Hamlet Ser o no ser
Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de
adversidades y darles fin en el encuentro. Morir: dormir, nada más. Y si
durmiendo terminaran las angustias y los mil ataques naturales herencia de la
carne, sería una conclusión seriamente deseable. Morir, dormir: dormir, tal vez
soñar. Sí, ese es el estorbo; pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno,
ya libres del agobio terrenal, es una consideración que frena el juicio y da
tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién soportaría los azotes e injurias de
este mundo, el desmán del tirano, la afrenta del soberbio, las penas del amor
menospreciado, la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo, los insultos que
sufre la paciencia, pudiendo cerrar cuentas con un simple puñal? ¿Quién lleva
esas cargas, gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida, si no es porque el
temor al más allá, la tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero
vuelve, detiene los sentidos y nos hace soportar los males que tenemos antes
que huir hacia otros que ignoramos? La conciencia nos vuelve unos cobardes, el
color natural de nuestro ánimo se mustia con el pálido matiz del pensamiento, y
empresas de gran peso y entidad por tal motivo se desvían de su curso y ya no
son acción.
REFLEXIÓN
Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Debemos acaso vivir y soportar todo el
dolor que la vida nos tiene preparado o debemos luchar contra todo aquello que
se nos viene encima y trascender uno a uno los obstáculos? ¿Sería correcto
morir, dejar todo el dolor atrás? ¿Hay algo tras la muerte o es acaso un eterno
letargo? ¿Si hubiera algo qué sería? Todas estas dudas nos llenan de desgracia;
el no saber, la confusión, la especulación y la ignorancia convierten nuestra
vida en una batalla por la supervivencia y, a su vez, en una lucha sin un
sentido certero; pero el no saber qué más hay además de esta vida nos hace ser
unos cobardes. Yo no sé si hay una vida tras la muerte o si hay un Dios
creador. Yo considero, desde lo más profundo de mí, que la vida no nos odia ni
nos lanza flechas ni piedras. La vida es un juego donde debemos utilizar
nuestros recursos para sobrevivir. No hay un mal superior que nos odie por ser
hombres o mujeres o por nuestra religión o nuestros gustos o sentimientos. La
vida es para hacer lo que quiera y, en mi opinión, nunca nadie debe rendirse.
Nunca todo está perdido; siempre hay un sentimiento que debe permanecer en
nuestro interior y debe aflorar y guiarnos a lo largo de los años. Es la esperanza.
Siempre debemos tener esperanza y luchar por lo que queramos luchar; ya sea la
felicidad, el amor, el dinero o la paz. Así que no estoy de acuerdo con el
mensaje que el texto transmite. Yo no me rendiría; no dejaría jamás de luchar ni
de llorar, sangrar o sudar aun sabiendo que mi vida entera no tiene sentido ni
jamás lo tendrá; porque, ¿sabéis qué? En mí reside un sentimiento más potente
que cualquier lágrima o zozobro, un sentimiento que puede parar guerras y puede
destronar a reyes, un sentimiento que llevaré conmigo a la tumba y se pudrirá
junto a mis huesos y ese sentimiento es la esperanza. La esperanza que reside
en los sueños; en un futuro feliz, pacífico y hermoso; en conocer este mundo y
a estas gentes; en amar y ser amado; en luchar y reír junto a mis camaradas de
viaje; y ese sentimiento hace que mi maldita vida sin sentido se vuelva por un
instante, un segundo a lo largo de los eones, gloriosa; quizá sólo lo sea un
poco, quizá nadie me recuerde una vez muerto; pero mi lucha, mi vida, habrá sido
por un instante Gloriosa; y eso da sentido a cada flecha y pedrada de la áspera
fortuna, a cada incertidumbre, a cada azote e injuria de este mundo, a cada
insulto que sufre la paciencia y a cada día, lágrima y emoción que haya pasado
por mi mortal cuerpo. Así que díganme ustedes, ¿serán o no serán?
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