sábado, 20 de abril de 2013

Mi amor es cimero X


El hermoso mirador en el que Sean y yo nos habíamos reencontrado era realmente hermoso. Las hermosas vistas del mar tras las montañas cercanas y la vegetación de ese lugar hacían de él un lugar apacible en verano. Hacía un poco de viento que movía el dorado pelo de Sean hacia atrás mientras que mi oscura cabellera no dejaba de ir a parar a mi cara y no dejaba de quitármela pero volvía y volvía mientras Sean reía. No paraba de mirarme con esa increíblemente brillante sonrisa que no paraba de iluminar su rostro como un falo de esperanza que no dejaba de sorprenderme. Estaba enamorado de ese chico y sin saber por qué me sentía atraído hacia él sin importar cuanto nos separase. Era mi foco de esperanza sentado medio metro a mi izquierda mirándome como si fuera la primera vez que posa su mirada en mí. Pero, sin darme cuenta, yo estaba haciendo exactamente lo mismo con él.
—     ¿En qué piensas? —pregunté intrigado por su repentina mirada al reloj.
—     En que son las diez y tres minutos —dice con voz preocupada.
—     Entiendo. ¿Tienes que ir a cenar?
—     No es por eso. Verás, tenemos veintidós años. La media de vida está en unos ochenta y son las diez de la noche así que nos quedan unos cincuenta y siete años trescientos sesenta y cuatro días,  una hora y cincuenta y siete minutos juntos —añadió echándose a reír.
—     ¡Lo tienes controlado eh! —exclamé riendo.
—     Sí. Hablando de cenar. Tengo hambre, ¿vamos a casa?
—     ¿Podré quedarme en tu casa?
—     ¿Preguntas eso? Claro que puedes, Rich.
—     Gracias, Shonny.
Bajamos por las escaletas de madera que hay para subir y bajar al mirador mientras conversábamos. Me fijé en que las farolas que iluminan la bajada son muy útiles ya que si bajas por la noche no puedes ver y pese a la poca luz que transmiten es una gran ayuda. Llegamos al pueblo y tras dejar atrás la estación de buses y la parte moderna del pueblo nos adentramos en aquel pueblecillo irlandés tan rural. Las casas eran las típicas construcciones que suelen salir en cualquier reportaje a alguien irlandés o un documental televisivo. Hay muchas tiendas y bares con esos carteles que cuelgan de un hierro anclado a la fachada del eldificio y sostenidos por unas cadenas. Hacian un ruido tétrico el cual podría servir de ambientación para una película de asesinatos. Cruzamos un par de calles y comenzamos a ver a gente en lo que sería el centro de la ciudad. Recuerdo que todos saludaban a Sean y Sean a todos ellos lo que me llevó a pensar que se llevaba bien con la gente de aquel pueblo. Había señores pelirrojos, castaños, morenos, rubios y ví a un par de “otakus” con el pelo azul. No sólo hay pelirrojos en Irlanda. Aquel pueblo era lioso de aprender por la complejidad de sus calles y giros de tales. Además de que no entendía ni un solo letrero de lugar. Era como pez fuera del agua en aquel momento. Llegamos a un lugar que aparentemente sería el final del pueblo ya que tras una última fila de casas no veía nada más que campo. Giramos en esa calle y al final de ella conseguí ver una enorme casa blanca la cual Sean me señaló. Era enormemente grande y destacaba entre las demás. Conforme nos acercábamos veía lo realmente grande que era,  tenía tres pisos, grandes ventanales y poco a poco conseguí ver el enorme jardín que la rodeaba. Mi cara de asombro era sin duda la causa de que en aquel preciso instante Sean empezara a reír.
—     ¿Entramos ya o prefieres fliparte con lo de fuera?
Miré ligeramente detrás de la valla que bordeaba la casa y vi a un hombre podando unos rosales. Asentí y entramos a la enorme parcela. Seguimos un camino de brea hasta la puerta y Sean la abrió dejando ver el amplio y alto recibidor con dos sillones victorianos rojos uno a cada lado de un sofá también victoriano y rojo frente a una mesa de café con un florero encima que contenía dos tulipanes rojos. Entré lo suficiente como para pisar una alfombra persa grande rectangular que cubría el suelo de media habitación y una enorme lámpara de cristal en aquel blanco techo. A la izquierda había una escalera curva que giraba hacia la derecha, cubierta por una moqueta roja y barandillas de madera perfectamente barnizadas y aparentemente de calidad. Me acerqué a los muebles y comprobé que los asientos eran de terciopelo y madera maciza de ébano al parecer.
—     ¿Te gusta, Richi?
—     Es increíble —musité.
—     Ven que te presente a mi familia —dijo dirigiéndose a la puerta de la derecha de la sala— Vamos, no pierdas tiempo.
