La aventura de Sora había comenzado
el día en el que recibió aquel libro de hechizos pero aún no sabía la serie de
hechos que venían a continuación. El día siguiente a la pelea con esos chicos
Sora estaba en la escuela junto a los demás chicos del pueblo.
—
Sora.
¿Puedes leer?
—
Claro,
profesor —asintió encantado preparándose para leer— Y fue entonces cuando el
señor de las tinieblas, Agakroth, y el señor de la luz, Hikaru, comenzaron una
lucha en la que…
Sonó la puerta impidiendo a Sora leer
más.
—
¿Sí?
—preguntó el profesor Alejandro.
Un hombre entró dentro.
—
Buenos
días señor Alejandro. Veníamos a hablar con usted de un asunto de suma
importancia.
—
Cuénteme
señor Bleket.
—
Verá
pues como usted ya sabe ayer uno de sus alumnos agredió brutalmente a mi hijo.
—
Sí
ya me he enterado. Y, ¿qué pretende usted con decirme esto?
—
Verá
—dijo serio— No quiero, por la seguridad de los chicos más que todo, que se
junten con un monstruo.
—
Y,
¿qué quiere que haga?
—
Que
lo expulse de la escuela.
—
No.
—
Por
favor señor profesor este chico sólo traerá problemas. Ya sabe usted la clase
de ser que es. Y aún lo tiene dando clase junto a los demás chicos.
—
Este
chico no es un monstruo. Es uno de los alumnos más brillantes que he tenido en
mi vida.
—
Pues
o se va él de la escuela o se van nuestros hijos.
—
Pues,
—miró a los chicos— adiós y lo siento por no poder daros clase.
Todos se fueron excepto un par que no
querían irse.
—
Bien,
prosigamos la clase. Lee Marcus.
—
No
sé leer muy bien pero lo intentaré —miró al libro e intento con maña descifrar
el mensaje de las letras— du… durante la lu… cha lucha…
El profesor Alejandro se acercó a
sora, se puso de rodillas y comenzó a hablar con él.
—
Sora.
No te preocupes por esto. Yo no voy a dejar de darte clase ni te voy a
considerar una mala persona.
—
Pero…
¿Por qué todo el mundo me llama monstruo?
—
Eso
no importa. Créeme cuando te digo que no has hecho nada malo.
—
Pero
todo el mundo me odia y no sé por qué.
—
No
todo el mundo. También tienes un par de amigos.
—
Ya
pero no sé. No entiendo por qué me tratan así. ¿Será porque mi familia vino de
otro país?
—
No.
No es por eso —negó de forma pensativa— ya lo verás a su tiempo.
—
De
acuerdo, profesor.
—
Venga.
Luego te invito a comer pollo.
—
¡Estupendo!
Tú siempre cocinas bien —exclamó alegre.
—
Venga.
La clase acabará ya. Ve a tu casa y dile a tu abuela que vienes a comer.
Mientras asaré el pollo.
Alejandro se levantó y fue hacia su
mesa. Cogió un par de libros, los miró y los dejó de nuevo en la mesa.
—
Bien
chicos. La clase ha terminado. Mañana, a los que quieran venir les daré clase
de combate. No os olvidéis de leer un poco en casa.
—
Adiós
profesor —dijo un alumno saliendo por la
puerta.
Lucio fue donde Sora.
—
¿Qué
vas a hacer esta tarde?
—
Pues
voy a ir a comer pollo con el profesor.
—
¡Qué
suerte! Yo también quiero comer pollo.
—
Pues
el profesor cocina muy bien —añadió Sora saliendo por la puerta con Lucio.
—
Es
verdad. Yo también quiero cocinar bien así que le pediré clases de cocina.
—
Seguro
que te da. Bueno yo me voy a casa que tengo que avisar a mi abuela de que no
comeré en casa.
—
Adiós
Sora —dijo Lucio alejándose por otro camino.
Sora comenzó a correr y llegó a casa
en unos cinco minutos. Su abuela le esperaba tan sonriente como siempre. Sora
Le dio un abrazo y le dijo que no comería con ella. Entonces salió corriendo hacia
la casa del profesor. La casa donde vivía el profesor era un edificio adyacente
a la escuela con dos pisos y varias ventanas. Estaba rodeado de flores y en un
jardín había un montón de ingredientes para cocinar como eran hortalizas,
verduras, frutas y algunas especias. También tenía dos manzanos al lado de la
entrada de su casa. En la parte de atrás había un patio bastante grande en el
cual entrenaba y enseñaba a los chicos a combatir. Había arcos, lanzas, espadas
y algunos báculos de mago. Sora llamó a la puerta.
—
Hola
Sora. Entra corre. Ya tengo el pollo casi listo. Siéntate.
Sora entró y como de costumbre quedó
asombrado con su casa. En la sala de estar había unas sillas de madera rodeando
una mesa. En la pared había numerosos dibujos y pinturas en las que se veían
numerosos paisajes y templos. El favorito de Sora era uno en el que se veía un templo
de varias plantas con pequeños tejados en cada planta adornados con faroles
redondos. En lo alto había una enorme antena de oro alargada y con tres esferas
desde la base a la punta. También había algunas armas. Una claymore, dos
katanas, dos ninjatos, varias dagas, un arco de plata, un mandoble y una espada
ceremonial. Las demás armas estaban en el patio. También tenía una librería
repleta hasta más no poder de libros de historia, canciones y comida de varios
países y también algunos con hechizos de todo tipo. Alejandro vino con un
suculento pollo que dejó encima la mesa. Volvió a ir hacia la cocina y vino de
nuevo con platos y cubiertos.
