viernes, 25 de julio de 2014

Robin Hood Team 001

Robin Hood Team
001 Le Boucher
Había aceptado el acuerdo verbal que Lupo me propuso. Limpiaríamos las calles de delincuencia y corrupción con su ayuda. El primer caso que nos propuso era el siguiente: Ha aumentado el número de personas desaparecidas en la ciudad desde hace tres meses. Un enunciado confuso y directo. ¿Qué pretendía Lupo diciéndome eso? Según él había sido una persona quien los había hecho desaparecer.  ¿Sólo una? —pregunté. Él lo afirmó y ahí comenzó la búsqueda.
¿Por qué éste hombre ha hecho desaparecer a tantas personas? ¿Cuántas han sido? Necesito un contacto en el cuerpo de policías. ¿Qué hace con los cuerpos? ¿Niños también? ¡Eso es! ¿Por qué desde hace tres meses? Es nuevo en esta ciudad. Pongamos que vino hace tres, cuatro o cinco meses.
Mensaje de texto al grupo: “John busca una lista de todas las personas que hayan venido a vivir a esta ciudad en un periodo máximo de cinco meses”
Mensaje de John: “Enviando fotos de la lista”
Diecinueve personas han venido desde entonces. Aquí debe de estar nuestro objetivo. ¿Será hombre o mujer? Tiene pinta de hombre pero es inteligente y sutil como una mujer. Me peino. La incertidumbre me pone nervioso. En la lista aparecen quince personas que han venido en familia, con hijos, y demás y cuatro han venido solos. Dos de esos cuatro no poseen los recursos para hacer desaparecer a alguien así que miraré en los otros dos. Uno es una mujer de treinta y dos años y el otro un hombre de cuarenta y cinco. Ambos son poderosos y con muchos recursos, tanto sociales como económicos y demás. Julia irá al apartamento de la mujer y Matt y yo iremos al apartamento del hombre.
Matt es un joven medio-alto medio-bajo con el cabello pelirrojo. Tiene ojos verdes y una sonrisa inocente. Es agudo, seguro de sí mismo, confiado y un poco asustadizo.
Nos situamos en el edificio de nuestro objetivo. Es una casa bastante grande. En el sector uno de la ciudad. Tiene dinero pero no tanto como los demás habitantes de ese sector. Entramos. Con tan solo ver la entrada de la casa de este hombre podemos comprobar su elegancia. Ha viajado mucho ya que se pueden ver numerosos objetos traídos de diferentes países. A la derecha hay una biblioteca de dos pisos con un escritorio y varios muebles entre medio. Entre ellos el diván en el que este psiquiatra pasa consulta a sus pacientes.  Recuerdo a Lupo.
Mensaje a Lupo Gianetti: “¿Qué tal la cena con nuestros sos sospechosos?”
Mensaje de Lupo: “Estupenda. La “Ensalada Niçoise” me ha salido estupenda aunque cierto señor sabe más de cocina.”
¿Cocina? ¡Cocina! Eso es… Se come a sus presas. Corro hacia la cocina y Matt me sigue. Abrimos su nevera y nada. Piensa, Falke, piensa. La despensa. Atravesamos la cocina y entramos a la despensa pero no hay nada. ¿Por qué no hay nada? Matt tropieza con algo al entrar. ¿Una trampilla? La abrimos y bajamos. Encendemos la luz.  Tres grandes congeladores alineados a la derecha de las escaleras bajo la trampilla. La sala es grande. Al fondo hay una nevera y en el centro varias mesas. Abrimos uno por uno los congeladores y encontramos carne humana envasada al vacío. Faltan los órganos. Cruzamos la sala y abrimos la nevera. Allí están los órganos.
“Debemos atrapar al asesino” susurro a Matt quien no cabe en sí del miedo. Lo esperaremos en su biblioteca pero, hasta entonces misión cumplida.
Alguien cae de un salto al lado de las escaleras.

