Para ti de quien a tu lado en su momento
permaneció.
miércoles, 27 de febrero de 2013
Carta para quien jamás debería leerla
Te quiero. Te amo. Espero con ansia el
momento en que te vea de nuevo. Te miro y veo tristeza y soledad. Tus sonrisas
son escasas pero hermosas tanto como tus azules ojos mostrando el dolor que
escondes en tu interior. Esas son palabras que en su día no te dije y que ahora
me alegro de no habértelas dicho. Nunca estuviste pero jamás te fuiste de mi
corazón. No te conocía. No sabía la auténtica realidad que tu corazón escondía.
Tu soledad creó la mía y no existe día en que no recuerde el sufrimiento que me
causaste. Tú fuiste mi atardecer y hoy camino por un oscuro camino. No importa
si tropiezo, caigo o camino sin fuerza porque en esta oscura noche que has
causado el dolor camina a mi lado. No importa si lágrimas o sangre derramo en
tu memoria. Nunca te importo cuanto perdí por ti. Era joven y no entendía por
qué a tu lado seguía. Tú nunca te fijaste en mí. Nunca giraste la cabeza para
ver al chico que siempre estaba a tu izquierda. Los fantasmas de mi memoria me
atormentan mientras dolorido trato de sonreír cada día. ¿En serio es verdad esa
sonrisa? Tu marcha alteró mi vida. Por caminos diferentes andamos en el tuyo
nunca estuve pero en el mío siempre estará el recuerdo de aquel chico que jamás
desaparecerá. Tu belleza incomparable y tu mirada sin igual apagó mi vida para
bien o para mal. Tras ese invierno llegó tu primavera pero mi alma gélida aún
está. La sangre de mis venas, las lágrimas de mis ojos y las cicatrices que mi
alma aún mantiene no se recuperarán. Desearía ver tus ojos una sola vez más,
una sonrisa en tu boca y mi cuerpo podrá morir en paz. Quién pudiera ser niño
para volver a sonreír porque ahora que he crecido añoro los instantes que junto
a ti sonreí. Me hiciste daño sin querer ni saber. Mi alma murió junto a ese
invierno tan doloroso y feliz. Espero que llegue algún día en que mi sonrisa
vuelva a surgir.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Extraño, dulce y cálido cap. 1
El
conocer a alguien es algo extraño.
Nunca
sabrás con certeza lo qué ocurrirá en esa relación ni cómo terminará.
Si
es que algún día llega a terminar…
¿Cuándo
le conocí? Recuerdo que era un día tormentoso. Yo me mudaba a una nueva ciudad y
estaba nervioso. Fue entonces. Cuando llegamos al piso al entrar en el ascensor
un joven algo mayor y más alto que yo entró conmigo. El ascensor era pequeño y
con el volumen de la maleta que llevaba se tuvo que pegar a mí.
El
ascensor se paró a mitad de camino y quedamos atrapados. Me puse de los nervios
pensando en que no saldríamos vivos de ahí y este otro chico me agarró para
calmarme.
—
Tranquilo. —dijo
con una suave voz mientras pasaba sus largos brazos por encima de mi espalda—
Agárrate a mí y veras como pasa rápido.
Me
estuvo abrazando hasta que me calmé. La sensación que su abrazo me transmitía
era inefable. Me apoyaba en su pecho y oía su corazón latir fuerte y rápido. Me
sentí protegido. Al estar apoyado en su pecho noté como me abrazaba fuerte y apoyaba
su cabeza contra la mía. Pronto quedé tranquilo pero él no me soltó. Sospechaba
que también tenía miedo porque no paraba de abrazarme con fuerza. Esa extraña
sensación al agarrarme me tranquilizaba y me hacía sentir bien. Después de
separamos, nos apoyamos sobre mi maleta y comenzamos a hablar.
—
¿Estaremos aquí
mucho más? —pregunté más calmado.
—
No lo sé. Creo
que nos sacarás pronto. Habrá sido por la tormenta.
—
Espero salir de
aquí pronto.
