lunes, 17 de diciembre de 2012

Mi amor es cimero Capítulo 7

Mi amor es cimero

Capítulo 7

Richi y yo lloramos un buen rato y mis hermanos se fueron dejándonos solos con nuestro llanto. Era increíble el trascendental giro que nuestras vidas habían dado en ese momento. Un millar de preguntas nublaban mi mente. Dolor y angustia se apoderaban de mí ocultándome la luz que tras esos sentimientos se ocultaba. ¿Ocurriría el fatal desenlace? ¿Serían mis últimos días? ¿Me arrancaría de Richi? No soportaba la simple idea de que alguien quisiera hacerme ese daño pero aun así deseaba pasar con Richi los días que aún me quedaban.
Dos o tres horas más tarde vinieron mis hermanos y, al vernos durmiendo el uno sobre el otro, nos despertaron utilizando el amplificador de guitarra de Richi que estaba por ahí. Lo pusieron a nuestro lado, con casi el tope de volumen y Dylan tocó una nota que me hizo caer al suelo de cara y a Richi sobre mí. Estuvimos hablando y acordamos tener cuidado. Dylan nos seguiría a cualquier lado al que saliésemos y Sarah cooperaría con unos agentes de seguridad nacional situados en navarra.
Esa noche fue extraño porque estábamos muy afectados y a pesar de su dolor Richi intentó mostrar un poco de firmeza hacerme sentir mejor pero aun así se le escapaba alguna lagrimilla.
—    Richi, aún tienes una oportunidad de irte de aquí si quieres.
—    ¿Qué?
—    Que si deseas alejarte de todos estos problemas te dejaré. Es complicado para una persona como tú enfrentarse a algo tan gordo.
—    Una persona como yo… ¿Qué quieres decir?
—    Que aún eres muy débil como para enfrentarse a algo así.
—    ¿Y tú?
—    Yo puedo soportarlo.
—    No, Sean, no puedes.
—    Richi…
—    Sean no discuto que seas maduro… a tu forma… pero no puedes con algo así. No solo.
—    Richi, no puedo pero también sería un shock para ti. No puedo consentir el hacerte daño.
—    Sean, no me iré hasta haber resuelto este problema y conseguir volver a la normalidad que tanto añoro, junto a ti.
—    Richi, yo no quiero hacerte sufrir.
—    Sean, nuestra relación funciona así desde siempre. —dijo riendo.
Era verdad. Desde un primer momento la relación que tenía con Richi nos hacía sufrir un poco a ambos. Nos provocábamos heridas incurables el uno al otro pero eso nos mantenía unidos. Eran esas heridas que al curarse daban paso a cicatrices que nos mantendrían conectados para siempre. Era hermoso y a su vez doloroso pero desde la vez que lo vi en esa cafetería nuestros destinos comenzaron a forjarse en uno solo.
—    Sean estaré toda mi vida a tu lado. Lo sé.
—    Y yo estaré junto a ti en lo bueno y lo malo para siempre.
—    ¿Seremos felices juntos?
—    Lo estamos siendo. Ahora y siempre seré feliz mientras uno de tus dedos roce mi cuerpo, mi pelo, mis labios. Deseo estar siempre a tu lado.
—    Yo lo estaré. Sean te prometo estar siempre a tu lado, pase lo que pase.
—    Richi, ¿recuerdas aquellos momentos tan buenos que hemos pasado?
—    Todos y cada uno.
—    Me encantó tu primer beso. En ese entonces ya me gustabas.
—    ¿Sí?
—    Sí, Richi.
—    ¿Desde cuándo te gusto?
—    Desde ese día en la cafetería. Al llegar a casa no dejé de pensar en ti. Tu voz me recorría la mente y tu imagen me hacía sentir extraño.
—    Y,  ¿debido a qué?
—    No lo sé —dije acurrucándome en tu pecho— pero gracias a ello estoy ahora tan feliz.
—    Sean, me gustas en serio que me gustas y nada ni nadie me separaría de ti ahora mismo.
—    Te quiero. —dije cayendo dormido.
