El
hermoso mirador en el que Sean y yo nos habíamos reencontrado era realmente
hermoso. Las hermosas vistas del mar tras las montañas cercanas y la vegetación
de ese lugar hacían de él un lugar apacible en verano. Hacía un poco de viento
que movía el dorado pelo de Sean hacia atrás mientras que mi oscura cabellera
no dejaba de ir a parar a mi cara y no dejaba de quitármela pero volvía y
volvía mientras Sean reía. No paraba de mirarme con esa increíblemente
brillante sonrisa que no paraba de iluminar su rostro como un falo de esperanza
que no dejaba de sorprenderme. Estaba enamorado de ese chico y sin saber por
qué me sentía atraído hacia él sin importar cuanto nos separase. Era mi foco de
esperanza sentado medio metro a mi izquierda mirándome como si fuera la primera
vez que posa su mirada en mí. Pero, sin darme cuenta, yo estaba haciendo
exactamente lo mismo con él.
—
¿En qué piensas? —pregunté intrigado por su
repentina mirada al reloj.
—
En que son las diez y tres minutos —dice con voz
preocupada.
—
Entiendo. ¿Tienes que ir a cenar?
—
No es por eso. Verás, tenemos veintidós años. La
media de vida está en unos ochenta y son las diez de la noche así que nos
quedan unos cincuenta y siete años trescientos sesenta y cuatro días, una hora y cincuenta y siete minutos juntos
—añadió echándose a reír.
—
¡Lo tienes controlado eh! —exclamé riendo.
—
Sí. Hablando de cenar. Tengo hambre, ¿vamos a
casa?
—
¿Podré quedarme en tu casa?
—
¿Preguntas eso? Claro que puedes, Rich.
—
Gracias, Shonny.
Bajamos
por las escaletas de madera que hay para subir y bajar al mirador mientras
conversábamos. Me fijé en que las farolas que iluminan la bajada son muy útiles
ya que si bajas por la noche no puedes ver y pese a la poca luz que transmiten
es una gran ayuda. Llegamos al pueblo y tras dejar atrás la estación de buses y
la parte moderna del pueblo nos adentramos en aquel pueblecillo irlandés tan
rural. Las casas eran las típicas construcciones que suelen salir en cualquier
reportaje a alguien irlandés o un documental televisivo. Hay muchas tiendas y
bares con esos carteles que cuelgan de un hierro anclado a la fachada del
eldificio y sostenidos por unas cadenas. Hacian un ruido tétrico el cual podría
servir de ambientación para una película de asesinatos. Cruzamos un par de
calles y comenzamos a ver a gente en lo que sería el centro de la ciudad.
Recuerdo que todos saludaban a Sean y Sean a todos ellos lo que me llevó a
pensar que se llevaba bien con la gente de aquel pueblo. Había señores
pelirrojos, castaños, morenos, rubios y ví a un par de “otakus” con el pelo
azul. No sólo hay pelirrojos en Irlanda. Aquel pueblo era lioso de aprender por
la complejidad de sus calles y giros de tales. Además de que no entendía ni un
solo letrero de lugar. Era como pez fuera del agua en aquel momento. Llegamos a
un lugar que aparentemente sería el final del pueblo ya que tras una última
fila de casas no veía nada más que campo. Giramos en esa calle y al final de
ella conseguí ver una enorme casa blanca la cual Sean me señaló. Era
enormemente grande y destacaba entre las demás. Conforme nos acercábamos veía lo
realmente grande que era, tenía tres
pisos, grandes ventanales y poco a poco conseguí ver el enorme jardín que la
rodeaba. Mi cara de asombro era sin duda la causa de que en aquel preciso
instante Sean empezara a reír.
—
¿Entramos ya o prefieres fliparte con lo de
fuera?