Asentí y me dirigí hacia él entrando por la puerta. Entramos a un comedor enorme. Las paredes, al igual que las del recibidor eran rojas con metro y medio de madera desde el suelo. Los enormes ventanales que iluminaban esa sala estaban adornados con largas cortinas rojas del mismo terciopelo que los asientos que había en la sala anterior y estaban sujetas por un cordón dorado. En el techo lucía una lámpara más o menos igual que la otra pero de menor tamaño ya que este comedor sólo tenía un piso de altura. Al fondo había una chimenea y en esa pared había varios retratos de hombres y mujeres que serían los antepasados de los Aiden. En el centro y bajo la enorme lámpara había una enorme mesa alargada con un sinfín de sillas y un mantel negro que no pegaba demasiado con la decoración. En esa mesa estaban sentadas tres personas. Una era Sarah y los otros dos supuse que los padres de Sean. Rápidamente ambos señores y Sarah se acercaron y pude comprobar que realmente tenían un parecido gigantesco todos los familiares Aiden. El señor Aiden era alto y tenía un corto cabello castaño oscuro como el de Sarah y una cara de joven pese a que ya había pasado los cincuenta. Vestía un elegante traje negro con una corbata del mismo color y una camisa blanca. La señora Aiden era rubia como Sean y tenía sus mismos ojos azules, iluminados y penetrantes. Vestía un elegante traje de gala azul claro y violeta que le sentaba bien a la mirada. Sarah vino donde mí y me estrechó la mano con esa mirada agradable, dura e impenetrable que tenía siempre.
—     Hola, chico. Soy Cathal Aiden, encantado —dijo el señor con un notable acento inglés.
—     Encantado —dije con timidez— Tiene una casa fantástica, señor —añadí.
—     Gracias, pero no me llame señor. Llámame Cathal. Al fin y al cabo somos familia, ¿no?
Me avergonzó un poco la idea de que supieran lo mío con Sean y me sentí un poco incómodo por lo que pudieran pensar pero su cálida mirada delataba sus buenos sentimientos.
—     Soy Margaret Aiden. Un placer —su acento era inglés pero menos definido y su sonrisa era capaz de hacer sonreír a cualquiera.
—     Hola, yo soy Ricardo. Encantado Margaret.
—     Llámame Maggie —dijo riendo.
—     De acuerdo, Maggie. Llámenme Richi.
—     Richi, te prepararemos una habitación de invitados, ¿de acuerdo? —dijo Cathal con una amplia sonrisa.
—     No. Papá, Richi puede dormir conmigo. Al fin y al cabo mi cama es grande y cabemos los dos —añadió Sean.
Mi cara se volvió más roja que la de un indio Cheyenne
—     Disculpen pero no pensaba quedarme más de una noche. Pensaba regresar en el siguiente vuelo. Ni siquiera tengo ropa —expliqué con timidez.
—     Oh no. Eso no se puede consentir. Te invitamos a quedarte unos días aquí —intervino Maggie con tono amable.
—     Gracias. Podré quedarme un tiempo si lo desean —agradecí mirando a Maggie.
Nos sentamos a la mesa y rápidamente salió por la puerta del lado derecho de la chimenea un cocinero de unos veintiséis años cargado con una columna de platos en una mano y una pila de vasos en la otra. Seguido salió otro con una sopera llena de una sopa amarillenta con fideos que dejó en la mesa al igual que el otro camarero. Sirvieron la comida y más tarde, mientras la comíamos, salieron con un enorme pavo y un par de botellas de vino francés de apariencia cara. El mayor de ellos sirvió el pavo mientras que el aprendiz servía el vino menos a Sean que segundos más tarde le trajo una botella de agua mineral. Entre tanto hablábamos sobre lo bonito que era Irlanda y Navarra y los padres de Sean decidieron ir un día de excursión por los campos de mi provincia. Minutos después de la deliciosa ave volvieron a venir los camareros con una enorme cantidad de postres: fresas con nata, un par de tartas más o menos pequeñas y una bandeja de “brownies” que estaban deliciosos por cierto. Tras acabar la cena Sean y yo fuimos a su cuarto para enseñarme un poco la casa y demás. Subimos por las escaleras de caracol del recibidor hasta el primer piso y giramos hacia la izquierda. Aquel interminable pasillo seguía teniendo un color rojizo en las paredes y una roja alfombra sobre un suelo de madera negra. Había hermosas pinturas de carácter romántico en las paredes y pequeñas lámparas en el techo. El corredor se extendía de un lado al otro de la casa y había varias puertas muy alejadas entre sí. Todas las puertas eran de madera oscura pero no tanto como el suelo ni los muebles. Seguimos el pasillo hasta llegar a la penúltima puerta en donde Sean me dijo “Esta puerta conduce a mi despacho. Espero que te guste, Richi”. Cruzamos la puerta y entramos a una sala llena de estanterías hasta el techo y todas llenas de libros. Había una mesa enfrente de nosotros con un ordenador negro sobre ella y una silla también negra frente al ordenador. Tras el escritorio había una ventana de la cual se podía ver un poco el jardín. A ambos lados de la ventana había varias filas de estanterías con letreros en cada una. En el lado derecho de la sala se podía ver una televisión enorme en la pared y a su frente un sofá negro con una butaca al lado del mismo estilo y un par de pufs de color rojo y azul respectivamente. La sala tenía el mismo color rojo de las paredes que ya me estaba aburriendo y una moqueta roja en el suelo. En la esquina izquierda, al acabar las filas de estantes, había un enorme montón de libros y un portátil negro con un cuaderno marrón y una pluma sobre él.  