Al día siguiente me levanté y Richi me había preparado el desayuno. Recuerdo el delicioso sabor de esos bollos, ese zumo de naranja recién exprimido y esa suave leche. Acabé de desayunar y Richi me cogió y sentó en el sofá sentándose él a mi lado. Puso el televisor y empezamos a ver lo primero que encontramos agradable. Richi no dejaba de mirarme y sonreír. Su sonrisa era hermosa y yo tampoco le quitaba ojo de encima. Richi nunca se había preocupado tanto por mí y lo agradecía. Al menos ese día ocultaba mejor sus lágrimas; yo tampoco derramé ninguna por aquel tema. Nos besábamos constantemente y me sujetaba con el brazo puesto en mi espalda apoyándome sobre su pecho. Su firme cuerpo estaba desnudo sin contar unos calzoncillos pero yo lo abrazaba y acariciaba; sentía su calor y me reconfortaba la idea de tenerle ahí conmigo. Era algo que desde hace ya tiempo había deseado.
Pasamos un día estupendo los dos juntos. Estuvimos diciéndonos cosas hermosas sobre el tiempo en el que habíamos estado juntos. Nunca había visto a Richi así. Era como si fuera feliz solo por verme día a día o por haberme encontrado. Richi me hacía muy feliz y verlo así me alegraba pero a su vez me transmitía el miedo que sentía a perderme. No iba a decir nada sobre eso por miedo a que cesara o que Richi sufriera. Fue un día increíble y quería sentirme así de protegido siempre. Richi era así de protector y atento. Era hermoso despertar junto a él cada mañana; sus ojos, su pelo, sus labios mostrando una hermosa sonrisa y su voz diciendo un suave y profundo “Te quiero”. No hubo época anterior a esa más feliz en mi vida; Richi había abierto las puertas de mi felicidad.
Unos días más tarde, y con temor a quedarnos sepultados más tiempo en casa, decidimos ir al garaje de la banda de Richi a ver a Vanessa y éste a ensayar. Al llegar nos topamos por primera vez con el tercer miembro de la banda que habitualmente estaba trabajando durante nuestras visitas.
—    Leo, ¿qué tal, tio? —dijo Richi emocionado.
—    Pues feliz, como siempre. ¿Quién es tu amigo?
—    Se llama Sean.
—    Oh, Sean un placer.
—    El placer es todo mío, señor Leo.
—    ¡Qué educado!
—    Lo seré.
—    Shonny eres muy mono no lo ocultes. Debajo de ese refinado y elegante traje hay unosito de peluche.
—    Sí, Vanessa, estoy de acuerdo. Soy un peluche vestido de seda.
—    Pero, ¡qué mono! —exclamó Vanessa con ánimo.
—    Eh ese es David. —dijo Leo animado mirando a un hombre bastante mayor que nosotros que se acercaba hacia aquí.
—    ¿Quién es? —preguntó Richi.
—    Un tipo nuevo de mi trabajo. Le gustaría conocer nuestra música y lo invité.
—    Oh… bien.
—    Hola, Soy David, un placer.
—    Hola.
—    Eh, tú eres el escritor Sean Aiden, ¿no? ¿Podría hablar contigo en privado?
—    Claro.
Me alejé con este hombre hacia la esquina de la calle y comenzamos a hablar hasta que vimos como Dylan y Sarah se acercaban a los chicos de la banda. En ese momento su actitud cambió completamente dando de sí un lado que desconocía. Empezó a murmurar algo e intenté preocuparme por él.
—    ¿Pasa algo?
—    Sí…
—    ¿El qué?
—    Deberías estar muerto. Tu madre destruyo la vida de mi padre y la mía.
—    ¡¿Eh?!
—    ¡¡Deberías haber muerto junto a tu madre en aquella casa!!
Sacó una pequeña pistola y me disparó al pecho. Hecho esto caí al suelo y este hombre echó a correr dejándome malherido en la calle. Dylan y Sarah me vieron y vinieron en mi busca junto con Richi. Dylan fue tras él pero ya era demasiado tarde.
—    ¡Sean! Sean, respóndeme, ¡Sean!
—    Ri… Richi… Estoy bien…
—    Sean… Te quiero. Desde un principio me gustaste y temía confiar pero ha sido lo mejor que he hecho en años.
—    Te... quiero… Richi…
—    Te amo, Sean. Siempre has estado ahí y ahora seré yo quien esté a tu lado.
—    Richi…
—    Sean, te amo.
Dicho esto me besó.
—    Ri… chi te… amo…
Nada más decir esto caí desmayado sobre el brazo que Richi tenía bajo mi cabeza. Yo, en realidad, amaba a ese chico.

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