martes, 24 de septiembre de 2013

Angelus Umbrarum 3


—    ¡Sora! ¡Muy bien! ¡Sigue así!
—    Gracias Lucio.
Sora estaba luchando con espada de madera en la clase del profesor Alejandro. Luchaba contra Iulio, uno de los chicos que aún iban a clase. Sora tenía controlada la situación pero entonces Iulio lanzó un golpe bajo que alcanzó la pierna de Sora haciendo que éste cayera al suelo. En ese momento volvió a coger su espada que había caído al suelo y antes de que su adversario pudiese hacer nada dio una voltereta hacia atrás y se levantó como pudo. A continuación el adversario atacó de frente y Sora lo esquivó haciendo un contraataque que le llegó a la garganta del adversario y provocó su victoria.
—    Muy bien, Iulio. Has mejorado —dijo al chico derrotado— Sora, tan bien como siempre. Bien chicos acabó la clase pasad bien el resto del día. Nos vemos mañana y a ver si a nadie se le olvida el almuerzo, eh Lisa.
—    No se me olvidará. Lo prometo —respondió dulcemente.
Sora salió de la escuela y se dirigió hacia su casa donde su abuelita le esperaba para comer.
—    Ya estoy en casa.
—    Hola pequeño, ¿qué tal la clase con el profesor?
—    Pues estuve divirtiéndome y aprendiendo más técnica con la espada.
—    Qué bien. No he visto a lucio desde hace un par de días. Ya no os juntáis por las tardes.
—    Pues solemos estar juntos cerca del crepúsculo porque le pide al profesor clases particulares.
—    Me alegro por él. Que aprenda y consiga ser un buen herrero como su padre.
—    Sí. Creo que es lo que quiere pero no va a aprender eso.
—    Y, ¿qué aprende?
—    Cocina.
—    Este chico es un mar de sorpresas —dijo riendo— Venga sora a comer que la comida ya está hecha.
La abuela trajo un plato enorme de arroz con pollo y Sora se puso muy contento nada más verlo.
—    ¡Qué bien! Arroz con pollo. Tenía muchas ganas de volverlo a comer —dijo dando el primer bocado.
—    Me alegro, hijo —dijo con su voz cálida y dulce— Espero que lo disfrutes.
Sora siguió comiendo mientras su abuela lo miraba atentamente. Sora no se fijó demasiado y siguió comiendo. Al acabar de comer se volvió hacia su abuela y con un tono bajo trató de preguntarle algo.
—    Abuela.
—    ¿Sí?
—    ¿Co… como era mamá?
—    ¿Eh?
—    Pocas veces me has hablado de ella y quiero saber más.
—    Pues era una persona estupenda. Era lista y le encantaba ayudar a los demás. Estaba deseando tenerte como hijo pero… —su mirada entristeció— murió durante el parto.
—    Lo sé… Es muy triste —añadió cabizbajo— Me gustaría haberla conocido.
—    Pero no te preocupes, Sora. Siempre habrá alguien cuidando de ti.
Sora y su abuela no hablaron durante unos minutos hasta que a la anciana se le ocurrió un tema de conversación.
—    Sora, ¿recuerdas cuando fuimos a la capital?
—    Sí. Era enorme y había gente por todas partes. Vimos a la reina Penélope dar uno de sus discursos. También me compraste unas deliciosas magdalenas y…
—    Y un rico soufflé. ¿Te acuerdas de ese soufflé?
—    Sí. Estaba buenísimo.
—    Sí que lo estaba —dijo riendo la anciana.
—    Y cuando vinieron esos bufones a la aldea. Fue un día maravilloso. Salí al escenario y no sabía qué hacer.
—    Te quedaste quieto como un árbol.
—    Sí y aquel bufón me puso una flor en el pelo.
—    También recuerdo aquella vez que viste a unos magos lanzar hechizos y me dijiste “Abuela quiero ser como ellos cuando sea mayor”. Estabas muy emocionado aquél día.
—    Lo recuerdo. Y desde ese día no he parado de entrenar para mejorar mi magia. Ya sé varios hechizos. Desde que Alejandro me hizo aquel encantamiento puedo lanzarlos y son muy potentes.
—    Sí. Será el maná que tenías acumulado.
—    Abuela. Me lo he pasado tan bien contigo en tantas ocasiones. Me has cuidado desde que era pequeño y siempre has estado ahí. En cada enfermedad, cada mal sueño, cada miedo. Siempre me has cuidado.
—    Tú también me has cuidado a mí, pequeño.
—    Sí. El año pasado cuando enfermaste.
—    Hace casi un año. Cómo pasa el tiempo.
Sora y su abuela hablaron durante horas y más tarde el muchacho fue a entrenar. Entrenó hasta ya entrada la noche. La magia fluía de él de forma abundante y no se cansaba por muchos hechizos que intentara. En algún momento del entrenamiento se dio cuenta de que alguien le observaba. Ya lo había sentido antes así que utilizó un conjuro de visión sónar y localizó a esa persona tras unos árboles. Señaló un árbol y le ordenó salir.
—    Tú, quien seas, sal de ahí. Muéstrate.
Una chica de la misma edad aparente que él salió. Vestía un vestido gris de tela y unos zapatos oscuros. Tenía el pelo largo y rubio como las mujeres nórdicas. Se fue acercando y Sora vio un colgante con forma de luna creciente colgando de su cuello.
—    Lo siento —dijo tímidamente— Soy Lina. Te he estado observando varios días. Siento no haberte dicho nada.
