—
¡Sora!
¡Muy bien! ¡Sigue así!
—
Gracias
Lucio.
Sora estaba luchando con espada de
madera en la clase del profesor Alejandro. Luchaba contra Iulio, uno de los
chicos que aún iban a clase. Sora tenía controlada la situación pero entonces
Iulio lanzó un golpe bajo que alcanzó la pierna de Sora haciendo que éste cayera
al suelo. En ese momento volvió a coger su espada que había caído al suelo y
antes de que su adversario pudiese hacer nada dio una voltereta hacia atrás y se
levantó como pudo. A continuación el adversario atacó de frente y Sora lo
esquivó haciendo un contraataque que le llegó a la garganta del adversario y
provocó su victoria.
—
Muy
bien, Iulio. Has mejorado —dijo al chico derrotado— Sora, tan bien como
siempre. Bien chicos acabó la clase pasad bien el resto del día. Nos vemos
mañana y a ver si a nadie se le olvida el almuerzo, eh Lisa.
—
No
se me olvidará. Lo prometo —respondió dulcemente.
Sora salió de la escuela y se dirigió
hacia su casa donde su abuelita le esperaba para comer.
—
Ya
estoy en casa.
—
Hola
pequeño, ¿qué tal la clase con el profesor?
—
Pues
estuve divirtiéndome y aprendiendo más técnica con la espada.
—
Qué
bien. No he visto a lucio desde hace un par de días. Ya no os juntáis por las
tardes.
—
Pues
solemos estar juntos cerca del crepúsculo porque le pide al profesor clases
particulares.
—
Me
alegro por él. Que aprenda y consiga ser un buen herrero como su padre.
—
Sí.
Creo que es lo que quiere pero no va a aprender eso.
—
Y,
¿qué aprende?
—
Cocina.
—
Este
chico es un mar de sorpresas —dijo riendo— Venga sora a comer que la comida ya
está hecha.
La abuela trajo un plato enorme de
arroz con pollo y Sora se puso muy contento nada más verlo.
—
¡Qué
bien! Arroz con pollo. Tenía muchas ganas de volverlo a comer —dijo dando el
primer bocado.
—
Me
alegro, hijo —dijo con su voz cálida y dulce— Espero que lo disfrutes.
Sora siguió comiendo mientras su
abuela lo miraba atentamente. Sora no se fijó demasiado y siguió comiendo. Al
acabar de comer se volvió hacia su abuela y con un tono bajo trató de
preguntarle algo.
—
Abuela.
—
¿Sí?
—
¿Co…
como era mamá?
—
¿Eh?
—
Pocas
veces me has hablado de ella y quiero saber más.
—
Pues
era una persona estupenda. Era lista y le encantaba ayudar a los demás. Estaba
deseando tenerte como hijo pero… —su mirada entristeció— murió durante el
parto.
—
Lo
sé… Es muy triste —añadió cabizbajo— Me gustaría haberla conocido.
—
Pero
no te preocupes, Sora. Siempre habrá alguien cuidando de ti.
Sora y su abuela no hablaron durante
unos minutos hasta que a la anciana se le ocurrió un tema de conversación.
—
Sora,
¿recuerdas cuando fuimos a la capital?
—
Sí.
Era enorme y había gente por todas partes. Vimos a la reina Penélope dar uno de
sus discursos. También me compraste unas deliciosas magdalenas y…
—
Y
un rico soufflé. ¿Te acuerdas de ese soufflé?
—
Sí.
Estaba buenísimo.
—
Sí
que lo estaba —dijo riendo la anciana.
—
Y
cuando vinieron esos bufones a la aldea. Fue un día maravilloso. Salí al
escenario y no sabía qué hacer.
—
Te
quedaste quieto como un árbol.
—
Sí
y aquel bufón me puso una flor en el pelo.
—
También
recuerdo aquella vez que viste a unos magos lanzar hechizos y me dijiste “Abuela
quiero ser como ellos cuando sea mayor”. Estabas muy emocionado aquél día.
—
Lo
recuerdo. Y desde ese día no he parado de entrenar para mejorar mi magia. Ya sé
varios hechizos. Desde que Alejandro me hizo aquel encantamiento puedo
lanzarlos y son muy potentes.
—
Sí.
Será el maná que tenías acumulado.
—
Abuela.
Me lo he pasado tan bien contigo en tantas ocasiones. Me has cuidado desde que
era pequeño y siempre has estado ahí. En cada enfermedad, cada mal sueño, cada
miedo. Siempre me has cuidado.
—
Tú
también me has cuidado a mí, pequeño.
—
Sí.
El año pasado cuando enfermaste.
—
Hace
casi un año. Cómo pasa el tiempo.
Sora y su abuela hablaron durante
horas y más tarde el muchacho fue a entrenar. Entrenó hasta ya entrada la
noche. La magia fluía de él de forma abundante y no se cansaba por muchos
hechizos que intentara. En algún momento del entrenamiento se dio cuenta de que
alguien le observaba. Ya lo había sentido antes así que utilizó un conjuro de
visión sónar y localizó a esa persona tras unos árboles. Señaló un árbol y le
ordenó salir.
—
Tú,
quien seas, sal de ahí. Muéstrate.
Una chica de la misma edad aparente
que él salió. Vestía un vestido gris de tela y unos zapatos oscuros. Tenía el
pelo largo y rubio como las mujeres nórdicas. Se fue acercando y Sora vio un
colgante con forma de luna creciente colgando de su cuello.
—
Lo
siento —dijo tímidamente— Soy Lina. Te he estado observando varios días. Siento
no haberte dicho nada.
