Pasaron ocho años y el pequeño e
inocente Sora fue creciendo y cambiando al igual que aumentó el odio entre las
personas de su aldea. Desde la muerte de su abuela vivía con Alejandro quien le
adoptó oficialmente como hijo y heredero. Ambos visitaron numerosos pueblos,
bosques, grutas, montañas y demás. Las palabras que le dijo su abuela antes de
morir quedaron grabadas en la mente de Sora lo cual le confundió y pese a que
debía entrenar para ser caballero a toda costa no dejaba de preguntarse quién
sería su padre y por qué lo había abandonado. Necesitaba respuestas y las
buscaría costase lo que costase. A lo largo de los años todo había cambiado. El
tiempo lo cambia todo incluso a las personas. Tras dejar atrás los ocho años de
Sora vayamos al momento de sus dieciséis años. Ahí comienza su verdadera
aventura.
Aquél día había comenzado bien para
toda la aldea. Era un día tranquilo y soleado en el que los habitantes de
Légana hacían su función. La panadera Hortensia se encontraba moliendo trigo en
el molino del río, Julio el carnicero estaba vendiendo ternera, cerdo y un
delicioso pollo a las mujeres de la aldea y el herrero Marco Biggen estaba
forjando una daga de acero con un dragón grabado en la hoja y una empuñadura de
platino con dos esmeraldas y un rubí entre ellas a petición de Alejandro. Había
unos chicos jugando a la orilla del río cerca del viejo molino y varias mujeres
hablando en la calle. Entretanto Alejandro y Sora entrenaban con magia en el
claro del bosque. Sora tras estos largos años dominaba ya la espada y la catana
y había aprendido numerosos hechizos de todos los rincones del mundo gracias a
los libros del profesor.
—
Sora
inténtalo una vez más.
—
De
acuerdo —asintió—. ¡Danza del fuego fatuo!
En ese momento la tierra se movió un
poco pero nada más.
—
No
te preocupes a mí me costó dominarla. No es como lanzar una esfera o un chorro
de fuego fatuo. Es más difícil hacerlos bailar.
—
Lo
sé. Lo intentaré gritando las palabras sello —añadió—. ¡Zal zink leher!
La tierra tembló y de ella salió un
horrible espectro aterrador con unos largos dientes grandes orejas y una larga
cola. Tenía un cuerpo redondo y pelaje espectral.
—
Sora…
Eso es…
—
Lo
es. ¿No es fantástico?
—
Bueno.
—
Es
increíble he invocado un ratón espectral.
—
Increíble.
Un lindo roedor de las tinieblas. Tus adversarios huirán con el rabo entre las
piernas.
—
Muy
gracioso, profesor. Al menos saqué algo.
—
¿Qué
voy a hacer contigo? Venga intenta otra cosa.
—
Sabes
que si no me altero es difícil que haga buena magia.
—
Lo
sé. Al menos puedes lanzar llamas y hacer levitar algo. ¿Quieres una manzana?
—
Sí.
Alejandro se sacó una manzana roja
del bolsillo y la hizo levitar y lanzó una ráfaga de intenso fuego a la cual se
quemó y quedó incomestible.
—
¿Por
qué la has quemado?
—
Para
que la restaures.
—
Claro.
El hechizo de restauración de objetos.
Sora creó una esfera morada en sus
manos y la lanzó contra la manzana. Esta volvió a su estado original como si
hubiera sido cogida del árbol.
—
Esto
lo haces bien.
—
Sí.
Se me da bien y a ti no.
—
Lo
sé. Sólo puedo con objetos inertes.
Sora y Alejandro se sentaron bajo el
sauce y charlaron un rato sobre comenzar un nuevo viaje. Sora ya era lo
suficientemente mayor como para ser caballero pero aún necesitaba disciplina.
Querían visitar de nuevo Hakiro, la capital del país, y ver también las grandes
ciudades.
