Me peino. Me
acomodo mi gran tupé una y otra vez. Es difícil mantenerlo con esta forma todos
los días. Hay quien me toma por un bárbaro; hay quien me toma por un loco; pero
soy más que eso. No sólo reparto ostias a quien me cae mal o a quien no me
paga. Si no lo hiciera estaría en su mismo lugar. En el lugar de un joven de
las afueras que toda su vida ha estado luchando contra gente como yo; y ahora
soy como ellos… No… Yo soy su líder.
Aquí; donde
la gente es pobre, donde no tienen recursos y deben trabajar duro para
conseguir llevar algo de comer a la boca de sus hijos; reinan los grupos, las
bandas como la que yo domino, trabajamos como mercenarios a manos de quien nos
pague. Normalmente suelen ser prestamistas a los que deben dinero las familias.
Nos pagan por dar una paliza a un padre o una madre delante de sus propios
hijos. No creo que esté bien hacerlo pero prefiero ser quien dé a quien reciba.
Me
despierto. Me apetece estar más tiempo en la cama pero en una hora vendrá John
Murdock, mi segundo en la banda. Coloco con firmeza los pies en el suelo y me
levanto como si no deseara dormir para siempre. Me miro en el espejo. Mi tupé
está destrozado, como todas las mañanas. Voy hacia el cuarto de baño. Caliento
el agua y me ducho. No he tardado demasiado en salir. Si hubiera estado más
rato bajo el agua no me hubiera dado tiempo a peinarme y desayunar.
Me miro en
el espejo. Puedo ver mis marcas, mis cicatrices. Veo cada golpe, cada patada y
cada caída; pero también veo cada vez que me he levantado y he devuelto cada
puta ostia que me han dado. Mi vida no es fácil. Este barrio me ha hecho daño y
me lo sigue haciendo. Lo peor es que me temen; mis amigos me temen, me ayudan
porque saben que así no les haré daño pero saben que los echaría a los perros
si me hacen enfadar. Eso los unos... Los otros se acercan a mí para tener
poder; para hacerse notar en el barrio chuleando de que pertenecen a la banda.
De esos debo estar atento. Podrían volverse contra mí... No lo consentiré.
Me peino. Mi
tupé se asemeja, de alguna forma, a mi nombre. Me llamo Falke, Falke Baum, lo
que viene a significar halcón. Mi cabello es largo por la parte superior y por
los extremos inferiores. Con lo que cae de los laterales superiores hago las
alas. Dos halas de laca, gomina y alisadas con unas planchas de pelo. La parte
frontal está revuelta hacia delante, con gran volumen y ligeramente inclinada
hacia arriba. Resulta extraño a simple vista pero la gente de este barrio me
tiene demasiado respeto como para osar burlarse de mí.
Desayuno. Un
zumo de naranja con unas tostadas. Al ser el líder de la banda me llevo más
dinero que nadie, aunque no hay tanta diferencia, de los encargos. No sólo nos
encargan apalear a gente sino que también amenazar, robar, ese tipo de cosas…
No me gusta hacerlo. Lo hago sólo por sobrevivir. Desearía largarme de este
sucio lugar y no volver. A veces ayudo a las familias de este barrio. Les doy algo de dinero y me disculpo si les he hecho algo
malo. No me gusta que me tengan miedo. Lo detesto ya que soy como ellos. Soy un
habitante de este infierno dejado de la mano de Dios.
Llaman a la
puerta. Murdock debe de haber llegado ya. Aún no estoy vestido. Le invito a
entrar. Es un joven de dieciséis que ha sido amigo mío desde siempre. A ambos
nos pegaban y yo trataba de defenderme pero él sólo lloraba. Sigue siendo un
tanto infantil pero es astuto y muy bueno con la informática. Se sienta en una
de las sillas de la meda y le digo que espere mientras yo me voy a vestir.
Miro en mi
armario. No hay demasiado. Nunca me gustó tener demasiada ropa. Hace calor así
que llevaré un chaleco negro sobre una camiseta roja y unos vaqueros blancos.
