Épicas historias han sido narradas
desde hace cientos de años por los bardos y poetas; historias de héroes, reyes,
príncipes y magos pero ninguna me dejó tan asombrada como la que sucedió a
mediados de la sexta era en la lejana tierra de Náltraga.
Náltraga sufrió demasiadas guerras a
lo largo de la historia y siempre salía perjudicada. Tras la llegada al trono
de la reina Penélope II las cosas se calmaron y reinó la paz con los demás
países pero no era bien aceptada entre los nobles de aquel entonces por sus
ideas radicales acerca de la libertad. Penélope sólo trataba de afianzar una
tregua permanente con otros países saliendo mal parado el propio Náltraga. Náltraga
no era un país guerrero. No tenía demasiados guerreros ni magos para luchar sin
embargo era el centro comercial de todo el continente porque por sus aguas
pasaban, desembarcaban y partían casi todos los barcos mercantes del continente
lérico además de ser una de las principales rutas comerciales y principal
productora de trigo, arroz, patata, animales y recursos como madera, roca,
metales, etc. Tras firmar el tratado de paz con todos los países los ciudadanos
de Náltraga pudieron vivir en paz durante años.
La historia que viene a continuación
cuenta qué le pasó a una persona de Náltraga; concretamente a un niño huérfano
de padre y madre que vivía con su abuela en una pequeña aldea de una comarca
cercana a la capital.
—
¡Sora!
¡Felicidades! Ya has cumplido ocho años. ¿Te sientes mayor? —dijo la abuela
sonriente.
—
Pues no mucho, pero algún día seré tan anciano
como tú y veré que sí —dijo riendo.
—
Chico
listo —rio la abuela— Vamos, tengo una sorpresa para ti.
—
¿Qué
es, abuela?
—
Toma
—dijo trayendo un objeto envuelto en tela blanca.
Sora lo desenvolvió y descubrió un
libro con extraños grabados en la portada.
—
Esto
es, ¡¿un grimorio?! ¡Gracias abuela! —exclamó con inmensa alegría— Te habrá
costado mucho conseguirlo.
—
Digamos
que soy amiga del jefe mago de Lamberdi y me lo ha dado para ti. Tiene un
montón de hechizos y muy variados. Te enseña a transformar un objeto en otro,
cambiar de aspecto, lanzar fuego por la boca o manos, controlar la tierra, el
agua, crear viento, hacer un montón de cosas con maná, e incluso como aumentar
la energía de tus chakras.
—
Gracias,
abuela.
—
No
me des las gracias. Anda ve a aprender algún hechizo por ahí —dijo tan sonriente
como siempre.
Sora fue corriendo hacia el descampado
cerca de la aldea y se puso a leer el libro. Le encantaba estar en aquel lugar
por la tranquilidad que tenía. Estaba rodeado de árboles y había flores por
todas partes. Solía sentarse bajo un sauce al lado del riachuelo que pasaba por
aquel lugar y leía los libros que le regalaba su abuela. No todos los niños de
la aldea sabían leer; es más, sólo él y otro niño más sabían. Su abuela le
enseñó a leer y a escribir desde pequeño porque no quería que su sueño de ser
un sabio guerrero se perdiera. Aquel día Sora leyó parte del libro aprendiendo
con facilidad un par de hechizos. Pero en la práctica no fue demasiado bueno.
Trato de crear un gusano de agua pero no consiguió más que unos pequeños
círculos al acercar la mano a la superficie del riachuelo. Lo intentó una y
otra vez pero no consiguió progresar más. En ese momento sintió que alguien le
vigilaba. Giró la cabeza y vio a un hombre de unos veinte años, alto, flaco, de
cabello negro y largo, barbilampiño y vestía un kimono negro y blanco de seda.
Portaba un sable en su costado izquierdo y un libro negro colgando de su otro
costado guardado en una especie de portalibros extraño y una pluma en dicho
portalibros. Sora, sorprendido por aquella imagen retrocedió un paso asustado.
—
¿Quién
eres? —dijo titubeante.
—
Tranquilo.
No voy a hacerte daño ni mucho menos. Sólo he venido a verte —contestó
impasible.
—
¿A
verme?
—
Sí.
Sora no supo que decir en ese momento
y esperó hasta que aquel señor hablase de nuevo.
—
Hacía
mucho que no te veía. Recuerdo buenos momentos que he pasado contigo hace años
pero desde el accidente las cosas no fueron iguales y tu abuela no me dejó
venir más.