—
Esperemos. Soy Javier
encantado.
—
Yo soy Marcos. Un
placer.
—
¿Eres nuevo?
—
Sí. Me he mudado
al quinto izquierda.
—
¿Sí? ¡Qué bien!
Yo vivo en el quinto derecha.
—
¡Genial!
—
Pásate cuando
quieras. Vivo solo y no me molestaría que me acompañaras en cualquier momento.
—
¿Vives solo?
—
Sí. Tengo
dieciocho años.
—
¿Tienes
dieciocho? Yo dieciséis.
—
Eso parece. —dijo
sonriendo.
—
Seguimos
encerrados. ¡Qué asco!
—
Ya. ¿No te gusta
estar encerrado conmigo?
No
sé a qué venía esa pregunta pero desde hacía un rato mi corazón iba acelerado.
—
Sí que me gusta
pero preferiría estar contigo en otro lado.
Javier
me volvió a abrazar y me sentí seguro de nuevo.
—
Tranquilo estoy
aquí. Cuidaré de ti.
Esas
palabras me tranquilizaron y le abracé con más fuerza. Su mano acariciaba mi
pelo mientras me apretaba contra su pecho. No cambiaría esa sensación por nada
del mundo. Seguíamos encerrados pero estaba libre de mi impaciencia y nerviosismo
habituales. Ese chico me había calmado por completo. Dejó de abrazarme un rato
después.
—
Aquí no tienes
amigos, ¿no?
—
Pues… no.
—
Tranquilo yo
estaré contigo. —dijo abrazándome.
—
Me gustan tus
abrazos. Eres muy abierto.
—
Sí. Soy abierto y
me gusta abrazar.
—
Eso parece. —dije
riendo.
—
Me caes bien.
En
un momento el ascensor volvió a funcionar y subimos al quinto piso.
—
¡Bien! ¡Al fin
funciona!
—
Me alegro.
¿Quieres pasarte a mi piso y estar un rato conmigo?
—
Sí. Desde luego.
—dije sonriente.
Subimos
al quinto piso y mis padres estaban muy preocupados por mí. Dejé mi maleta en
mi habitación y fui con Javier a su casa. Su casa era similar a la mía sin
embargo tenía un millar de objetos de otros países. Pensé que habría viajado
mucho por todo el mundo. Había una cocina moderna de pequeño tamaño justo al
lado de la puerta. Tenía algo de comida en las encimeras y una ventana al
fondo. Conforme fui entrando por el corto pasillo había una sala de estar a la
izquierda. Tenía un sofá negro al lado de un puf de color rojo y enfrente una
estantería llena de libros, fotos y figuritas. Al otro lado de la sala había
una mesa con seis sillas alrededor. Entramos en ese moderno comedor y nos
sentamos en el oscuro sofá. Comenzamos a entablar conversación y hablaba cálidamente.
—
¿Te gusta mi
casa?
—
Sí es muy bonita.
La mía ni se compara.
—
Sí. Esta está
llena de trastos que mis padres traen de sus viajes.
—
Ya veo. ¿Por qué
viajan tanto?
—
Son etnólogos e
investigan un poco el mundo. Ahora están en Egipto. Pocas veces están en casa y
como ya tengo dieciocho me quedo en casa solo.
—
Aún no creo que
te dejen solo.
—
Lo hacen desde
hace tiempo pero antes venía mi tía a vigilarme de vez en cuando.
—
¿Ahora no viene?
—
De vez en cuando
a visitarme. Sabe que puede confiar en mí.
—
Mis padres jamás
me dejarían solo.
—
Hay padres y
padres —dijo mirando a una foto mientras sonreía.
—
Ojalá tuviese tus
padres.
—
Te encantaría lo
sé. Yo por ahora estudio bachiller para ser periodista.
—
¿Repites curso?
—
Repetí tercero de
la ESO.
—
¿Por?
—
Acoso escolar que
me llevó a una depresión —dijo con mirada triste.
—
¿Por qué te
acosaban?
—
Porque soy gay.