Tomo el viejo reloj de bolsillo que siempre me acompaña y lo meto en los
pantalones. Me calzo y ya estoy preparado. Bajo a la cocina. Murdock se ha
servido una tostada. Me acerco a él y le quito un trozo. Me siento en la silla
de al lado y me preparo para las buenas noticias que tiene para mí.
— Lo tengo. He conseguido hackear la
cuenta de la alarma de Lupo Gianetti —la luz de sus ojos es impresionante; al
igual que mi forma de mirarlo cómo si no me importara lo que dice.
— De acuerdo —bostezo y pienso en qué
decir a continuación—. Esta tarde iremos cuatro. Seremos: Séneca, Edgar, tú y
yo.
John se
prepara para decir algo y yo lo detengo en seco con una mirada. De todos modos
continúa.
— ¿Por qué no ahora? —pregunta.
Decido no
responderle a tan estúpida pregunta y busco mi móvil. Lo localizo sobre el
escritorio de mi cuarto y me conecto al servicio de mensajería instantánea
donde escribo en el grupo de la banda “S, E, J, H, 16h z: 3 C: 24.” Codificado en alfabeto
griego. Lo que viene a ser: “Séneca, Edgar, John, Halcón a las cuatro de la
tarde en la calle veinticuatro de la zona tres de la ciudad.” La zona tres es
la zona de los pisos de la gente con dinero. Algunos tienen negocios
importantes, como nuestro hombre.
Las
siguientes horas pasaron rápido. Di una vuelta por el barrio y compré cerveza
en el supermercado. A las tres de la tarde o así tomé una bolsa con el equipo
de robo y me dirigí a la calle veinticuatro. Al llegar veo a dos de mis
compañeros en la mesa de una cafetería tomando un gran vaso de zumo con dos
pajitas. Están todo el día así. Me apoyo en la pared y comienzo a fumar un
cigarrillo. Lo necesitaba. No soy adicto a fumar pero suelo hacerlo antes de un
acontecimiento que me puede llegar a poner nervioso. Es como mi valeriana.
Inhalo… Exhalo… Debería dejarlo antes de empezar. Tiro el cigarrillo a una
papelera enfrente de mí y espero a John.
Éste viene
cinco minutos tarde de la hora acordada. Me molesta pero no demasiado. Cruzo la
acera y los demás me siguen disimuladamente. Edgar se queda frente a la puerta
montado en su viejo auto. No queda bien un auto tan viejo con alguien tan
caballeroso pero bueno… Primero entro yo al portal. No hay portero en ese
momento, lo que es extraño. Al menos nos libramos de sobornarle. Saco de mi
bolsa la máscara de hockey que me cubre la cara y el cabello. No debemos dejar
ni un mínimo de ácido desoxirribonucleico en ningún lado. Llevo ya los guantes
puestos así que subo por las escaleras. Oigo entrar a mis compañeros y oigo sus
mochilas abrirse para sacar sus máscaras.
El bloque es
lujoso. Ocupa todo el ancho de la calle. Casi todos los que viven aquí serán
dueños de algo o altos cargos de una multinacional. En cada piso hay cuatro
viviendas excepto en el ático. Los últimos tres pisos son una sola vivienda.
Pertenece a nuestro hombre. Lupo Gianetti es el dueño de varias empresas. Su
padre le dio en herencia el más importante noticiario del país: el Daily Word.
Con el dinero que da el periódico compró una editorial a un viejo amigo de su
padre que se iba a jubilar y no tenía descendencia. Tras eso fundó una academia
de artes. En ella cualquiera puede aprender habilidades como escritura,
pintura, fotografía, lucha, etc. por un precio muy muy bajo.
