lunes, 7 de octubre de 2013

Angelus Umbrarum 4


Pasaron ocho años y el pequeño e inocente Sora fue creciendo y cambiando al igual que aumentó el odio entre las personas de su aldea. Desde la muerte de su abuela vivía con Alejandro quien le adoptó oficialmente como hijo y heredero. Ambos visitaron numerosos pueblos, bosques, grutas, montañas y demás. Las palabras que le dijo su abuela antes de morir quedaron grabadas en la mente de Sora lo cual le confundió y pese a que debía entrenar para ser caballero a toda costa no dejaba de preguntarse quién sería su padre y por qué lo había abandonado. Necesitaba respuestas y las buscaría costase lo que costase. A lo largo de los años todo había cambiado. El tiempo lo cambia todo incluso a las personas. Tras dejar atrás los ocho años de Sora vayamos al momento de sus dieciséis años. Ahí comienza su verdadera aventura.

Aquél día había comenzado bien para toda la aldea. Era un día tranquilo y soleado en el que los habitantes de Légana hacían su función. La panadera Hortensia se encontraba moliendo trigo en el molino del río, Julio el carnicero estaba vendiendo ternera, cerdo y un delicioso pollo a las mujeres de la aldea y el herrero Marco Biggen estaba forjando una daga de acero con un dragón grabado en la hoja y una empuñadura de platino con dos esmeraldas y un rubí entre ellas a petición de Alejandro. Había unos chicos jugando a la orilla del río cerca del viejo molino y varias mujeres hablando en la calle. Entretanto Alejandro y Sora entrenaban con magia en el claro del bosque. Sora tras estos largos años dominaba ya la espada y la catana y había aprendido numerosos hechizos de todos los rincones del mundo gracias a los libros del profesor.
—    Sora inténtalo una vez más.
—    De acuerdo —asintió—. ¡Danza del fuego fatuo!
En ese momento la tierra se movió un poco pero nada más.
—    No te preocupes a mí me costó dominarla. No es como lanzar una esfera o un chorro de fuego fatuo. Es más difícil hacerlos bailar.
—    Lo sé. Lo intentaré gritando las palabras sello —añadió—. ¡Zal zink leher!
La tierra tembló y de ella salió un horrible espectro aterrador con unos largos dientes grandes orejas y una larga cola. Tenía un cuerpo redondo y pelaje espectral.
—    Sora… Eso es…
—    Lo es. ¿No es fantástico?
—    Bueno.
—    Es increíble he invocado un ratón espectral.
—    Increíble. Un lindo roedor de las tinieblas. Tus adversarios huirán con el rabo entre las piernas.
—    Muy gracioso, profesor. Al menos saqué algo.
—    ¿Qué voy a hacer contigo? Venga intenta otra cosa.
—    Sabes que si no me altero es difícil que haga buena magia.
—    Lo sé. Al menos puedes lanzar llamas y hacer levitar algo. ¿Quieres una manzana?
—    Sí.
Alejandro se sacó una manzana roja del bolsillo y la hizo levitar y lanzó una ráfaga de intenso fuego a la cual se quemó y quedó incomestible.
—    ¿Por qué la has quemado?
—    Para que la restaures.
—    Claro. El hechizo de restauración de objetos.
Sora creó una esfera morada en sus manos y la lanzó contra la manzana. Esta volvió a su estado original como si hubiera sido cogida del árbol.
—    Esto lo haces bien.
—    Sí. Se me da bien y a ti no.
—    Lo sé. Sólo puedo con objetos inertes.
Sora y Alejandro se sentaron bajo el sauce y charlaron un rato sobre comenzar un nuevo viaje. Sora ya era lo suficientemente mayor como para ser caballero pero aún necesitaba disciplina. Querían visitar de nuevo Hakiro, la capital del país, y ver también las grandes ciudades.
Un estrepitoso ruido se oyó proveniente de la aldea. Desde el claro se veía como las llamas arrasaban el poblado mientras que las mujeres gritaban sin cesar. Sora y Alejandro se alarmaron. El profesor mandó a Sora al poblado mientras que él iría minutos después. Sora corrió todo lo que pudo y al llegar al poblado descubrió alarmado que estaba siendo atacado por una criatura que él jamás había visto. Tenía forma humana, alas negras y vestía como un mendigo. Su ropa era negra y estaba rasgada y rota por varias partes. Calzaba unas desgarradas sandalias. Tu rostro estaba sucio a más no poder y su asqueroso, largo y grasiento cabello ondulado le colgaba hasta las alas. Sus alas eran de plumas negras y desgarradas. Eran las de un ángel pero no las de un ángel de luz sino las de un caído. Este ser estaba atacando al pueblo y a sus habitantes. Todos huían hacia el bosque viendo como sus casas eran quemadas. Varios hombres con hoces, rastrillos y otras herramientas trataban de controlarlo pero el ángel caído los iba venciendo unos tras otros. Sora corrió hacia él y comenzó a gritarle.