Se apagan las luces.

viernes, 18 de julio de 2014

Robin Hood Team La Leyenda


Me peino. Me acomodo mi gran tupé una y otra vez. Es difícil mantenerlo con esta forma todos los días. Hay quien me toma por un bárbaro; hay quien me toma por un loco; pero soy más que eso. No sólo reparto ostias a quien me cae mal o a quien no me paga. Si no lo hiciera estaría en su mismo lugar. En el lugar de un joven de las afueras que toda su vida ha estado luchando contra gente como yo; y ahora soy como ellos… No… Yo soy su líder.
Aquí; donde la gente es pobre, donde no tienen recursos y deben trabajar duro para conseguir llevar algo de comer a la boca de sus hijos; reinan los grupos, las bandas como la que yo domino, trabajamos como mercenarios a manos de quien nos pague. Normalmente suelen ser prestamistas a los que deben dinero las familias. Nos pagan por dar una paliza a un padre o una madre delante de sus propios hijos. No creo que esté bien hacerlo pero prefiero ser quien dé a quien reciba.
Me despierto. Me apetece estar más tiempo en la cama pero en una hora vendrá John Murdock, mi segundo en la banda. Coloco con firmeza los pies en el suelo y me levanto como si no deseara dormir para siempre. Me miro en el espejo. Mi tupé está destrozado, como todas las mañanas. Voy hacia el cuarto de baño. Caliento el agua y me ducho. No he tardado demasiado en salir. Si hubiera estado más rato bajo el agua no me hubiera dado tiempo a peinarme y desayunar.
Me miro en el espejo. Puedo ver mis marcas, mis cicatrices. Veo cada golpe, cada patada y cada caída; pero también veo cada vez que me he levantado y he devuelto cada puta ostia que me han dado. Mi vida no es fácil. Este barrio me ha hecho daño y me lo sigue haciendo. Lo peor es que me temen; mis amigos me temen, me ayudan porque saben que así no les haré daño pero saben que los echaría a los perros si me hacen enfadar. Eso los unos... Los otros se acercan a mí para tener poder; para hacerse notar en el barrio chuleando de que pertenecen a la banda. De esos debo estar atento. Podrían volverse contra mí... No lo consentiré.

Me peino. Mi tupé se asemeja, de alguna forma, a mi nombre. Me llamo Falke, Falke Baum, lo que viene a significar halcón. Mi cabello es largo por la parte superior y por los extremos inferiores. Con lo que cae de los laterales superiores hago las alas. Dos halas de laca, gomina y alisadas con unas planchas de pelo. La parte frontal está revuelta hacia delante, con gran volumen y ligeramente inclinada hacia arriba. Resulta extraño a simple vista pero la gente de este barrio me tiene demasiado respeto como para osar burlarse de mí.
Desayuno. Un zumo de naranja con unas tostadas. Al ser el líder de la banda me llevo más dinero que nadie, aunque no hay tanta diferencia, de los encargos. No sólo nos encargan apalear a gente sino que también amenazar, robar, ese tipo de cosas… No me gusta hacerlo. Lo hago sólo por sobrevivir. Desearía largarme de este sucio lugar y no volver. A veces ayudo a las familias de este barrio. Les doy algo de  dinero y me disculpo si les he hecho algo malo. No me gusta que me tengan miedo. Lo detesto ya que soy como ellos. Soy un habitante de este infierno dejado de la mano de Dios.
Llaman a la puerta. Murdock debe de haber llegado ya. Aún no estoy vestido. Le invito a entrar. Es un joven de dieciséis que ha sido amigo mío desde siempre. A ambos nos pegaban y yo trataba de defenderme pero él sólo lloraba. Sigue siendo un tanto infantil pero es astuto y muy bueno con la informática. Se sienta en una de las sillas de la meda y le digo que espere mientras yo me voy a vestir.