Miré
ligeramente detrás de la valla que bordeaba la casa y vi a un hombre podando
unos rosales. Asentí y entramos a la enorme parcela. Seguimos un camino de brea
hasta la puerta y Sean la abrió dejando ver el amplio y alto recibidor con dos
sillones victorianos rojos uno a cada lado de un sofá también victoriano y rojo
frente a una mesa de café con un florero encima que contenía dos tulipanes
rojos. Entré lo suficiente como para pisar una alfombra persa grande rectangular
que cubría el suelo de media habitación y una enorme lámpara de cristal en
aquel blanco techo. A la izquierda había una escalera curva que giraba hacia la
derecha, cubierta por una moqueta roja y barandillas de madera perfectamente
barnizadas y aparentemente de calidad. Me acerqué a los muebles y comprobé que
los asientos eran de terciopelo y madera maciza de ébano al parecer.
—
¿Te gusta, Richi?
—
Es increíble —musité.
—
Ven que te presente a mi familia —dijo
dirigiéndose a la puerta de la derecha de la sala— Vamos, no pierdas tiempo.
Asentí
y me dirigí hacia él entrando por la puerta. Entramos a un comedor enorme. Las
paredes, al igual que las del recibidor eran rojas con metro y medio de madera
desde el suelo. Los enormes ventanales que iluminaban esa sala estaban adornados
con largas cortinas rojas del mismo terciopelo que los asientos que había en la
sala anterior y estaban sujetas por un cordón dorado. En el techo lucía una
lámpara más o menos igual que la otra pero de menor tamaño ya que este comedor
sólo tenía un piso de altura. Al fondo había una chimenea y en esa pared había
varios retratos de hombres y mujeres que serían los antepasados de los Aiden.
En el centro y bajo la enorme lámpara había una enorme mesa alargada con un
sinfín de sillas y un mantel negro que no pegaba demasiado con la decoración.
En esa mesa estaban sentadas tres personas. Una era Sarah y los otros dos
supuse que los padres de Sean. Rápidamente ambos señores y Sarah se acercaron y
pude comprobar que realmente tenían un parecido gigantesco todos los familiares
Aiden. El señor Aiden era alto y tenía un corto cabello castaño oscuro como el
de Sarah y una cara de joven pese a que ya había pasado los cincuenta. Vestía
un elegante traje negro con una corbata del mismo color y una camisa blanca. La
señora Aiden era rubia como Sean y tenía sus mismos ojos azules, iluminados y
penetrantes. Vestía un elegante traje de gala azul claro y violeta que le
sentaba bien a la mirada. Sarah vino donde mí y me estrechó la mano con esa
mirada agradable, dura e impenetrable que tenía siempre.
—
Hola, chico. Soy Cathal Aiden, encantado —dijo
el señor con un notable acento inglés.
—
Encantado —dije con timidez— Tiene una casa fantástica,
señor —añadí.
—
Gracias, pero no me llame señor. Llámame Cathal.
Al fin y al cabo somos familia, ¿no?
Me
avergonzó un poco la idea de que supieran lo mío con Sean y me sentí un poco
incómodo por lo que pudieran pensar pero su cálida mirada delataba sus buenos
sentimientos.
—
Soy Margaret Aiden. Un placer —su acento era
inglés pero menos definido y su sonrisa era capaz de hacer sonreír a
cualquiera.
—
Hola, yo soy Ricardo. Encantado Margaret.
—
Llámame Maggie —dijo riendo.
—
De acuerdo, Maggie. Llámenme Richi.
—
Richi, te prepararemos una habitación de
invitados, ¿de acuerdo? —dijo Cathal con una amplia sonrisa.
—
No. Papá, Richi puede dormir conmigo. Al fin y
al cabo mi cama es grande y cabemos los dos —añadió Sean.
Mi
cara se volvió más roja que la de un indio Cheyenne
—
Disculpen pero no pensaba quedarme más de una noche.
Pensaba regresar en el siguiente vuelo. Ni siquiera tengo ropa —expliqué con
timidez.
—
Oh no. Eso no se puede consentir. Te invitamos a
quedarte unos días aquí —intervino Maggie con tono amable.