Llegamos a
la puerta de su vivienda. La puerta no tiene llave sino que se accede mediante
un código de diez dígitos. John lo teclea y la puerta se abre. Entramos al gran recibidor y vemos toda la
planta baja. A la derecha hay una gran cocina servida de todo lo posible y
mucho más. A su lado hay una puerta a la pequeña terraza de este piso. A la
izquierda una gran sala de estar al lado de un gran comedor. La sala de estar
está repleta de tecnología. Un televisor enorme rodeado por cuatro altavoces
lineares y más altavoces están repartidos por el resto de la sala. No entiendo
por qué tantos. El gran comedor tiene una mesa muy larga donde caben trece
personas; a juzgar por el número de sillas.
— S; revisa este piso en busca de algo
interesante. Si ves un portátil es mío, ¿ok? —le ordeno con tono firme.
— De acuerdo F.
Subo junto
con John al piso de arriba por las escaleras de la entrada. El penúltimo piso
sólo tiene habitaciones al parecer…. No… también tiene un despacho. Una gran
habitación con un escritorio en el centro y un portátil rodeado de papeles y
carpetas sobre él. La sala tiene librerías contra todas sus paredes y un sillón
en una esquina. Parece que es su sitio de lectura. Cojo su portátil y miro
algún libro interesante. Encuentro una copia de Hamlet y la meto a la mochila
junto con el portátil y un par de libros más. Mira en los cajones, Falke. Me
acerco al escritorio de nuevo y abro un cajón. En su interior hay una vieja
horquilla de plata. La tomo. Quizá la venda bien.
Registro el
resto del piso pero no encuentro nada. Ni relojes ni joyas… Es un hombre
millonario. Debería tener más objetos de valor. John grita “Halcón” y me reúno
con ellos. Ellos sólo han encontrado un Ipod y una Tablet. No es gran cosa. Me
esperaba más. Volvemos a bajar. Edgar nos espera con su coche. Le comentamos lo
poco que hemos conseguido y volvemos a ir a los barrios bajos. Me quedo
pensando. Este hombre es extraño. Tiene millones y millones pero no los gasta. Y
si lo hace; ¿en qué lo hace? Sólo sé que construyó la academia de artes. Lupo
Gianetti es extraño.
Ya en casa
reviso el portátil en busca de algo importante. Tiene fotos con quien supongo
que será su madre, con amigos y en fiestas que suelen organizar los hombres
poderosos y los ricos para alardear de lo que poseen. Tiene documentos de sus
propiedades… podríamos quitarle algo de dinero. No; paso de ello; él es bueno.
Miro un par de carpetas más y encuentro un montón de manuscritos de novelas.
¡No pueden ser suyas! ¡No! Él no puede ser Levin Dean. ¿Enserio es el escritor
más famoso de hoy en día? No puede serlo. Me pongo nervioso. ¿Por qué estoy
nervioso? He robado el portátil de Levin Dean. He leído casi todos sus libros.
Me encanta. Y le he robado el portátil.
Alguien
llama a la puerta. Será John que querrá el portátil. Me levanto y me dirijo a
la puerta. Tropiezo y me apoyo en la pared. Estoy muy nervioso. Debo calmarme.
Llego hasta la puerta y abro. No es John.
Ante mí se
asienta erguido un caballero. Su alta estatura y su mirada firme y seria lo
convierten en alguien temible. La belleza de su estrecho cuerpo se realza con
el oscuro traje que lleva puesto. Su rostro serio me mira. No tiene más de
veinticuatro años pero el aire caballeresco que le dan el traje, el sombrero y
el bastón que usa para apoyarse hace que parezca alguien mucho más maduro.
Lo miro. El
hombre se apoya en su bastón con la mano izquierda mientras con la derecha
juguetea con uno de las ondulaciones rubias de su cabello. Es él.
— Hola —saluda con una cálida voz—. Mi
nombre es Lupo Gianetti.
Mi corazón
va demasiado rápido. Es Lupo Gianetti, el hombre al que acabamos de robar, y
además uno de los escritores que más admiro. Mi corazón estalla y caigo a
suelo. Me desmayo.
“Falke, sé
fuerte.” Recuerdo la voz de mi madre diciendo esas palabras cuando era pequeño.
