Mi amor es cimero
Capítulo 6
—
Hermanita, ¿qué
haces aquí?
—
Sean no vine para
nada más que traerte de vuelta a Irlanda.
—
¡¿Qué?!
—
Lo que oyes
—
No, no me iré.
—dije con firmeza.
—
Oh sí que
vendrás.
—
¡No!
—
¡Sí! Sean créeme
es por tu bien.
—
¿Cómo? ¿Por qué?
—
No puedo
decírtelo ahora.
—
¿Por qué?
—
Es secreto.
—
Pues no me voy.
No importa lo que me digas tengo aquí mi vida y no quiero abandonarla.
—
Sean todo seguirá
allí.
—
No.
—
Sean, por favor
si quieres permanecer a salvo ven conmigo
—
Sarah, si no me
dices el motivo por el que debería ir contigo a Irlanda no hare tan siquiera ni
molestarme en pensarlo.
—
Sean, sabes que
trabajo para la seguridad del gobierno inglés y no puedo decir nada de los
casos sin un previo permiso de un alto cargo.
—
¿Cuánto tardarían
en dártela?
—
Depende, supongo
que poco.
—
Pues sin saberlo
no me voy.
—
¿Cuál es tu
precio?
—
Ninguno.
—
Shonny, ¡tengo
chocolate! Oh mira que rico, tiene leche y cacao.
—
No soy idiota,
¿sabes? Y prefiero otro tipo de leches…
—
Eh…
—
Déjalo.
—
Sean, tienes que
venir.
—
No puedo enserio
tengo que quedarme con…
—
¡Shh! —susurro Sarah
con inquietud— Hay alguien escuchando. —dijo acercándose a mi habitación.
—
¡Sarah! ¡No!
—grité demasiado tarde.
Sarah
había entrado y escuché un fuerte estrépito en la habitación acompañado de un
grito de dolor. Era Richi, había dormido aquí y Sarah pensaría algo malo. Al
llegar vi a Sarah encima de Richi cogiéndole un brazo por detrás evitando que
se escape. Richi ya estaba malherido. Tras el fuerte golpe que debió sufrir con
la caída estaba sangrando de la nariz y estaba literalmente desnudo y por cierta
cosa que veía se habría dirigido a la puerta para una quinta ronda. Fui a
ayudarle nada más verlo. Me quité la toalla que cubría mis piernas y se la puse
encima tras apartar a Sarah.
—
Sean, ¿tienes
novio?
—
Sí…
—
Lo siento, no lo
sabía por eso era por lo que no quisiste venir, ¿cierto? Lo siento.
—
Sarah no pasa
nada. Por favor no me hagas irme a Irlanda.
—
Ya veré. Soy
Sarah Aiden, un placer.
—
Soy Ricardo
Martínez pero puedes llamarme Richi, encantado.
—
Lo llamaré señor
Martínez.
—
Sarah, puedes
llamarlo Richi. Es un mote cariñoso.
—
No lo haré.
En
esos momentos entró Dylan quien se acopló a la conversación con su habitual
tono peluche. Hablamos durante un buen rato y yo insistí a Sarah que me dijera
el motivo por el que había venido a Pamplona pero de su boca no salieron nuevas
palabras sobre el tema. Tras un buen rato y una breve conversación para mí aún
desconocida con Dylan aceptó a pedir el permiso para contarnos la verdad de su
viaje, sin embargo sería al día siguiente. Tras irse Sarah y Dylan a casa de
éste a dormir Richi y yo nos quedamos hablando tumbados en la cama.
—
Sean, ¿quién
diría que tú eres el normal de tu familia?
—
Eh… ¿Es una
pregunta trampa?
—
Eres muy
gracioso. —dijo riéndose suavemente con un tono que me parecía muy sensual.
—
¿Sí?
—
Desde luego.
Pero… ¿Qué significa lo de irte a Irlanda? ¿Lo aceptarás?
—
Ni muerto. Richi
yo te quiero conmigo.
—
Sean, eres
increíble.
—
Tú si que lo
eres. —dije sonriendo— Richi quiero darte un libro. —dije mientras cogía uno en
el cajón de mi mesita de noche— Toma.
—
Uno de
asesinatos; no es principalmente mi estilo pero lo leeré al acabarme los otros.
Sales muy bien en la foto. La tienes en un marco en la entrada.
—
Bien… Richi…
—
¿Sí?
—
¿Por qué me
siento tan bien contigo?
—
No lo sé, Sean.
La cosa es que al rozar tu cuerpo noto un cosquilleo atravesándome el cuerpo.
—
Yo noto lo mismo.
¿Será cosa del destino el haberte encontrado?
—
No lo sé. Para mí
sigue siendo un hermoso sueño.
—
Te quiero. —dije
en voz baja mientras abrazaba a Richi con fuerza.
Tras
eso Richi se durmió y yo me quedé mirándolo dos horas más, mirando su hermoso
rostro apoyado en mi pecho y como su mano no soltaba la mía a pesar de estar
dormido. Había veces en las que pronunciaba mi nombre y yo sonreía pero no
podía dejar de pensar en lo que deduje que Sarah y Dylan habían acordado hacer.