Miro en mi armario. No hay demasiado. Nunca me gustó tener demasiada ropa. Hace calor así que llevaré un chaleco negro sobre una camiseta roja y unos vaqueros blancos. Tomo el viejo reloj de bolsillo que siempre me acompaña y lo meto en los pantalones. Me calzo y ya estoy preparado. Bajo a la cocina. Murdock se ha servido una tostada. Me acerco a él y le quito un trozo. Me siento en la silla de al lado y me preparo para las buenas noticias que tiene para mí.
—    Lo tengo. He conseguido hackear la cuenta de la alarma de Lupo Gianetti —la luz de sus ojos es impresionante; al igual que mi forma de mirarlo cómo si no me importara lo que dice.
—    De acuerdo —bostezo y pienso en qué decir a continuación—. Esta tarde iremos cuatro. Seremos: Séneca, Edgar, tú y yo.
John se prepara para decir algo y yo lo detengo en seco con una mirada. De todos modos continúa.
—    ¿Por qué no ahora? —pregunta.
Decido no responderle a tan estúpida pregunta y busco mi móvil. Lo localizo sobre el escritorio de mi cuarto y me conecto al servicio de mensajería instantánea donde escribo en el grupo de la banda “S, E, J, H, 16h z: 3 C: 24.” Codificado en alfabeto griego. Lo que viene a ser: “Séneca, Edgar, John, Halcón a las cuatro de la tarde en la calle veinticuatro de la zona tres de la ciudad.” La zona tres es la zona de los pisos de la gente con dinero. Algunos tienen negocios importantes, como nuestro hombre.
Las siguientes horas pasaron rápido. Di una vuelta por el barrio y compré cerveza en el supermercado. A las tres de la tarde o así tomé una bolsa con el equipo de robo y me dirigí a la calle veinticuatro. Al llegar veo a dos de mis compañeros en la mesa de una cafetería tomando un gran vaso de zumo con dos pajitas. Están todo el día así. Me apoyo en la pared y comienzo a fumar un cigarrillo. Lo necesitaba. No soy adicto a fumar pero suelo hacerlo antes de un acontecimiento que me puede llegar a poner nervioso. Es como mi valeriana. Inhalo… Exhalo… Debería dejarlo antes de empezar. Tiro el cigarrillo a una papelera enfrente de mí y espero a John.
Éste viene cinco minutos tarde de la hora acordada. Me molesta pero no demasiado. Cruzo la acera y los demás me siguen disimuladamente. Edgar se queda frente a la puerta montado en su viejo auto. No queda bien un auto tan viejo con alguien tan caballeroso pero bueno… Primero entro yo al portal. No hay portero en ese momento, lo que es extraño. Al menos nos libramos de sobornarle. Saco de mi bolsa la máscara de hockey que me cubre la cara y el cabello. No debemos dejar ni un mínimo de ácido desoxirribonucleico en ningún lado. Llevo ya los guantes puestos así que subo por las escaleras. Oigo entrar a mis compañeros y oigo sus mochilas abrirse para sacar sus máscaras.
El bloque es lujoso. Ocupa todo el ancho de la calle. Casi todos los que viven aquí serán dueños de algo o altos cargos de una multinacional. En cada piso hay cuatro viviendas excepto en el ático. Los últimos tres pisos son una sola vivienda. Pertenece a nuestro hombre. Lupo Gianetti es el dueño de varias empresas. Su padre le dio en herencia el más importante noticiario del país: el Daily Word. Con el dinero que da el periódico compró una editorial a un viejo amigo de su padre que se iba a jubilar y no tenía descendencia. Tras eso fundó una academia de artes. En ella cualquiera puede aprender habilidades como escritura, pintura, fotografía, lucha, etc. por un precio muy muy bajo.