Cuando era pequeño a penas teníamos para vivir. Mi padre era un alcohólico
después de volver del ejército y no trabajaba. Mi madre tuvo que hacer
numerosas cosas para darme de comer. Hubo días en los que ella dejaba de comer
por mí. En este barrio pasan cosas así cada día. La gente se muere de hambre y
los que no lo hacen se vuelven adictos al alcohol o a las drogas. Mi madre
murió cuando yo tenía once años. Mi padre la mató. Llegó un día drogado y
quería tomarla conmigo pero ella se interpuso y pagó el precio de la ira de mi
padre. Yo no sabía qué hacer en ese momento. Sólo sabía que no quería ir a un
orfanato así que ayudé a mi padre a que pareciera un accidente. Coloqué a mi
madre en el garaje al lado de una estantería con herramientas y entre mi padre
y yo tiramos la estantería sobre su cuerpo. La policía creyó que fue a coger
algo y se le cayó encima. Lo sé. Una historia triste. En ese momento me prometí
a mí mismo que sería fuerte y que nada me haría daño. El mundo es cruel.
Despierto.
Estoy tumbado en el suelo, justo donde me caí. ¿Cuánto llevo dormido? Intento
levantarme. Parece que no me duele nada. Me levanto y me dirijo a por un vaso de
agua. No puede ser. El sombrero, la chaqueta y el bastón están colocados en el
perchero. Está aquí. De nuevo los nervios. Me acerco a la cocina. Lo veo. Está
leyendo uno de mis libros.
— Cálmate, chico —dice con firmeza—
sólo quiero hablar.
Le acabo de robar,
ha venido a mi casa y ha esperado a que me recuperase. Si quisiera llamar a la
policía lo hubiera hecho. Falke ten cuidado. Es un tío de lo más siniestro. Me
siento en la silla de al lado.
— Tiene una casa muy acogedora, señor
Baum.
— No lo es tanto como la tuya. Aunque
yo la hubiera llenado de cosas; ya sabes, tienes dinero compas algo caro y lo
colocas al lado del retrete.
Me mira
serio y sonríe.
— No sea usted grosero. Me ha costado
averiguar quién era usted para hacerle una visita. Bueno… en realidad sólo tuve
que ver la grabación de seguridad y relacionar la forma en la que sus
compañeros le llamaban. Tiene usted un nombre muy peculiar así que no fue
difícil encontrarlo.
Lo miro. Es
extraña su forma de hablar. Parece un caballero inglés. Me irrita.
— ¿Qué coño quieres de mí?
— Veo que va usted al grano, señor Baum
—dice entre risas—. Bien; lo que quiero es que su grupo de alegres ardillitas
de los barrios bajos libere a la ciudad de la corrupción y la soberbia de los
altos cargos y los ricachones que abusan de su poder y dinero.
Lo que acaba
de decir me ha confundido. ¿Acaso no es él mismo uno de ellos? Permanezco en
silencio y me mira. Debo decir algo; pero, ¿el qué? No estoy seguro de qué me
está pidiendo. ¿Ser su aliado?; ¿o su sumiso? Piensa, Falke. Él me podría
ayudar en mi objetivo. Por otro lado, ¿y si es un enviado de un político para
erradicarnos? Estoy confuso. Es tan extraña esta situación.
—
Acepto.
Trabajaremos juntos.
—
Me
alegra oír eso, señor Baum.
Gianetti
guió bien a nuestro grupo durante meses. Descubrimos una red de corrupción
política en la cual estaba metido el mismísimo presidente. La seguimos y
Gianetti fue publicando los datos de las personas corruptas. Numerosos
políticos han perdido su puesto o están en la cárcel gracias a nosotros. Nadie
sabe quienes somos. Todos nos conocen como el fantástico Robin Hood Team; un
grupo de personas que localiza y lleva ante la justicia a criminales. La
policía nos busca pero somos buenos escondiéndonos. Actualmente estamos
localizando y apresando a los políticos implicados en la mayor red de
corrupción de nuestro país.