A la mañana siguiente Richi se despertó y yo estaba haciendo un desayuno para
él; por suerte se lo llevé a la cama antes de que lo viera. Me lo agradeció y
tras desayunar nos estuvimos tumbados en la cama hasta que decidimos hacer la
quinta ronda que el día anterior habíamos dejado. Más tarde de ésta vino la
sexta casi sin descansar.
—
Sean, ¿estás
bien?
—
Sí, aún aguanto.
Sigue que todavía tienes ganas.
—
Sean, si estás
cansado paro.
—
No, no lo hagas
por mí.
—
¿Eh? Sean no
quiero hacerte daño.
—
No, aún puedo
aguantar.
—
Creo que voy muy
rápido.
—
Sigue, Richi, que
aún puedo. —no era del todo cierto; estaba haciendo un gran esfuerzo, dolorido,
estaba cansado y a punto de caer rendido pero no podía hacerlo y, pese al
cansancio de haber dormido poco debía aguantar todo lo que me cayese encima.
—
Sean…
—
Hazlo.
—
De acuerdo, pero
a la mínima paro. —dijo mientras se incorporaba.
—
¡Ah! —no podía
más pero por él lo haría— Te quiero.
—
¿Eh? Yo a ti
también. —dijo apretándome los brazos con fuerza.
—
Desahógate. Puedo
soportarlo. Ve más rápido.
—
Sean…
—
Por favor. No
quiero que te quedes con ganas.
—
Sean…
—
Por favor.
—
Vale. —asintió
mientras aceleraba el ritmo.
—
¡¡Ah!! Te quiero.
No lo olvides.
—
Te quiero, Sean.
Al
acabar Richi yo caí sobre la cama sudando, dolorido y sin energía. Richi se
tumbó a mi lado me abrazó y suavemente me dio un beso en la frente. Tras eso yo
sonreí y lo besé. Nos tomamos un largo descanso que Richi necesitaba, según él,
pero yo creo que lo hizo por mí.
—
¿Séptima ronda?
—
Sean, sólo hace
media hora que lo hemos dejado.
—
Venga, no seas
nenaza.
—
De acuerdo pero
esta vez seré yo quien caiga sudando sobre la cama.
—
¿Eh?
—
¿Pasa algo?
—
No… Nada…
—
¿Hacemos ruidos
de gato? Yo de gato y tú de perro.
—
¡¡Sí!! —dije con
euforia.
Entretanto
Dylan y Sarah entraron a casa y al oír semejantes sonidos decidieron servirse
un café y esperar en la sala. Al acabar salimos a hacer la comida y nos
encontramos con ellos dos. Íbamos únicamente vestidos con un calzoncillo cada
uno y mis hermanos se nos quedaron mirando con cara asesina.
—
Sean, ¿por qué
cada vez que vengo me encuentro un animal diferente?
—
Perdona, ¿esto ha
pasado antes? —preguntó Sarah con cara de sorpresa.
—
Sí, con cerdos,
patos, elefantes… ¿Qué más?
—
Caballos, jirafas…
Richi, ¿recuerdas alguno más?
—
Sí, monos.
—
Pero, ¿qué os
montáis aquí? Los hombres sólo pensáis en sexo.
—
Sí, puede ser.
Sean antes me ha aguantado durante una hora y tanto. Hasta yo estaba cansado.
—
Sí, puede ser.
—dije sonriente y a su vez preocupado.
Nos
pusimos a hablar sobre el motivo de irme a Irlanda y Sarah había conseguido el
permiso para contármelo y también a Richi para que lo oyese de ella antes que de
mí.
—
Es algo
complicado de explicar y puede que te afecte. Si en algún momento no quieres
saber más me dices y paro.
—
Quiero saberlo.
Dímelo.
—
De acuerdo. —dijo
Sarah antes de empezar su historia— ¿Sabes el motivo por el cual vinisteis a
vivir aquí mamá, Dylan y tú?
—
No, no lo sé.
—
Veras, Sean.
Cuando mamá estaba embarazada de ti fue secuestrada.
—
¿Secuestrada?
—
Sí. Unos hombres
encapuchados la raptaron a media noche y la llevaron a un lugar de las montañas
al norte de Irlanda. Al parecer un hombre tenía deudas con el banco de papá y
no las aceptó. Fue secuestrada y pidieron un alto rescate. Llegó el día del
intercambio y papá se acercaba a la casa en la que mamá estaba. Según lo
acordado debía entrar dejar el dinero e irse con mamá pero los secuestradores
acordaron que lo secuestrarían a él. Mamá los escucho y tras un arrebato de
cólera y heroicidad y se abalanzó contra uno de ellos, lo dejó inconsciente y
cogió una navaja que éste tenía. Salió por el pasillo y casi al llegar a la
puerta de salida un criminal la trató de agarrar por detrás pero mamá le clavó
el cuchillo en el corazón y salió de la casa. Lo que no sabíamos era que un
niño, casualmente el hijo de éste, de unos siete años, había visto lo ocurrido.
Este niño que ahora tiene veintinueve años mandó recientemente una nota a papá
amenazando con vengar la muerte de su padre.
—
Entonces, ¿va a
matar a mamá?
—
No. A mamá no
sino a ti, Sean. Además Dylan lo vio en Pamplona recientemente.
Recibí
tamaño impacto que me agarré a Richi con mucho miedo y llorando. Él comenzó a
llorar y me aconsejó irme a Irlanda pero no podía aceptarlo. No dejaría sólo a
Richi. Lo quería.
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