Llegamos a la puerta de su vivienda. La puerta no tiene llave sino que se accede mediante un código de diez dígitos. John lo teclea y la puerta se abre.  Entramos al gran recibidor y vemos toda la planta baja. A la derecha hay una gran cocina servida de todo lo posible y mucho más. A su lado hay una puerta a la pequeña terraza de este piso. A la izquierda una gran sala de estar al lado de un gran comedor. La sala de estar está repleta de tecnología. Un televisor enorme rodeado por cuatro altavoces lineares y más altavoces están repartidos por el resto de la sala. No entiendo por qué tantos. El gran comedor tiene una mesa muy larga donde caben trece personas; a juzgar por el número de sillas.
—    S; revisa este piso en busca de algo interesante. Si ves un portátil es mío, ¿ok? —le ordeno con tono firme.
—    De acuerdo F.
Subo junto con John al piso de arriba por las escaleras de la entrada. El penúltimo piso sólo tiene habitaciones al parecer…. No… también tiene un despacho. Una gran habitación con un escritorio en el centro y un portátil rodeado de papeles y carpetas sobre él. La sala tiene librerías contra todas sus paredes y un sillón en una esquina. Parece que es su sitio de lectura. Cojo su portátil y miro algún libro interesante. Encuentro una copia de Hamlet y la meto a la mochila junto con el portátil y un par de libros más. Mira en los cajones, Falke. Me acerco al escritorio de nuevo y abro un cajón. En su interior hay una vieja horquilla de plata. La tomo. Quizá la venda bien.
Registro el resto del piso pero no encuentro nada. Ni relojes ni joyas… Es un hombre millonario. Debería tener más objetos de valor. John grita “Halcón” y me reúno con ellos. Ellos sólo han encontrado un Ipod y una Tablet. No es gran cosa. Me esperaba más. Volvemos a bajar. Edgar nos espera con su coche. Le comentamos lo poco que hemos conseguido y volvemos a ir a los barrios bajos. Me quedo pensando. Este hombre es extraño. Tiene millones y millones pero no los gasta. Y si lo hace; ¿en qué lo hace? Sólo sé que construyó la academia de artes. Lupo Gianetti es extraño.
Ya en casa reviso el portátil en busca de algo importante. Tiene fotos con quien supongo que será su madre, con amigos y en fiestas que suelen organizar los hombres poderosos y los ricos para alardear de lo que poseen. Tiene documentos de sus propiedades… podríamos quitarle algo de dinero. No; paso de ello; él es bueno. Miro un par de carpetas más y encuentro un montón de manuscritos de novelas. ¡No pueden ser suyas! ¡No! Él no puede ser Levin Dean. ¿Enserio es el escritor más famoso de hoy en día? No puede serlo. Me pongo nervioso. ¿Por qué estoy nervioso? He robado el portátil de Levin Dean. He leído casi todos sus libros. Me encanta. Y le he robado el portátil.
Alguien llama a la puerta. Será John que querrá el portátil. Me levanto y me dirijo a la puerta. Tropiezo y me apoyo en la pared. Estoy muy nervioso. Debo calmarme. Llego hasta la puerta y abro. No es John.
Ante mí se asienta erguido un caballero. Su alta estatura y su mirada firme y seria lo convierten en alguien temible. La belleza de su estrecho cuerpo se realza con el oscuro traje que lleva puesto. Su rostro serio me mira. No tiene más de veinticuatro años pero el aire caballeresco que le dan el traje, el sombrero y el bastón que usa para apoyarse hace que parezca alguien mucho más maduro.
Lo miro. El hombre se apoya en su bastón con la mano izquierda mientras con la derecha juguetea con uno de las ondulaciones rubias de su cabello. Es él.
—    Hola —saluda con una cálida voz—. Mi nombre es Lupo Gianetti.
Mi corazón va demasiado rápido. Es Lupo Gianetti, el hombre al que acabamos de robar, y además uno de los escritores que más admiro. Mi corazón estalla y caigo a suelo. Me desmayo.