“Julia”
grito. Mi compañera aparece detrás de mí con su sigilo habitual en esta noche.
Le presto unas cuantas bolas de gas y desaparece. La policía nos ha visto.
Estamos huyendo pero nos persiguen. “A la derecha; segunda alcantarilla”
escucho susurrar a julia de nuevo. Todos van hacia ahí mientras que mi
compañera desaparece. De pronto una explosión de gas deja fuera de combate a
los policías. Gas lacrimógeno, buena idea.
Corro y entro en la alcantarilla cerrándola tras de mí. Todos están allí
excepto Julia. No… Aparece justo ahora detrás de nosotros. Estamos a salvo.
Ya en casa
observo los datos recogidos y espero a que aparezca Lupo. Ese hombre es una
buena persona pero es un tanto extraño. Cambiando de tema; sólo nos queda una
persona clave para concluir la operación Ípsilon. El presidente Grant. Leonard
Grant. Debemos planificar cómo pillarlo. Al fin y al cabo él va detrás de
nosotros pero no sabe quiénes somos.
El equipo y
yo trazamos un plan para desenmascarar al presidente Grant. Lo difícil era
ponerlo en marcha. Necesitábamos ayuda de Lupo y deberíamos coordinarnos bien.
Salgo del
edificio abandonado que tenemos como sede del Robin y camino en dirección a
casa. No está demasiado lejos. Veo a la panadera tirando el pan sobrante del día
y a varios vagabundos esperando para pelearse por él. No soporto este ambiente.
No me gusta ver a la gente luchar por comer. Algún día esto acabará. Llego a mi
calle. Tres hombres esperan frente a mi casa. ¿Quiénes son? Me acerco sin vacilar.
Es el presidente Grant.
—
Hola
—saludo serio—. ¿Qué quieres?
—
Chico,
tú eres el líder del Robin Hood Team; ¿no es así?
—
Sí
—respondo.
Entonces uno
de sus guardaespaldas me empuja contra la puerta y me da un puñetazo en la
cara.
—
Estamos
hasta los cojones de lo que estáis haciendo tu y tus amiguitos — grita Grant
con fiereza—. Dejadlo o lo lamentaréis.
—
Nunca
lo haré — respondo mientras me limpio la sangre de la cara—. Nunca me rendiré
de luchar ante personas como usted. Nunca dejaré que alguien como usted
gobierne este país.
Recibo otro
puñetazo y me lanzan hacia la calzada.
—
No
puedes hacer nada, chico.
—
Sí
que puedo.
—
No…
No puedes. Tan sólo eres un crío; una garrapata molesta en el lugar equivocado.
Grant saca
una pistola. Me apunta.
—
¿Quién
luchará por ti cuando hayas muerto? — me pregunta mientras me apunta al pecho.
—
Ellos
—respondo.
En ese momento salen los ocho
miembros del Robin. John, Julia, Matt, Camila, Sky, Edgar, Séneca y Lupo. Todos
en fila, Lupo en el centro y John a su lado con una cámara que ha grabado toda
nuestra conversación y la ha retransmitido vía online. Se oye a la policía
venir y al llegar todos apuntan a Grant y a sus guardaespaldas. Misión
cumplida. Red de corrupción neutralizada. Operación Ípsilon toda un éxito.
Un disparo. Me da en el pecho. Grant
seguía apuntándome. Veo cómo la policía le dispara y cae al suelo. Mi cuerpo
está cediendo. Me duermo. Estoy muriendo. Todos se acercan pero no los oigo. Mi
vida ha sido corta y no he dejado legado. Nadie me recordará, ¿verdad? Bueno…
Eso no es cierto. Sí que dejo legado. Todo el mundo escuchará la leyenda del
Robin Hood Team y Falke Baum. Mi vida ha sido gloriosa; un poco, pero gloriosa.
Cierro los ojos. No puedo más.
Me duermo.