—     Éste es mi despacho. Aquí leo, escribo y demás cuando vengo aquí.
—     Tienes una infinidad de libros —murmuré mirando los estantes.
—     Ojalá, Richi. Son en gran parte obras literarias de muchos países. Hay narrativa, lírica, ensayo, teatro y épica. También hay obras de filosofía y demás. Me habré leído el sesenta por ciento de lo que hay —añadió mirando los estantes.
—     Pues es increíble la cantidad de libros que tienes.
—     Hay más en la biblioteca. ¿Pasamos a mi habitación?
—     De acuerdo.
Me sorprendió un poco que tuvieran biblioteca teniendo esa cantidad de libros en el despacho de Sean. Seguí a Sean hacia la fila de estantes a la derecha de la sala y tras bordearlo vi una puerta tras ella. Sean giró el pomo de la puerta y entramos a una habitación más o menos igual de grande que el despacho con una cama de matrimonio en la parte izquierda de donde me encontraba. Tenía sábanas blancas y almohadas negras. Frente a la cama había un televisor plano más grande que el que estaba en el despacho y una cómoda de madera negra de bajo del enorme televisor. Sobre la cómoda había un par de libros y dos consolas con sus respectivos mandos. A cada lado de la cama había dos mesitas de noche con una lámpara cada una. La de la izquierda tenía un libro con el marcapáginas fuera. En el lado derecho de la cama había una puerta que daba a un balcón mientras que en el otro lado había una ventana. Ja pared era negra al igual que la moqueta que cubría el suelo. En el techo había una moderna lámpara que iluminaba la sala en su totalidad. En la esquina derecha había un par de pufs negros y a su lado un par de puertas con escasa distancia entre sí.
—     ¿Te gusta, Richi? Dormirás ahí, conmigo —dijo señalando la cama.
—     Está muy bien, Sean. Me gusta como la tienes.
—     ¿Tener el qué? —preguntó con una sonrisa maliciosa.
—     ¡Idiota! —exclamé mirándole con una sonrisa.
—     Pues dormiremos aquí  y yo creo que ya sería hora de que nos acostáramos y viésemos una película o algo.
—     ¿Cuál podemos ver?
—     Podemos ver “The strangers” o “Los extraños” en Español.
—     Esa es muy fuerte, tú no aguantas.
—     Para algo está tu tripa. Si no quiero ver algo me refugio en ti.
—     De acuerdo —dije con calidez— Te quiero, Sean.
—     Y yo a ti.
Nos miramos unos segundos a los ojos. Sean era increíble. Jamás querría separarme de esa cálida mirada que sus ojos me transmitían.
—     Rich, ponte uno de mis pijamas y acostémonos.
—     De acuerdo. ¿Veremos la peli?
—     Sí. Y piensa que lo hago por ti y por tu barriga que necesita calor humano.
—     Qué idiota eres, cari.
—     Lo sé. Soy tu idiota.
Sean me condujo hacia la cómoda y me sacó uno de sus múltiples pijamas de seda. Era negro con rayas blancas en los bordes.  Me lo puse y entré junto a Sean en un enorme baño que había tras la puerta de la derecha. No miré en profundidad lo que había en ese baño porque estaba hablando con Sean. Me sacó un cepillo sin usar y ambos nos cepillamos los dientes. Al acabar nos metimos a la cama y Sean encendió la tele y seleccionó la película de una interminable lista lo cual me sorprendió. Se apoyó en mi pecho y se agarró a mi costado con fuerza.
—     ¿Sabes una cosa? Esta última semana ha sido la peor de mi vida. El pensar que quizá no podría verte de nuevo me hizo mucho daño —murmuró con voz temblorosa.
—     Estoy aquí, Sean. Y te prometo que jamás me iré —dije con voz tranquilizadora.
—     Richi, estoy enamorado de ti.
—     Y yo de ti, Sean. Eres una gran persona y eres increíble. Siento lo que sufriste en el pasado pero ahora estoy yo aquí.
No sé por qué saqué el tema de su pasado. Quizá fuese una forma de decirle que yo sería su presente y su futuro.
—     Te amo —musitó agarrándose a mí con más fuerza.
La noche la pasamos juntos y a eso de las dos de la mañana Sean se quedó dormido. Yo aguanté pocos minutos más en los que veía terminar la película. Al poner a Sean en una posición más cómoda para ambos pude comprobar las lágrimas que le caían por la mejilla y su sonrisa tan habitual. Jamás podría haber vivido aquellos momentos si realmente me hubiera creído la falsa muerte de Sean. Comprendí en aquellos días lo afortunadas que son las personas que pueden dormir con alguien a quien aman. Ya sea a un lado de la cama, en la misma casa o como Sean que se había acomodado en ciertas partes de mi cuerpo. Estaba enamorado de ese chico tan listo e idiota con el que me había topado por accidente en aquella cafetería un día cualquiera de verano. La diferencia es que aquel chico volvió y por alguna razón el destino une a personas que en ciertos momentos deben estar juntas. Lo mejor es que a veces esas personas pueden pasar juntas toda la vida.