—
¿Qué
accidente?
—
¿No
lo sabes? —preguntó sorprendido.
—
No.
—
Pues
será mejor que no te lo diga —añadió pensativo.
—
No
entiendo muy bien qué sucede.
—
No
es menester que te enteres por ahora —añadió serio pero con tono cálido.
Sora no entendía muy bien el rumbo
que empezaba a llevar la conversación así que decidió cambiar de tema.
—
Pues…
—trató de decir algo pero no supo qué.
—
No
puedes hacer buenos hechizos, ¿no?
—
Pues
intenté uno acuático pero no.
—
Ya
veo… Será el… —pensó aquel siniestro hombre en voz alta.
—
¿Ehm?
—
No,
nada. Sólo pensaba. Por cierto, chico, ¿qué quieres ser de mayor?
—
Quiero
luchar a favor de Penélope y salvar Náltraga de los invasores.
—
Lo
conseguirás —dijo riendo— Con tanto entusiasmo y decisión me recuerdas a
alguien.
—
Espero
conseguirlo —dijo pasando por alto el otro comentario.
—
Te
ayudaré a hacerlo. Ahora he de irme pero antes, ¿puedo hacer una cosa?
—
¿El
qué?
Aquel extraño hombre se acercó y
abrazó a Sora.
—
Ahora
me voy —dijo yendo dirección al bosque.
—
Una
cosa más. ¿Quién eres?
—
Alguien
como tú —añadió levantando la mano izquierda en señal de despedida.
Sora en ese momento se quedó pensando
en aquella frase pero al no entenderla
no le dio muchas vueltas y siguió su entrenamiento. Trató una y otra vez
de hacer levitar el agua pero no pudo y fue entonces cuando lo intentó con una
pequeña hoja. Se concentró profundamente en la hoja pero de buenas a primeras
ni se movió. Pasaron semanas hasta que consiguió moverla ligeramente. Para
entonces ya sabía unos cuantos hechizos pero ninguno salía bien. Un día entrenando
pasó algo muy extraño. Sora se encontraba en aquel descampado en el que todos
los días entrenaba cuando unos chicos mayores que él le cogieron de pies y
brazos y uno de ellos le dio un puñetazo en la cara. Sora gritó y el agua del
riachuelo se alzó hasta convertirse en un dragón que se llevó a dos de los
chicos mayores por delante y arrastrándolos un par de metros.
—
¡Es
un monstruo!
—
¡Huyamos!
Todos corrieron hacia la villa
mientras que Sora se quedó en estado de shock por lo que había visto. “¿Ese he
sido yo? Levanté un dragón”. No paraba de darle vueltas. Fue hacia el pueblo y
encontró a los chicos que le habían pegado hablando con un grupo de personas.
Uno de ellos era el hijo del líder de la aldea y todo el poblado le miraba mal.
—
Hola
Sora.
—
¿Eh?
¡Ah! Hola Lucio.
—
Estás
despistado, ¿eh? Bueno ya nos veremos —dijo continuando su camino.
Sora llegó a casa y contó a su abuela
lo que había pasado.
—
No
pasa nada, Sora. No te preocupes. Solo has mostrado un indicio de que guardas
una poderosa magia en tu interior.
—
Pero
duele, abuela. Me duele quedarme solo siempre y que todos los del pueblo me
odien.
—
Mira.
Te voy a explicar algo, pequeño Sora —dijo sonriente— En tu vida habrá dos
tipos de heridas.
—
¿Dos
tipos de heridas?
—
Sí,
dos tipos. Unas son de la carne y duelen pero también se curan. Otras son del
corazón y esas duelen mucho y pocas veces se curan. Pueden ser causadas por no
ser querido, por haber perdido a alguien y por muchas cosas más.
—
Entonces,
si tengo una herida del corazón, ¿no se curará?
—
Nunca
dije eso, pequeño. Tú eres fuerte y lo serás más aún con el tiempo. Lo que
quiero decirte es que nunca dejes que el odio tome el control o podrás cometer
algún error.
—
¿Algún
error?
—
Ya
lo verás con el tiempo. Eres aún un inocente niño para comprenderlo. Pero
créeme, serás un estupendo guerrero mago.
Sora no entendió muy bien lo que su
abuela le quiso decir pero no lo olvidó jamás ya que cuando llegó a entenderlo
era demasiado tarde.
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