En
ese momento mi corazón latió muy fuerte y apenas pude contener la extraña sensación
que me atormentaba desde hace un rato en el ascensor.
—
¿Lo eres?
—
Sí. Espero que no
te moleste.
—
Tranquilo no lo
hace en absoluto. Me gusta la idea de tener un amigo gay.
—
¿De verdad? Me
encantaría ser tu amigo. —dijo muy emocionado.
Javier
me abrazó y note su aliento cálido sobre mi cuello. Le agarré la camiseta por
la espalda y le apreté fuerte contra mí. Era extraño. Quería besar a un chico
al que ni siquiera conocía. ¿Qué era esa sensación tan placentera al estar con él?
Nunca antes me sentí así. Me encantaban sus abrazos. Tras una leve pausa de
silencio su dulce voz aún apoyada en mi hombro comenzó a hablar.
—
Marcos quiero ser
tu amigo. Quiero que seas mi primer amigo.
—
¿No tienes más
amigos?
—
No. Ahora me llevo
bien con los compañeros de clase pero no puedo perdonarles las putadas que me
hicieron.
—
¿Te hicieron
psicológicas o algo más?
—
Ahora verás —dijo
quitándose la camiseta y mostrando su hermoso cuerpo.
Tenía
algunos moratones en el pecho y el abdomen. En la espalda y en el hombro también
tenía grandes marcas de lucha. Había sido reciente.
—
¿Hace cuánto ha
sido?
—
Dos semanas —dijo
con la cabeza caída.
—
No te avergüences. No tienes la culpa.
—
Me quieren hacer
mucho daño y lo peor es que nadie hace nada.
Comencé
a sentir un dolor intenso y lo abracé mientras derramaba alguna lágrima. Le pasé
la mano por la espalda. Tenía el cuerpo caliente y le acaricié el pelo. No
dejaba de pensar en los hijos de puta que le habían hecho tal cosa. Se separó
de mí e intentó tranquilizarme mientras yo le tocaba las heridas del pecho.
Tenía unos brazos un tanto musculosos y unos abdominales algo marcados. Yo no
dejaba de llorar y de abrazarlo.
—
No te sientas
mal. No tienes la culpa.
—
No quiero verte
con estas magulladuras.
—
Lo siento pero
ser gay es lo que tiene en un lugar como este.
—
¿Qué importa el
lugar? Estamos ya al año dos mil doce. No debería ser así.
—
No podemos
cambiar a la sociedad. Por desgracia es y será así un tiempo. No hay mucho que
hacer.
—
Ojala que lo haya
porque no cesaré hasta ayudarte a superarlo.
—
Eres un chico
increíble —dijo sonriendo.
Le
abracé y él me acarició el pelo. Dios quería besarle y no podía esperar nada
más. Era hora de lanzarme y esperar las consecuencias.
—
Javier, me
gustas.
—
¿Qué?
—
Soy gay y me
gustas. Sé que podía habértelo dicho antes pero tampoco pensaba decírselo a un
desconocido ni mucho menos enamorarme de él pero eres tan guapo, amable,
simpático y hay algo en ti que te hace muy atrayente.
—
También me
gustas, tonto, —dijo entre risas— desde un primer momento me he fijado en ti y
por eso te he tratado así. Pensé que eras hetero y me desmotivé un poco pero me
gustas y quiero ser tu amigo.
Javier
me abrazó de nuevo y esta vez con fuerza. Me apretó contra su pecho aún desnudo
y puse mis manos en su espalda. Me separé un poco y le besé. Mis labios chocaron
suavemente con los suyos y le di el primer beso de mi vida. Nunca pensé que
sería así pero es fantástico besar a la persona a la que quieres.
Aún
seríamos siendo amigos un tiempo pese a lo que sentíamos el uno por el otro
pero teníamos que conocernos. Estoy seguro de que no habría cosas muy oscuras
dentro de él. ¿Sería lo perfecto que yo lo creía? Aun así era la persona más
hermosa que jamás había visto y el que mejor me comprendía. Era perfecto en mi
punto de vista pero sólo ahí.
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