Un estrepitoso ruido se oyó
proveniente de la aldea. Desde el claro se veía como las llamas arrasaban el
poblado mientras que las mujeres gritaban sin cesar. Sora y Alejandro se
alarmaron. El profesor mandó a Sora al poblado mientras que él iría minutos
después. Sora corrió todo lo que pudo y al llegar al poblado descubrió alarmado
que estaba siendo atacado por una criatura que él jamás había visto. Tenía
forma humana, alas negras y vestía como un mendigo. Su ropa era negra y estaba
rasgada y rota por varias partes. Calzaba unas desgarradas sandalias. Tu rostro
estaba sucio a más no poder y su asqueroso, largo y grasiento cabello ondulado
le colgaba hasta las alas. Sus alas eran de plumas negras y desgarradas. Eran
las de un ángel pero no las de un ángel de luz sino las de un caído. Este ser
estaba atacando al pueblo y a sus habitantes. Todos huían hacia el bosque
viendo como sus casas eran quemadas. Varios hombres con hoces, rastrillos y
otras herramientas trataban de controlarlo pero el ángel caído los iba
venciendo unos tras otros. Sora corrió hacia él y comenzó a gritarle.
—
¡Tú!
¡Deja de atacar mi pueblo!
—
Quita
nimio bichejo.
—
¡No!
El ángel lanzó un latigazo de energía
hacia unos niños de la edad de Sora. Éste se interpuso evitando que les golpeara
y los matase. Sora acabó contra el suelo sin apenas poder moverse.
—
¿Te
bastó ya? —dijo con una sonrisa perturbadora.
Sora sin apenas poder moverse presa
del dolor se levantó y apoyó contra Lucio Biggen, uno de los chicos a quienes
salvó.
—
No
dejaré… ¡No dejaré que ataques mi pueblo!
—
¡Ja
j a ja! ¿Crees acaso que podrás detenerme? Ya ataqué la aldea hace diecisiete
años.
—
Lo…
Lo intentaré aunque muera en el intento.
—
Mucha
valentía veo yo en ti. Afróntalo niño no sirves para nada. Sólo eres un
asqueroso pueblerino más.
Lanzó hacia Sora
una especie de ataque cortante que rasgó la piel del brazo haciéndole sangrar.
Sora cayó al suelo con los ojos en blanco tocándose la herida.
—
Esto…
Esto rojo y caliente… Nunca antes había sentido algo así. Esto es… ¡Sangre!
—exclamó Sora de forma bestial y aterradora— Te mataré. Te desgarraré esa piel
tan sucia que tienes y, ¡te descuartizaré! —Añadió Sora de forma más aterradora
aún.
Sora se había descontrolado al ver la
sangre y el suelo a sus pies templaba haciendo que pequeñas piedras se elevasen
por el acumulo y explosión de maná. Lucio, un antiguo amigo de Sora, Intentó ir
a ayudarle como pudiera pero no era capaz. Tenía miedo pero quería hacerlo. El
auténtico descontrol de Sora no le ayudaba pero necesitaba ir. Desde que le salvó
la vida hacía unos minutos no podía dejar de pensar. Desde el brutal asesinato
de la abuela de Sora los padres de Biggen y de los demás niños les habían
prohibido terminantemente hablar o acercarse a él. Sora perdió a todos sus
amigos pero lo que éste no sabía es que su amigo Lucio no dejaba de observarlo.
Fue su mejor amigo hace ocho años y no quería dejar de serlo. Lucio recordó en
el momento del ataque los momentos que había vivido con Sora. Recordaba cuando
iba a su casa a comer y siempre había una comida deliciosa hecha por su abuela.
Lucio acababa su plato y Sora le daba parte del suyo. Una vez, recordó Lucio,
Sora estaba triste y solo sentado en la arena al lado de la escuela llorando.
Lucio se acercó y le preguntó:
—
Eh.
¿Qué te pasa?
—
Déjame.
Seguro que eres como todos.
—
¿Como
todos?
—
Sí.
Todos los niños de la aldea me tratan mal. Dicen que soy un orejotas y un tonto.
—
¡Ja
j aja! ¿Sólo eso?
—
¿Eh?
—
Mira,
Sora, tengo una solución.