—
No
pasa nada. Ven siéntate conmigo al lado del árbol.
Sora y Lina se tumbaron en la hierba
bajo el sauce.
—
Me
encanta estar aquí, tumbado y mirar las estrellas. ¿No son hermosas?
—
S…
sí —dijo mirándole fijamente.
—
Esa
de ahí, la que más brilla se llama osa mayor. Señala el norte.
—
Y…
y esas tres juntas de ahí so… son el cinturón de Orión.
—
¿Tú
también sabes de astrología?
—
Lo…
lo leí en un libro.
—
¿Sabes
leer? Pocos en mi aldea saben.
—
Sí
que sé… No soy de tu aldea sino de esa que está en esa colina.
—
Esa
es muy pequeña. La visité hace tiempo con mi abuela.
—
Los…
los chicos de tu aldea no te tratan bien, ¿ver… verdad?
—
No…
Dicen que soy un monstruo aunque no sé por qué.
—
Créeme…
no… no eres un monstruo.
—
Gracias.
Tú tampoco eres un monstruo —dijo riendo.
—
De
nada —dijo sonriendo tímidamente.
Los chicos estuvieron un rato más
hablando y más tarde Sora fue hacia su casa. Durante el camino pensó en esta
extraña chica que acababa de conocer. Al llegar a su casa vio al profesor
Alejandro salir de ella con unos extraños paquetes en sus manos. Sora supuso
que serían los ingredientes para sus comidas que su abuela le da. Sora entró,
cenó y se fue a dormir como un día más.
Mientras dormía oyó un extraño ruido
y despertó. Al despertar vio como un hombre extraño y vestido de negro se abalanzaba
sobre él con un cuchillo. Sora, aterrado, salió como pudo de la cama pero no
fue suficiente pues el hombre de negro le acorraló contra una esquina y le
clavó el puñal en el pecho. Sora no sangró; ni siquiera sufrió daño por eso. De
repente una extraña luz azul salió de su pecho y entró en el cuerpo de aquel
hombre. El misterioso individuo cayo hacia atrás y el encantamiento que lo
recubría se desvaneció mostrando el rostro de su abuela. Sora en estado de
shock trató de hablar pero no pudo.
—
Sora.
Te preguntarás por qué he hecho esto, ¿verdad? Te responderé. Te odio, Sora, y
siempre te he odiado.
—
¿Qué?
—
Tú
me arrebataste a mi hija. La hiciste presa del mismo hechizo que estoy
sufriendo yo.
—
N…
¡No quiero que mueras!
—
Demasiado
tarde, Sora. ¿Alguna vez te has preguntado por qué todos te odian o te llaman
monstruo? Déjame contarte una historia antes de echar mi último aliento.
—
¿Una
historia?
—
Sí.
Tu historia. Hace nueve años que la villa de Légana sufrió un ataque de un
ángel oscuro. Toda la aldea quedó destruida pero no sólo eso. El ángel mató a
casi todos los hombres de la aldea dejando a un par de cobardes como lo es el
líder. Tras atacar el ángel vio a una bella joven que corría hacia la aldea.
Era tu madre. La secuestró y ambos desaparecieron. Tres meses después tu madre
apareció embarazada de ti.
—
Soy…
¿hijo de un ángel oscuro?
—
Sí.
Yo siempre te he odiado. Eres hijo de un señor de la muerte y has matado a mi
hija. Tu madre murió hace cinco años por culpa de tu poder para arrebatar vidas.
—
No…
no pude haberla matado.
—
Eres
un monstruo, Sora. Intenté no pensar en el daño que me hiciste durante cinco
años porque tu madre quería que vivieras pero no puedo. Soy incapaz de ver que
algún día tu enorme fuerza destruirá todo el país.
—
¡No
soy un monstruo!
Sora hizo fuerza inconscientemente y
su abuela gritó.
—
Hazme
morir lentamente como te gustaría, Sora. Afróntalo eres un ángel de la muerte y
nunca serás humano.
—
¡No!
La luz azul empezó a salir del cuerpo
de su abuela y con ella una luz roja.
—
Mi
alma se va. Sora… bu… sca… a…
La anciana exhaló su último aliento y
murió. Sora, más asustado que nunca corrió fuera de la casa gritando. En el
camino encontró a Alejandro quien asustado trató de calmarlo.
—
Sora.
¡Sora! ¿Qué pasa?
—
Abue…
abuela… yo… luz… y luego…
—
Tranquilo.
Cuéntame qué pasa.
—
He…
he matado a mi abuela.
—
¿Qué?
—preguntó sorprendido.
—
Me
atacó y se transformó y saqué una luz y le saqué el alma.
—
Tranquilo.
Sora cálmate. ¿Estás seguro de eso?
—
Sí.
Soy… ¿Soy un ángel de la muerte?
—
Sora
eso no tiene importancia ahora. No te preocupes. Yo cuidaré de ti a partir de
hoy, ¿de acuerdo?
—
¿Eh?
—
Seré
tu padre. Te adopto. No dejaré que vivas solo y menos que crezcas asustado sin
saber qué hacer. Estaré contigo, viajaremos, te enseñaré a combatir, hechizos y
demás pero no te preocupes porque jamás te dejaré solo.
A partir de ese momento Sora pasó a tener
de padre al profesor Alejandro quien lo cuidó como a su propio hijo y con quien
nunca le faltó de nada. Más adelante veremos las aventuras que vivieron así que
podéis tomar esto como un prólogo de lo que viene pues las aventuras de este
chico creedme que fueron dignas de memorar. Hasta la próxima y no paséis ni una
palabra por alto.
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