domingo, 7 de abril de 2013

Suspiros de inocencia


Suspiros de inocencia


Paso a paso, suspiro a suspiro veo mi vida pasar por delante de mis ojos. Veo todo oscuro a pesar del sol que ilumina este día. El abismo que mis ojos contemplan asusta pero he caído a otros peores.

Era lunes por la mañana y desperté a eso de las siete a causa del ruidoso despertado. Me levanté y fui al cuarto de baño a, bueno ya se sabe. El espejo estaba ligeramente empañado a causa de la ducha de mi padre. Veía en el espejo a un chico de quince años de cabello negro y una amplia sonrisa. Desayuné y tras rezar un par de avemarías me puse en camino a clase. Llegaba cuando Alec se cruzó conmigo y se unió a mí en esos metros restantes de trayectoria. Alec era un chico alto, rubio y con una melena hasta el pecho. En aquel día llevaba puestos unos pitillos grises y unas botas de militar, llevaba también la camiseta de un grupo y su habitual chaqueta de cuero. Era lo que llamaríamos un “heavy”.
—     Hola Marc. ¿Qué tal llevas el día?
—     ¡Alec! Pues, tengo sueño y tú, ¿Qué tal llevas la mañana?
—     Me he despertado a las cinco — dijo entre risas.
—     Sigo sin entender por qué lo haces.
—     Para poder leer. A la tarde no suelo tener tiempo y prefiero que sea así.
—     Pues bien, buena decisión.
—     Marcos, ¿te importaría si esta tarde voy a tu casa? Me gustaría hablar contigo.
—     De acuerdo —dije un tanto extrañado—. ¿Sobre qué quieres hablar?
—     Oh… ya verás — murmuro mientras se adelantaba disponiendo a irse—. Nos vemos luego, después de clase.
Pasaron las horas y esa misma tarde fui con Alec a mi casa. Y ya en mi habitación comenzamos a hablar.
—     Me gusta tu habitación y cada vez más.
—     Es extraño que te guste, solo tengo trastos.
—     Ya…bueno… no es precisamente por eso.
—     Pues no lo entiendo entonces — sonreí mostrando mi clara inocencia.
—     Todavía eres muy “peque” para eso.
—     Soy un mes mayor que tú. Da igual. ¿De qué querías hablar?
—     Ehm…Veras, no es fácil.
—     Suéltalo
—     ¿Prometes no enfadarte?
—     No lo haré.
—     Verás, desde hace algún tiempo me siento extraño.
Alec parecía muy nervioso y era incapaz de levantar la mirada. Le agarre por los hombros y le mire a los ojos.
—     Dímelo. Estoy aquí y sabes que te ayudaré sea lo que sea. Soy tu mejor amigo.
—     Y el único…
—     Ya… Aun así cuéntamelo y te ayudaré.
—     Creo que estoy enamorado de ti.
Tal idea me dejó impactado y por un momento fui incapaz de reaccionar.
—     Eres mi mejor amigo, Alec, pero no soy gay. Lo siento.
—     Sé que no eres gay pero quería que lo supieras.
—     ¿Te puedo besar?
—     ¿Eh? ¿Quieres probarlo?
—     En parte sí pero creo que te mereces un beso al menos.
Alec se echó a reír y yo le miré extrañado.
—     Marc, eres increíble. Eres tan inocente. Algún día verás la vida como un hombre adulto.
No comenté porque no entendí la frase pero su sonrisa mostraba lo feliz que se sentía.
Yo estaba confuso. Alec era gay y eso es un pecado según la biblia. Mis padres son extremadamente creyentes y eso no les haría gracia. Tuve que contárselo para que me dieran consejo pero no les gustó nada. Desde un principio me dijeron que me alejara de Alec, pero al decirles eso me prohibieron terminantemente acercarme a él. Yo seguía estando con él pero con cuidado de que nadie nos viera. Me junté con mi habitual grupo de amigos y me trataban bien pero al no estar Alec me sentía vacío. Pasaba mucho tiempo con ellos y unas semanas después apenas veía a Alec. Comencé a fumar y a beber escuchaba música que no soportaba y por la influencia de mis padres y la parroquia me hice un poco homófobo y tuve miedo de Alec ya que contaban que practicaba ritos para invocar al demonio. Alec seguía mirándome desde lejos pero trataba de no hacerle caso.