—    No pasa nada. Ven siéntate conmigo al lado del árbol.
Sora y Lina se tumbaron en la hierba bajo el sauce.
—    Me encanta estar aquí, tumbado y mirar las estrellas. ¿No son hermosas?
—    S… sí —dijo mirándole fijamente.
—    Esa de ahí, la que más brilla se llama osa mayor. Señala el norte.
—    Y… y esas tres juntas de ahí so… son el cinturón de Orión.
—    ¿Tú también sabes de astrología?
—    Lo… lo leí en un libro.
—    ¿Sabes leer? Pocos en mi aldea saben.
—    Sí que sé… No soy de tu aldea sino de esa que está en esa colina.
—    Esa es muy pequeña. La visité hace tiempo con mi abuela.
—    Los… los chicos de tu aldea no te tratan bien, ¿ver… verdad?
—    No… Dicen que soy un monstruo aunque no sé por qué.
—    Créeme… no… no eres un monstruo.
—    Gracias. Tú tampoco eres un monstruo —dijo riendo.
—    De nada —dijo sonriendo tímidamente.
Los chicos estuvieron un rato más hablando y más tarde Sora fue hacia su casa. Durante el camino pensó en esta extraña chica que acababa de conocer. Al llegar a su casa vio al profesor Alejandro salir de ella con unos extraños paquetes en sus manos. Sora supuso que serían los ingredientes para sus comidas que su abuela le da. Sora entró, cenó y se fue a dormir como un día más.
Mientras dormía oyó un extraño ruido y despertó. Al despertar vio como un hombre extraño y vestido de negro se abalanzaba sobre él con un cuchillo. Sora, aterrado, salió como pudo de la cama pero no fue suficiente pues el hombre de negro le acorraló contra una esquina y le clavó el puñal en el pecho. Sora no sangró; ni siquiera sufrió daño por eso. De repente una extraña luz azul salió de su pecho y entró en el cuerpo de aquel hombre. El misterioso individuo cayo hacia atrás y el encantamiento que lo recubría se desvaneció mostrando el rostro de su abuela. Sora en estado de shock trató de hablar pero no pudo.
—    Sora. Te preguntarás por qué he hecho esto, ¿verdad? Te responderé. Te odio, Sora, y siempre te he odiado.
—    ¿Qué?
—    Tú me arrebataste a mi hija. La hiciste presa del mismo hechizo que estoy sufriendo yo.
—    N… ¡No quiero que mueras!
—    Demasiado tarde, Sora. ¿Alguna vez te has preguntado por qué todos te odian o te llaman monstruo? Déjame contarte una historia antes de echar mi último aliento.
—    ¿Una historia?
—    Sí. Tu historia. Hace nueve años que la villa de Légana sufrió un ataque de un ángel oscuro. Toda la aldea quedó destruida pero no sólo eso. El ángel mató a casi todos los hombres de la aldea dejando a un par de cobardes como lo es el líder. Tras atacar el ángel vio a una bella joven que corría hacia la aldea. Era tu madre. La secuestró y ambos desaparecieron. Tres meses después tu madre apareció embarazada de ti.
—    Soy… ¿hijo de un ángel oscuro?
—    Sí. Yo siempre te he odiado. Eres hijo de un señor de la muerte y has matado a mi hija. Tu madre murió hace cinco años por culpa de tu poder para arrebatar vidas.
—    No… no pude haberla matado.
—    Eres un monstruo, Sora. Intenté no pensar en el daño que me hiciste durante cinco años porque tu madre quería que vivieras pero no puedo. Soy incapaz de ver que algún día tu enorme fuerza destruirá todo el país.
—    ¡No soy un monstruo!
Sora hizo fuerza inconscientemente y su abuela gritó.
—    Hazme morir lentamente como te gustaría, Sora. Afróntalo eres un ángel de la muerte y nunca serás humano.
—    ¡No!
La luz azul empezó a salir del cuerpo de su abuela y con ella una luz roja.
—    Mi alma se va. Sora… bu… sca… a…
La anciana exhaló su último aliento y murió. Sora, más asustado que nunca corrió fuera de la casa gritando. En el camino encontró a Alejandro quien asustado trató de calmarlo.
—    Sora. ¡Sora! ¿Qué pasa?
—    Abue… abuela… yo… luz… y luego…
—    Tranquilo. Cuéntame qué pasa.
—    He… he matado a mi abuela.
—    ¿Qué? —preguntó sorprendido.
—    Me atacó y se transformó y saqué una luz y le saqué el alma.
—    Tranquilo. Sora cálmate. ¿Estás seguro de eso?
—    Sí. Soy… ¿Soy un ángel de la muerte?
—    Sora eso no tiene importancia ahora. No te preocupes. Yo cuidaré de ti a partir de hoy, ¿de acuerdo?
—    ¿Eh?
—    Seré tu padre. Te adopto. No dejaré que vivas solo y menos que crezcas asustado sin saber qué hacer. Estaré contigo, viajaremos, te enseñaré a combatir, hechizos y demás pero no te preocupes porque jamás te dejaré solo.

A partir de ese momento Sora pasó a tener de padre al profesor Alejandro quien lo cuidó como a su propio hijo y con quien nunca le faltó de nada. Más adelante veremos las aventuras que vivieron así que podéis tomar esto como un prólogo de lo que viene pues las aventuras de este chico creedme que fueron dignas de memorar. Hasta la próxima y no paséis ni una palabra por alto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario