿Vamos
ya?
—
Sí.
Estamos listos.
—
Amo,
no te olvides del almuerzo.
—
Ah
sí. Gracias por preparármelo.
—
No
hay porque darlas.
Los tres salieron de la casa y
comenzaron a caminar por el camino del tuerto hacia el norte. Caminaron y
siguieron caminando hasta la hora de la comida. Pararon en un claro al lado del
camino y se sentaron al lado de un árbol. El paraje era hermoso. Había todo un
campo de flores y se veía el río a lo lejos. Más lejos aún se podían contemplar
las montañas de Lucierna donde se situaba el templo de esta antigua heroína y
donde se dice que se sitúa la cripta llena de oro en la que está enterrada. Ya
era la hora de comer y Sora preguntó a Alejandro cómo funcionaban las mochilas.
Alejandro sacó de ellas un libro negro enorme y lo abrió.
—
Con
este libro podéis sacar cualquier cosa. Sólo tenéis que buscar en él el objeto
que buscáis, romper la hoja en la que viene y meterla dentro.
Alejandro buscó en el libro el
apartado comida, sacó una hoja, la dobló y
la metió dentro de la bolsa. Al instante una luz amarilla salió y apareció
de ella una manzana que cayó en la mano de Alejandro.
—
Y
así funciona, chicos.
—
¿Qué
tipo de magia es? —preguntó Sora interesado.
—
Espaciotemporal.
—
No
hiciste tú el conjuro, ¿verdad?
—
Me
sería imposible. Además no es un conjuro. Es un objeto mágico llamado PCOET:
Portador Controlador de Objetos Espacio-Temporal. Me lo dio un viejo amigo.
—
Nunca
me hablas de tus amigos.
—
No
necesitas saber mucho. Por cierto, este objeto es vuestro. Tiene una función
mediante la cual queda ligado de por vida a su dueño. No podréis alejaros de él
ni veinte metros. Además nadie más podrá sacar nada de él.
—
Interesante
—añadió Lucio frunciendo el ceño.
—
Sora,
ve hasta aquel árbol de allá.
Sora se levantó y fue corriendo hacia
el árbol. El PCOET se desvaneció transformándose en una clara luz amarillenta
que voló hasta Sora y al llegar a él la luz rodeó su muñeca dando lugar a un
brazalete de oro. Sora paró.
—
¿Qué
pasa? ¿No era una mochila?
—
Tranquilo.
Cambia de forma y se transforma en otros objetos para ser más cómodo o no
llamar la atención.
—
Y,
¿cómo lo convierto en una mochila?
—
Centra
tu pensamiento e imagínate una mochila colgada a tu espalda.
El joven se centró y el brazalete se
volvió luz y la luz una bolsa colgada de su espalda.
—
Funcionó.
—
Venga,
Sora hora de comer.
Prepararon todo y comieron a la
sombra de un hermoso árbol. Dos horas después de comer y reanudaron la marcha.
Siguieron su camino hasta ya dada la noche y pararon a pasar la noche en un
pueblo al lado del río. El pueblo no era ni muy pequeño ni muy grande y tenía
posada lo cual ellos necesitaban. Pararon el aquel gran hostal y pidieron una
habitación. En ella Alejandro les enseño un mapa del Bireinado de Náltraga y
les indicó que se dirigían a la capital, Hakiro, para reunirse con cierta
persona y sacar algo de dinero del banco. Después de concretar la ruta bajaron
y cenaron unas deliciosas gachas con chorizo que había preparado la posadera,
una mujer fuerte y alta de mediana edad y cabello rubio. Cenaron y lo pasaron
bien y luego durante la juerga Sora salió a dar una vuelta para despejarse. Por
la calle no había nadie. Los candiles y lámparas colgantes de la pared
brillaban iluminando la oscura noche. Sora se sentía solo y fue caminado
pensativo sin destino por la calle. Al girar una esquina chocó contra un hombre
encapuchado con capa. Este hombre se disculpó y lo reconoció.
—
Eres
Sora el hijo de Alejandro, ¿verdad?
—
Eh,
sí. ¿Quién lo pregunta?
—
Puedes
llamarme Axell. Conocí a tu padre hace años. Viajé con él. ¿Sabes que en
decenas de naciones lo conocen como Alejandro el conquistador?
—
¿Conquistador?
—
Sí.
Viajó mucho y su presencia hizo finalizar guerras e incluso ha salvado Náltraga
en más de una ocasión.