—    ¡Tú! ¡Deja de atacar mi pueblo!
—    Quita nimio bichejo.
—    ¡No!
El ángel lanzó un latigazo de energía hacia unos niños de la edad de Sora. Éste se interpuso evitando que les golpeara y los matase. Sora acabó contra el suelo sin apenas poder moverse.
—    ¿Te bastó ya? —dijo con una sonrisa perturbadora.
Sora sin apenas poder moverse presa del dolor se levantó y apoyó contra Lucio Biggen, uno de los chicos a quienes salvó.
—    No dejaré… ¡No dejaré que ataques mi pueblo!
—    ¡Ja j a ja! ¿Crees acaso que podrás detenerme? Ya ataqué la aldea hace diecisiete años.
—    Lo… Lo intentaré aunque muera en el intento.
—    Mucha valentía veo yo en ti. Afróntalo niño no sirves para nada. Sólo eres un asqueroso pueblerino más.
Lanzó hacia Sora una especie de ataque cortante que rasgó la piel del brazo haciéndole sangrar. Sora cayó al suelo con los ojos en blanco tocándose la herida.
—    Esto… Esto rojo y caliente… Nunca antes había sentido algo así. Esto es… ¡Sangre! —exclamó Sora de forma bestial y aterradora— Te mataré. Te desgarraré esa piel tan sucia que tienes y, ¡te descuartizaré! —Añadió Sora de forma más aterradora aún.
Sora se había descontrolado al ver la sangre y el suelo a sus pies templaba haciendo que pequeñas piedras se elevasen por el acumulo y explosión de maná. Lucio, un antiguo amigo de Sora, Intentó ir a ayudarle como pudiera pero no era capaz. Tenía miedo pero quería hacerlo. El auténtico descontrol de Sora no le ayudaba pero necesitaba ir. Desde que le salvó la vida hacía unos minutos no podía dejar de pensar. Desde el brutal asesinato de la abuela de Sora los padres de Biggen y de los demás niños les habían prohibido terminantemente hablar o acercarse a él. Sora perdió a todos sus amigos pero lo que éste no sabía es que su amigo Lucio no dejaba de observarlo. Fue su mejor amigo hace ocho años y no quería dejar de serlo. Lucio recordó en el momento del ataque los momentos que había vivido con Sora. Recordaba cuando iba a su casa a comer y siempre había una comida deliciosa hecha por su abuela. Lucio acababa su plato y Sora le daba parte del suyo. Una vez, recordó Lucio, Sora estaba triste y solo sentado en la arena al lado de la escuela llorando. Lucio se acercó y le preguntó:
—    Eh. ¿Qué te pasa?
—    Déjame. Seguro que eres como todos.
—    ¿Como todos?
—    Sí. Todos los niños de la aldea me tratan mal. Dicen que soy un orejotas y un tonto.
—    ¡Ja j aja! ¿Sólo eso?
—    ¿Eh?
—    Mira, Sora, tengo una solución.
Lucio se sacó un gorro de lana del bolsillo y se lo puso a Sora.
—    Nunca me ha gustado y así la gente no ve tus orejas.
Sora se tocó las orejas y comprobó que no se le veían.
—    Gracias. Esto… ¿Quieres ser mi amigo? No tengo ninguno.
—    ¡Ja ja ja! Por supuesto.
Desde ese día Sora y Lucio fueron amigos. Más tarde se distanciaron pero hasta ya pasada la muerte de su abuela eran inseparables. Lucio no paraba de darle vueltas y llorar. Su cobardía no le dejaba actuar.
Entretanto Sora tras amenazar al ángel éste le respondió asustado.
—    ¿Qui… quién eres?
—    Soy Sora Kenshi. Hijo de Masumi Kenshi y nieto de Midori Kenshi.
—    ¿Tu madre es…? ¡No!
—    Tú destrozaste la aldea un año antes de mi nacimiento, ¿verdad? Mi abuela me dijo antes de morir que era hijo de un ángel. Seas o no mi padre, ¡te partiré en dos! —exclamó Sora con tamaña furia— ¡Danza de los mil fuegos fatuos!
Toda la aldea comenzó a temblar. Una niebla verdosa cubrió la villa y de ella mil espectros de ángeles muertos aparecieron.
—    ¿Cómo… cómo has hecho eso?
Sora extendió el brazo hacia arriba y posteriormente lo bajó hacia el frente dando así la señal de ataque. Los espectros se abalanzaron contra el ángel caído y éste cayó presa de estos seres. Dichos espectros, tras atrapar al ángel, lo llevaron ante sora y lo sujetaron horizontalmente. Tumbado. Sora con una mirada de odio y descontrol metió las manos en el abdomen del ángel. Tras esto, con una gran fuerza, partió al ángel en dos y lanzó ambos pedazos de cadáver varios metros hasta caer en el suelo. Tras haber vencido se desplomó viendo como Lucio le socorría.