“Falke, sé fuerte.” Recuerdo la voz de mi madre diciendo esas palabras cuando era pequeño. Cuando era pequeño a penas teníamos para vivir. Mi padre era un alcohólico después de volver del ejército y no trabajaba. Mi madre tuvo que hacer numerosas cosas para darme de comer. Hubo días en los que ella dejaba de comer por mí. En este barrio pasan cosas así cada día. La gente se muere de hambre y los que no lo hacen se vuelven adictos al alcohol o a las drogas. Mi madre murió cuando yo tenía once años. Mi padre la mató. Llegó un día drogado y quería tomarla conmigo pero ella se interpuso y pagó el precio de la ira de mi padre. Yo no sabía qué hacer en ese momento. Sólo sabía que no quería ir a un orfanato así que ayudé a mi padre a que pareciera un accidente. Coloqué a mi madre en el garaje al lado de una estantería con herramientas y entre mi padre y yo tiramos la estantería sobre su cuerpo. La policía creyó que fue a coger algo y se le cayó encima. Lo sé. Una historia triste. En ese momento me prometí a mí mismo que sería fuerte y que nada me haría daño. El mundo es cruel.
Despierto. Estoy tumbado en el suelo, justo donde me caí. ¿Cuánto llevo dormido? Intento levantarme. Parece que no me duele nada. Me levanto y me dirijo a por un vaso de agua. No puede ser. El sombrero, la chaqueta y el bastón están colocados en el perchero. Está aquí. De nuevo los nervios. Me acerco a la cocina. Lo veo. Está leyendo uno de mis libros.
—    Cálmate, chico —dice con firmeza— sólo quiero hablar.
Le acabo de robar, ha venido a mi casa y ha esperado a que me recuperase. Si quisiera llamar a la policía lo hubiera hecho. Falke ten cuidado. Es un tío de lo más siniestro. Me siento en la silla de al lado.
—    Tiene una casa muy acogedora, señor Baum.
—    No lo es tanto como la tuya. Aunque yo la hubiera llenado de cosas; ya sabes, tienes dinero compas algo caro y lo colocas al lado del retrete.
Me mira serio y sonríe.
—    No sea usted grosero. Me ha costado averiguar quién era usted para hacerle una visita. Bueno… en realidad sólo tuve que ver la grabación de seguridad y relacionar la forma en la que sus compañeros le llamaban. Tiene usted un nombre muy peculiar así que no fue difícil encontrarlo.
Lo miro. Es extraña su forma de hablar. Parece un caballero inglés. Me irrita.
—    ¿Qué coño quieres de mí?
—    Veo que va usted al grano, señor Baum —dice entre risas—. Bien; lo que quiero es que su grupo de alegres ardillitas de los barrios bajos libere a la ciudad de la corrupción y la soberbia de los altos cargos y los ricachones que abusan de su poder y dinero.
Lo que acaba de decir me ha confundido. ¿Acaso no es él mismo uno de ellos? Permanezco en silencio y me mira. Debo decir algo; pero, ¿el qué? No estoy seguro de qué me está pidiendo. ¿Ser su aliado?; ¿o su sumiso? Piensa, Falke. Él me podría ayudar en mi objetivo. Por otro lado, ¿y si es un enviado de un político para erradicarnos? Estoy confuso. Es tan extraña esta situación.
—    Acepto. Trabajaremos juntos.
—    Me alegra oír eso, señor Baum.
Gianetti guió bien a nuestro grupo durante meses. Descubrimos una red de corrupción política en la cual estaba metido el mismísimo presidente. La seguimos y Gianetti fue publicando los datos de las personas corruptas. Numerosos políticos han perdido su puesto o están en la cárcel gracias a nosotros. Nadie sabe quienes somos. Todos nos conocen como el fantástico Robin Hood Team; un grupo de personas que localiza y lleva ante la justicia a criminales. La policía nos busca pero somos buenos escondiéndonos. Actualmente estamos localizando y apresando a los políticos implicados en la mayor red de corrupción de nuestro país.