—
¡A
comer!
Sora se sentó en la mesa y esperó a
que el profesor le sacara un trozo de carne.
—
Espero
que te guste. Traté de hacerlo lo mejor que pude.
—
Haber
—dijo metiéndose un trozo de carne a la boca— ¡Está delicioso! No sé cómo lo
haces.
—
Gracias
—dijo sonriente.
Sora siguió comiendo y a su vez Alejandro
pero con más detenimiento.
—
Profesor.
Cuénteme una de sus historias a lo largo del mundo. Ya sabe. Cuando era
explorador.
—
Eso
fue hace cinco años o así. No soy tan mayor —dijo riendo— Algún día me iré a
explorar más mundo.
—
Yo
también quiero ir. Vayámonos este año.
—
Eso
será difícil. Además tienes a tu abuela aquí.
—
Ya.
—asintió— Cuénteme algo. Por favor.
—
De
acuerdo. Pero cómete el pollo.
—
¡Bien!
—exclamó cogiendo el tenedor.
—
Verás.
Esto pasó hace muchos años. ¿Ves este collar de aquí?
—
¿Esa
gema verde brillante?
—
Sí.
Se llama esmeralda. Me la dio mi profesor.
—
¿Tu
profesor?
—
Sí.
Cuando realicé mi primer hechizo. Al principio no podía si quiera mover una
hoja pero un día me concentré y conseguí elevar todas y cada una de las hojas
de un árbol.
—
¿Todas
las hojas de un árbol?
—
Sí.
—
Yo
pienso lanzar mi primer hechizo pronto. Y será más impresionante incluso que el
tuyo para que puedas darme ese collar.
—
Si
lo haces te daré el collar.
Sora terminó el pollo y quedó parado
de forma pensativa.
—
¿Por
qué todo el mundo me llama monstruo?
—
¿Eh?
—
Antes
en la escuela el señor ese me llamó monstruo. ¿Por qué?
—
No
pienses en eso Sora —dijo de forma cálida— Algún día lo descubrirás. Espero que
puedas soportarlo.
—
¿Tan
malo es?
—
No.
Es un don divino pero te ven como a un bicho raro.
—
De
acuerdo.
Sora cambió un poco el ánimo y sonrió
para el profesor.
—
Sora.
¿Entrenamos?
—
Sí.
Fueron al bosque cerca de la casa del
profesor y trató de hacer magia una y otra vez pero no lo conseguía. Sora era
incapaz de hacer magia y al profesor se le ocurrió una idea.
—
Veamos.
¿Has abierto tus chacras?
—
Sí.
O eso creo.
—
Pues
no sé muy bien qué pasa.
Alejandro quedó pensativo un momento.
—
Lo
tengo. Voy a hacer algo arriesgado, ¿de acuerdo? —dijo muy serio— Si esto no da
resultado no sé qué más podrá ayudarte.
—
De
acuerdo.
—
Es
un encantamiento para abrir los poros desde donde emana el maná a lo largo de
tu cuerpo y otro hechizo para activar la mitad de todo tu potencial mágico.
¿Preparado?
—
Sí.
Alejandro formuló unas palabras
mágicas y Sora vio como una gran energía se acumulaba en su mano derecha. Era
roja e intensamente brillante. Tras crear una pequeña esfera en su mano dio un
puño que acertó en el corazón de Sora haciendo que este saliera disparado dos
metros hacia atrás.
—
¿Qué
ha sido eso?
—
Maná.
El mío es rojo en estos casos. Venga intenta otra vez hacer levitar la hoja.
Sora se concentró en la hoja pero en
vez de ser eso lo que se moviese fueron todos los árboles de su alrededor los
que subieron dos metros dejando sus raíces ancladas al suelo y rompiendo sus
troncos. Tras ver que la hoja no se movía y sin darse cuenta de lo que los
árboles habían hecho dejó de usar maná dejando caer los árboles al suelo
creando un gran estruendo que se oyó a kilómetros de distancia.
—
Al
final no moví la hoja —dijo riendo y rascándose el pelo.
—
Lo
has hecho… ¡Estupendo! No tengo palabras.
—
¡Ha
sido mi primer hechizo!
—
Lo
sé. Es estupendo —dijo quitándose el collar— Toma. Te lo has ganado.
—
¡Bien!
—
Pero
quiero que prometas algo.
—
¿El
qué?
—
Que
nunca usaras la magia para hacer daño a alguien injustamente y que tratarás
siempre de ayudar a los demás sea quien sea.
—
Lo
prometo profesor.
—
Buen
chico —dijo poniendo el colgante en el cuello de Sora.
Ese día Sora aprendió a lanzar
hechizos y que debía ayudar a los demás. Supongo que jamás haría daño a alguien
inocente. ¿Verdad? Hasta el siguiente capítulo.
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