—
Gracias. Podré quedarme un tiempo si lo desean
—agradecí mirando a Maggie.
Nos
sentamos a la mesa y rápidamente salió por la puerta del lado derecho de la
chimenea un cocinero de unos veintiséis años cargado con una columna de platos
en una mano y una pila de vasos en la otra. Seguido salió otro con una sopera
llena de una sopa amarillenta con fideos que dejó en la mesa al igual que el
otro camarero. Sirvieron la comida y más tarde, mientras la comíamos, salieron
con un enorme pavo y un par de botellas de vino francés de apariencia cara. El
mayor de ellos sirvió el pavo mientras que el aprendiz servía el vino menos a
Sean que segundos más tarde le trajo una botella de agua mineral. Entre tanto
hablábamos sobre lo bonito que era Irlanda y Navarra y los padres de Sean
decidieron ir un día de excursión por los campos de mi provincia. Minutos
después de la deliciosa ave volvieron a venir los camareros con una enorme
cantidad de postres: fresas con nata, un par de tartas más o menos pequeñas y una
bandeja de “brownies” que estaban deliciosos por cierto. Tras acabar la cena
Sean y yo fuimos a su cuarto para enseñarme un poco la casa y demás. Subimos
por las escaleras de caracol del recibidor hasta el primer piso y giramos hacia
la izquierda. Aquel interminable pasillo seguía teniendo un color rojizo en las
paredes y una roja alfombra sobre un suelo de madera negra. Había hermosas
pinturas de carácter romántico en las paredes y pequeñas lámparas en el techo.
El corredor se extendía de un lado al otro de la casa y había varias puertas
muy alejadas entre sí. Todas las puertas eran de madera oscura pero no tanto
como el suelo ni los muebles. Seguimos el pasillo hasta llegar a la penúltima
puerta en donde Sean me dijo “Esta puerta conduce a mi despacho. Espero que te
guste, Richi”. Cruzamos la puerta y entramos a una sala llena de estanterías
hasta el techo y todas llenas de libros. Había una mesa enfrente de nosotros
con un ordenador negro sobre ella y una silla también negra frente al
ordenador. Tras el escritorio había una ventana de la cual se podía ver un poco
el jardín. A ambos lados de la ventana había varias filas de estanterías con
letreros en cada una. En el lado derecho de la sala se podía ver una televisión
enorme en la pared y a su frente un sofá negro con una butaca al lado del mismo
estilo y un par de pufs de color rojo y azul respectivamente. La sala tenía el
mismo color rojo de las paredes que ya me estaba aburriendo y una moqueta roja
en el suelo. En la esquina izquierda, al acabar las filas de estantes, había un
enorme montón de libros y un portátil negro con un cuaderno marrón y una pluma
sobre él.
—
Éste es mi despacho. Aquí leo, escribo y demás
cuando vengo aquí.
—
Tienes una infinidad de libros —murmuré mirando
los estantes.
—
Ojalá, Richi. Son en gran parte obras literarias
de muchos países. Hay narrativa, lírica, ensayo, teatro y épica. También hay obras
de filosofía y demás. Me habré leído el sesenta por ciento de lo que hay —añadió
mirando los estantes.
—
Pues es increíble la cantidad de libros que
tienes.
—
Hay más en la biblioteca. ¿Pasamos a mi
habitación?
—
De acuerdo.
Me
sorprendió un poco que tuvieran biblioteca teniendo esa cantidad de libros en
el despacho de Sean. Seguí a Sean hacia la fila de estantes a la derecha de la
sala y tras bordearlo vi una puerta tras ella. Sean giró el pomo de la puerta y
entramos a una habitación más o menos igual de grande que el despacho con una
cama de matrimonio en la parte izquierda de donde me encontraba. Tenía sábanas
blancas y almohadas negras. Frente a la cama había un televisor plano más
grande que el que estaba en el despacho y una cómoda de madera negra de bajo
del enorme televisor. Sobre la cómoda había un par de libros y dos consolas con
sus respectivos mandos. A cada lado de la cama había dos mesitas de noche con
una lámpara cada una. La de la izquierda tenía un libro con el marcapáginas fuera.