“Julia” grito. Mi compañera aparece detrás de mí con su sigilo habitual en esta noche. Le presto unas cuantas bolas de gas y desaparece. La policía nos ha visto. Estamos huyendo pero nos persiguen. “A la derecha; segunda alcantarilla” escucho susurrar a julia de nuevo. Todos van hacia ahí mientras que mi compañera desaparece. De pronto una explosión de gas deja fuera de combate a los policías. Gas lacrimógeno, buena idea.  Corro y entro en la alcantarilla cerrándola tras de mí. Todos están allí excepto Julia. No… Aparece justo ahora detrás de nosotros. Estamos a salvo.
Ya en casa observo los datos recogidos y espero a que aparezca Lupo. Ese hombre es una buena persona pero es un tanto extraño. Cambiando de tema; sólo nos queda una persona clave para concluir la operación Ípsilon. El presidente Grant. Leonard Grant. Debemos planificar cómo pillarlo. Al fin y al cabo él va detrás de nosotros pero no sabe quiénes somos.
El equipo y yo trazamos un plan para desenmascarar al presidente Grant. Lo difícil era ponerlo en marcha. Necesitábamos ayuda de Lupo y deberíamos coordinarnos bien.  
Salgo del edificio abandonado que tenemos como sede del Robin y camino en dirección a casa. No está demasiado lejos. Veo a la panadera tirando el pan sobrante del día y a varios vagabundos esperando para pelearse por él. No soporto este ambiente. No me gusta ver a la gente luchar por comer. Algún día esto acabará. Llego a mi calle. Tres hombres esperan frente a mi casa. ¿Quiénes son? Me acerco sin vacilar. Es el presidente Grant.
—    Hola —saludo serio—. ¿Qué quieres?
—    Chico, tú eres el líder del Robin Hood Team; ¿no es así?
—    Sí —respondo.
Entonces uno de sus guardaespaldas me empuja contra la puerta y me da un puñetazo en la cara.
—    Estamos hasta los cojones de lo que estáis haciendo tu y tus amiguitos — grita Grant con fiereza—. Dejadlo o lo lamentaréis.
—    Nunca lo haré — respondo mientras me limpio la sangre de la cara—. Nunca me rendiré de luchar ante personas como usted. Nunca dejaré que alguien como usted gobierne este país.
Recibo otro puñetazo y me lanzan hacia la calzada.
—    No puedes hacer nada, chico.
—    Sí que puedo.
—    No… No puedes. Tan sólo eres un crío; una garrapata molesta en el lugar equivocado.
Grant saca una pistola. Me apunta.
—    ¿Quién luchará por ti cuando hayas muerto? — me pregunta mientras me apunta al pecho.
—    Ellos —respondo.
En ese momento salen los ocho miembros del Robin. John, Julia, Matt, Camila, Sky, Edgar, Séneca y Lupo. Todos en fila, Lupo en el centro y John a su lado con una cámara que ha grabado toda nuestra conversación y la ha retransmitido vía online. Se oye a la policía venir y al llegar todos apuntan a Grant y a sus guardaespaldas. Misión cumplida. Red de corrupción neutralizada. Operación Ípsilon toda un éxito.
Un disparo. Me da en el pecho. Grant seguía apuntándome. Veo cómo la policía le dispara y cae al suelo. Mi cuerpo está cediendo. Me duermo. Estoy muriendo. Todos se acercan pero no los oigo. Mi vida ha sido corta y no he dejado legado. Nadie me recordará, ¿verdad? Bueno… Eso no es cierto. Sí que dejo legado. Todo el mundo escuchará la leyenda del Robin Hood Team y Falke Baum. Mi vida ha sido gloriosa; un poco, pero gloriosa. Cierro los ojos. No puedo más.

Me duermo.