Lucio se sacó un gorro de lana del
bolsillo y se lo puso a Sora.
—
Nunca
me ha gustado y así la gente no ve tus orejas.
Sora se tocó las orejas y comprobó que
no se le veían.
—
Gracias.
Esto… ¿Quieres ser mi amigo? No tengo ninguno.
—
¡Ja
ja ja! Por supuesto.
Desde ese día Sora y Lucio fueron
amigos. Más tarde se distanciaron pero hasta ya pasada la muerte de su abuela
eran inseparables. Lucio no paraba de darle vueltas y llorar. Su cobardía no le
dejaba actuar.
Entretanto Sora tras amenazar al
ángel éste le respondió asustado.
—
¿Qui…
quién eres?
—
Soy
Sora Kenshi. Hijo de Masumi Kenshi y nieto de Midori Kenshi.
—
¿Tu
madre es…? ¡No!
—
Tú
destrozaste la aldea un año antes de mi nacimiento, ¿verdad? Mi abuela me dijo
antes de morir que era hijo de un ángel. Seas o no mi padre, ¡te partiré en
dos! —exclamó Sora con tamaña furia— ¡Danza de los mil fuegos fatuos!
Toda la aldea comenzó a temblar. Una
niebla verdosa cubrió la villa y de ella mil espectros de ángeles muertos
aparecieron.
—
¿Cómo…
cómo has hecho eso?
Sora extendió el brazo hacia arriba y
posteriormente lo bajó hacia el frente dando así la señal de ataque. Los
espectros se abalanzaron contra el ángel caído y éste cayó presa de estos
seres. Dichos espectros, tras atrapar al ángel, lo llevaron ante sora y lo
sujetaron horizontalmente. Tumbado. Sora con una mirada de odio y descontrol
metió las manos en el abdomen del ángel. Tras esto, con una gran fuerza, partió
al ángel en dos y lanzó ambos pedazos de cadáver varios metros hasta caer en el
suelo. Tras haber vencido se desplomó viendo como Lucio le socorría.
Sora despertó dos días después en su
cama en casa de Alejandro. Era de día y Lucio se encontraba dormido en el suelo
al lado de su cama con un libro de alquimia en la mano. Sora, sin hacer ruido
ni despertarlo fue hacia el salón donde Alejandro estaba desayunando.
—
Buenos
días dormilón.
—
Me…
¿Me he perdido algo? ¿Por qué está Lucio en mi cuarto?
—
¡Ja
ja ja! Si tú supieras. Por cierto en un par de días comenzaremos un viaje.
Quizá no volvamos en mucho tiempo así que prepara tu ropa, libros, espadas,
etc.
—
Nunca
llevamos todo.
—
Ahora
sí. Conjuré una bolsa mágica para que quepa todo. Eso sí separado porque no
quieras comer algo y te cortes la mano.
—
Bien…
—
Por
cierto me han contado que peleaste bien.
—
No
lo recuerdo. ¿Tú donde estuviste?
—
Hablando
con un amigo.
—
Eh…
vale.
Se oían gritos procedentes de la
planta superior. De repente Lucio baja gritando.
—
¡Amo!
¡Amo! Alejandro el amo no está.
—
¿Amo?
—
¡Ja
ja! Ya verás.
—
Amo
estás aquí. Te despertaste. Has dormido mucho pero no te preocupes porque he
cuidado de ti todos los días y noches.
—
Eh…
—
Ah
claro. No te lo expliqué. En mi familia hay una tradición por la cual si
alguien nos salva la vida nosotros le obedecemos y seguimos de por vida.
—
¡¿Qué?!
—
Te
dije que era extraño, Sora. Bueno al menos tienes un esclavo que lleve tu
bolsa.
—
Sí
es verdad, señor Alejandro —dijo Lucio entre risas.
Y así es. Tras ocho años Sora ha
crecido y a partir de aquí comenzará una nueva aventura junto con Alejandro y
su esclavo Lucio. Si queréis saber qué más les pasó atentos a siguiente
capítulo. Abrazos.
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