Habían pasado varias semanas desde la última vez que hablé con Alec y al salir de clase éste me esperaba apoyado en un árbol de las inmediaciones del colegio. Me agarró y me llevó tres arboles más atrás.
—     ¿Quién eres tú y qué has hecho con Marc?
—     ¿Qué?
—     No eres el Marc que conocí. El inocente e inseguro chico que fue capaz de enamorarme desapareció. Comenzaste a beber, a fumar y a tratar de parecerte a esos chicos. Ahora al mirarte solo veo un payaso, un pelele de esta corrompida sociedad. ¿Qué necesidad tienes de pasar por alto tus valores para parecerte a ellos? ¿Merece acaso la pena?
—     ¿Qué pasa contigo? ¿Crees que un hombre puede amar a otro hombre? La biblia lo prohíbe dice que es una abominación. Además tu forma de vestir lleva a pensar que amas a satanás.
—     Haz lo que creas conveniente — decía mientras daba dos pasos atrás.
Volví al camino y fui a casa. No dejé de pensar en el arrogante de Alec. Esa noche soñé que era un payaso y todos me miraban. Vestía extraño y tenía la inusual sensación de estar solo pese a que estaba rodeado de gente. En cierto momento del sueño apareció alguien, era Alec. Me sentí muy a gusto los dos segundos que tarde en pasar por delante de él pero luego volví a ser infeliz y solitario y un minuto después sin perderle de vista cambie de visión. Ya no era ese payaso sino que podía identificarme con Alec. No apartaba la vista del frente y caminaba. Paré en una zona que rápidamente se transformó en una discoteca. Había ruido, gente saltando y gritando y tras dar una vuelta vi a mi grupo bebiendo, fumando y unos de los mayores tomaban una raya. Ahí estaba yo, fumando un cigarro y con un aspecto horrible a causa del alcohol. Parpadeé y al volver a mirarme tenía una horrible cara de payaso. No era yo.
Al despertar y verme en el espejo vi esa cara de payaso mientras me miraba en el espejo y velozmente corrí a mi cama estrellando mi cara contra la almohada. No  era un sueño sino una ilusión creada por esa pesadilla. Era sábado y fui corriendo a casa de Alec. No podía estar más nervioso y al llegar Alec me dio un abrazo que me calmó. Me disculpé y hablamos durante horas. A partir de ese día Alec y yo fuimos inseparables. Manteníamos la relación oculta por miedo a mis padres. Nunca conocí a nadie tan inteligente como él y no paraba de enseñarme cosas. Comencé a escuchar el conocido “Heavy Metal” y me gustó, sobretodo un grupo llamado Nirvana. Le encantaba la cultura Greco-Romana y las leyendas de dioses y titanes. Yo no creo que sólo fuese un amigo. Lo consideraba mi hermano.
Seguía saliendo con mis viejos amigos para no levantar sospechas ante mis padres y demás. Un sábado por la noche salí con Alec a dar una vuelta y coincidimos con mis otros amigos.
—     Marcos, ¿qué haces con este tío?
—     ¿Eh? Nada.
—     ¿Qué pasa?, ¿ahora te juntas con maricones?
—     No, no estoy con él.
—     ¿Y entonces?
—     Vino a preguntarme algo.
—     ¡Eh, tú! ¡Déjalo en paz!
Alec no contestó. Podía ver el dolor en sus ojos al ver lo que acababa de decir. Estos tíos se pusieron nerviosos y comenzaron a golpearlo sin dejarle defenderse. Yo corrí a casa y me encerré en mi cuarto. A la mañana siguiente mis padres me comunicaron que habían encontrado el cuerpo de Alec en la carretera. Al parecer tras la paliza había caminado hasta llegar a la carretera donde se desplomaría y sería atropellado. Mi mundo acabó aquel día. En el entierro nadie salvo su familia y yo estábamos lo suficientemente desanimados. El párroco contó su vida y tras no saber muy bien qué decir acabó llamando a su muerte “castigo divino”.