En el lado derecho de la cama había una puerta que daba a un balcón mientras
que en el otro lado había una ventana. Ja pared era negra al igual que la
moqueta que cubría el suelo. En el techo había una moderna lámpara que
iluminaba la sala en su totalidad. En la esquina derecha había un par de pufs
negros y a su lado un par de puertas con escasa distancia entre sí.
—
¿Te gusta, Richi? Dormirás ahí, conmigo —dijo
señalando la cama.
—
Está muy bien, Sean. Me gusta como la tienes.
—
¿Tener el qué? —preguntó con una sonrisa
maliciosa.
—
¡Idiota! —exclamé mirándole con una sonrisa.
—
Pues dormiremos aquí y yo creo que ya sería hora de que nos
acostáramos y viésemos una película o algo.
—
¿Cuál podemos ver?
—
Podemos ver “The strangers” o “Los extraños” en
Español.
—
Esa es muy fuerte, tú no aguantas.
—
Para algo está tu tripa. Si no quiero ver algo
me refugio en ti.
—
De acuerdo —dije con calidez— Te quiero, Sean.
—
Y yo a ti.
Nos
miramos unos segundos a los ojos. Sean era increíble. Jamás querría separarme
de esa cálida mirada que sus ojos me transmitían.
—
Rich, ponte uno de mis pijamas y acostémonos.
—
De acuerdo. ¿Veremos la peli?
—
Sí. Y piensa que lo hago por ti y por tu barriga
que necesita calor humano.
—
Qué idiota eres, cari.
—
Lo sé. Soy tu idiota.
Sean
me condujo hacia la cómoda y me sacó uno de sus múltiples pijamas de seda. Era
negro con rayas blancas en los bordes. Me lo puse y entré junto a Sean en un enorme
baño que había tras la puerta de la derecha. No miré en profundidad lo que
había en ese baño porque estaba hablando con Sean. Me sacó un cepillo sin usar
y ambos nos cepillamos los dientes. Al acabar nos metimos a la cama y Sean
encendió la tele y seleccionó la película de una interminable lista lo cual me
sorprendió. Se apoyó en mi pecho y se agarró a mi costado con fuerza.
—
¿Sabes una cosa? Esta última semana ha sido la
peor de mi vida. El pensar que quizá no podría verte de nuevo me hizo mucho
daño —murmuró con voz temblorosa.
—
Estoy aquí, Sean. Y te prometo que jamás me iré
—dije con voz tranquilizadora.
—
Richi, estoy enamorado de ti.
—
Y yo de ti, Sean. Eres una gran persona y eres
increíble. Siento lo que sufriste en el pasado pero ahora estoy yo aquí.
No
sé por qué saqué el tema de su pasado. Quizá fuese una forma de decirle que yo
sería su presente y su futuro.
—
Te amo —musitó agarrándose a mí con más fuerza.
La
noche la pasamos juntos y a eso de las dos de la mañana Sean se quedó dormido.
Yo aguanté pocos minutos más en los que veía terminar la película. Al poner a
Sean en una posición más cómoda para ambos pude comprobar las lágrimas que le
caían por la mejilla y su sonrisa tan habitual. Jamás podría haber vivido
aquellos momentos si realmente me hubiera creído la falsa muerte de Sean.
Comprendí en aquellos días lo afortunadas que son las personas que pueden dormir
con alguien a quien aman. Ya sea a un lado de la cama, en la misma casa o como
Sean que se había acomodado en ciertas partes de mi cuerpo. Estaba enamorado de
ese chico tan listo e idiota con el que me había topado por accidente en
aquella cafetería un día cualquiera de verano. La diferencia es que aquel chico
volvió y por alguna razón el destino une a personas que en ciertos momentos
deben estar juntas. Lo mejor es que a veces esas personas pueden pasar juntas
toda la vida.