—
¿Todo
eso… hizo mi padre?
—
Sí.
Ven a dar una vuelta conmigo y vemos las estrellas.
Sora le miró a los ojos. Eran
violetas; color que nadie tenía. El hombre no tendría más de veinte años y
había algo que le resultaba familiar en él. Le
siguió hasta una colina al lado de la ciudad y ahí pararon. Aquel hombre
sacó algo de su bolsillo y ese acto permitió a Sora ver la gabardina negra y
las botas y pantalones del mismo color. Varias cadenas en su costado derecho sujetaban un extraño libro negro con
una pluma atada a él. Sacó unas lentes, una mayor que otra, sujetó una con la
ano izquierda en el ojo derecho y con la mano derecha puso la grande lo más
lejos que le permitía su brazo apuntando a una estrella.
—
¿La
ves?
—
Sí.
—
Se
llama osa mayor y señala el norte.
—
Lo
sabía.
—
Chico
listo. ¿Ves entonces esa enorme y brillante estrella ahí? —apuntando a otra.
—
No
es una estrella. Es un planeta y se llama Júpiter.
—
Muy
bien. Ahora —dijo entregándole las lentes— obsérvalo tú.
Sora se colocó las lentes y lo miró.
Lo vio más grande pero no había demasiada diferencia. Entonces Axell puso dos
dedos juntos en la lente grande y los separó. La visión cambió entonces para
Sora vio el planeta como si estuviera delante de él. Sora no podía creerlo.
—
Te
regalo las lentes, chico. Las necesitarás. No sólo sirven para las estrellas. Y
ahora he de irme. Se me hace tarde. Nos volveremos a encontrar y quizá te
cuente más y más cosas. He vivido mucho y sé mucho también. Hasta otra —dijo
alejándose.
—
Ve
con los dioses.
Sora con mucho desconcierto volvió
hacia la taberna en la que Lucio se había quedado y al llegar vio a unos
huéspedes sujetando al joven Lucio y pegándole puñetazos y patadas. Sora al
verlo se enfadó de tremenda forma.
—
¿Qué
coño estáis haciendo?
—
Este
chico ha pegado a uno de los nuestros con una botella de ron —contestó uno.
—
Dejadlo
en paz.
—
Debe
pagar por lo que hizo.
—
Es
mi siervo, ¡soltadlo!
—
No
y cuidado chico que te damos a ti también.
Sora saltó sobre uno de ellos y
comenzó a darle puñetazos. Uno de los que sujetaban a Lucio le puso a este un
cuchillo en la cara para parar a Sora y le hizo un pequeño corte sin querer. Al
ver la sangre, Sora dejó de estar enfadado para estar fuera de control.
—
¿Has
hecho lo que creo que has hecho? —dijo con una mirada y voz completamente de
loco— Lo vas a pagar muy caro.
Sora mordió el cuello al hombre al
que estaba atacando ese momento y le arrancó un trozo de carne matándolo por
haber roto la arteria. Velozmente se levantó y los que sujetaban a Lucio lo
soltaron dejando que el joven, desmallado cayese al suelo. Sora fue a por el
segundo. Le agarró por detrás, lo puso de rodillas, le cogió los brazos, puso
un pie en su espalda y saltó hacia atrás desmembrando al transeúnte. Tras esto
fue a por el tercero quien intentó defenderse con el cuchillo con el que cortó
a Lucio. Sora arrebató el cuchillo de las manos del hombre y lamió la sangre de
la hoja.
—
Qué
prefieres, ¿te saco los intestinos o te arranco la cabeza?
—
N…
n… no… —balbuceó aterrorizado.
—
De
acuerdo. Elegiré yo —añadió—. ¡Garra sónica!
La mano derecha de Sora se convirtió en
una especie de garra de luz roja que metió en la tripa del hombre y sacó un
largo intestino que ató a su cabeza y el resto a la viga de madera del techo
ahorcándolo. Tras eso Sora cogió a Lucio que estaba tendido en el suelo y lo
llevó a rastras hasta la puerta donde Alejandro había visto todo.
—
¿Vamos
a la posada?
—
Claro.
Deja que te ayude —dijo cogiendo también a Lucio y saliendo afuera.
Ese fue el primer día del viaje que
Sora había comenzado junto a su padre y Lucio. Pronto despertaría Lucio y el
viaje continuaría. La verdad es que una pregunta rondaba en la cabeza de Sora.
Un hombre con los ojos violetas. ¿Quién era ese hombre?