Han pasado dos meses desde aquello y sigo culpándome de no haberlo defendido. Me importaba más mi imagen que lo que realmente era. He dejado el instituto por depresión y comencé a beber para olvidar pero nada sirvió. La sociedad no está preparada para la diferencia. Todos quieren ser iguales pero tratan de hacer que los demás se amolden a lo que ellos son y ese es el principal conflicto. ¿Tan duro es no tratar de buscar una diferencia teniendo delante cien semejanzas? Ahora veo pasar mi vida por delante de mis ojos y comprendo que mi principal error fue el miedo y la inocencia. Por otro lado esto era lo que a Alec más le gustaba.
 Me encuentro de pie sobre el puente del río en este cálido atardecer. Si mal no recuerdo no hay nada más que hacer ya que puse las tres notas en donde corresponde cada una:
Sobre mi almohada
“Queridos padres
Antes de decir amén en casa o en la iglesia piensa, piensa y recuerda que un niño está escuchando.
Mary Griffith”

En la puerta del instituto
“Compañeros
Vosotros os reís de mí por ser diferente. Yo me río de vosotros por ser todos iguales.
Kurt Cobain”

En la tumba de Alec
“Amado Alec
Eres el objeto de mi amor tal como Patroclo lo fue de Aquiles.
Alejandro Magno”

Me inclino cayendo al vacío.
Alec, siento esta decisión que he tomado pero necesito pagar por lo que hice. No sólo por ti sino por el inocente Marc del que te enamoraste. Una muerte no arregla otra pero espero que comprendas que yo ya estaba muerto hace tiempo. Yo no era Marc.