Sora despertó dos días después en su cama en casa de Alejandro. Era de día y Lucio se encontraba dormido en el suelo al lado de su cama con un libro de alquimia en la mano. Sora, sin hacer ruido ni despertarlo fue hacia el salón donde Alejandro estaba desayunando.
—    Buenos días dormilón.
—    Me… ¿Me he perdido algo? ¿Por qué está Lucio en mi cuarto?
—    ¡Ja ja ja! Si tú supieras. Por cierto en un par de días comenzaremos un viaje. Quizá no volvamos en mucho tiempo así que prepara tu ropa, libros, espadas, etc.
—    Nunca llevamos todo.
—    Ahora sí. Conjuré una bolsa mágica para que quepa todo. Eso sí separado porque no quieras comer algo y te cortes la mano.
—    Bien…
—    Por cierto me han contado que peleaste bien.
—    No lo recuerdo. ¿Tú donde estuviste?
—    Hablando con un amigo.
—    Eh… vale.
Se oían gritos procedentes de la planta superior. De repente Lucio baja gritando.
—    ¡Amo! ¡Amo! Alejandro el amo no está.
—    ¿Amo?
—    ¡Ja ja! Ya verás.
—    Amo estás aquí. Te despertaste. Has dormido mucho pero no te preocupes porque he cuidado de ti todos los días y noches.
—    Eh…
—    Ah claro. No te lo expliqué. En mi familia hay una tradición por la cual si alguien nos salva la vida nosotros le obedecemos y seguimos de por vida.
—    ¡¿Qué?!
—    Te dije que era extraño, Sora. Bueno al menos tienes un esclavo que lleve tu bolsa.
—    Sí es verdad, señor Alejandro —dijo Lucio entre risas.

Y así es. Tras ocho años Sora ha crecido y a partir de aquí comenzará una nueva aventura junto con Alejandro y su esclavo Lucio. Si queréis saber qué más les pasó atentos a siguiente capítulo. Abrazos.

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