Mi amor es cimero
Capítulo 7
Richi
y yo lloramos un buen rato y mis hermanos se fueron dejándonos solos con
nuestro llanto. Era increíble el trascendental giro que nuestras vidas habían
dado en ese momento. Un millar de preguntas nublaban mi mente. Dolor y angustia
se apoderaban de mí ocultándome la luz que tras esos sentimientos se ocultaba.
¿Ocurriría el fatal desenlace? ¿Serían mis últimos días? ¿Me arrancaría de
Richi? No soportaba la simple idea de que alguien quisiera hacerme ese daño
pero aun así deseaba pasar con Richi los días que aún me quedaban.
Dos
o tres horas más tarde vinieron mis hermanos y, al vernos durmiendo el uno
sobre el otro, nos despertaron utilizando el amplificador de guitarra de Richi
que estaba por ahí. Lo pusieron a nuestro lado, con casi el tope de volumen y
Dylan tocó una nota que me hizo caer al suelo de cara y a Richi sobre mí. Estuvimos
hablando y acordamos tener cuidado. Dylan nos seguiría a cualquier lado al que
saliésemos y Sarah cooperaría con unos agentes de seguridad nacional situados
en navarra.
Esa
noche fue extraño porque estábamos muy afectados y a pesar de su dolor Richi
intentó mostrar un poco de firmeza hacerme sentir mejor pero aun así se le
escapaba alguna lagrimilla.
—
Richi, aún tienes
una oportunidad de irte de aquí si quieres.
—
¿Qué?
—
Que si deseas
alejarte de todos estos problemas te dejaré. Es complicado para una persona
como tú enfrentarse a algo tan gordo.
—
Una persona como
yo… ¿Qué quieres decir?
—
Que aún eres muy débil
como para enfrentarse a algo así.
—
¿Y tú?
—
Yo puedo
soportarlo.
—
No, Sean, no
puedes.
—
Richi…
—
Sean no discuto
que seas maduro… a tu forma… pero no puedes con algo así. No solo.
—
Richi, no puedo
pero también sería un shock para ti. No puedo consentir el hacerte daño.
—
Sean, no me iré hasta
haber resuelto este problema y conseguir volver a la normalidad que tanto
añoro, junto a ti.
—
Richi, yo no
quiero hacerte sufrir.
—
Sean, nuestra
relación funciona así desde siempre. —dijo riendo.
Era
verdad. Desde un primer momento la relación que tenía con Richi nos hacía
sufrir un poco a ambos. Nos provocábamos heridas incurables el uno al otro pero
eso nos mantenía unidos. Eran esas heridas que al curarse daban paso a cicatrices
que nos mantendrían conectados para siempre. Era hermoso y a su vez doloroso
pero desde la vez que lo vi en esa cafetería nuestros destinos comenzaron a
forjarse en uno solo.
—
Sean estaré toda
mi vida a tu lado. Lo sé.
—
Y yo estaré junto
a ti en lo bueno y lo malo para siempre.
—
¿Seremos felices
juntos?
—
Lo estamos
siendo. Ahora y siempre seré feliz mientras uno de tus dedos roce mi cuerpo, mi
pelo, mis labios. Deseo estar siempre a tu lado.
—
Yo lo estaré.
Sean te prometo estar siempre a tu lado, pase lo que pase.
—
Richi, ¿recuerdas
aquellos momentos tan buenos que hemos pasado?
—
Todos y cada uno.
—
Me encantó tu
primer beso. En ese entonces ya me gustabas.
—
¿Sí?
—
Sí, Richi.
—
¿Desde cuándo te
gusto?
—
Desde ese día en
la cafetería. Al llegar a casa no dejé de pensar en ti. Tu voz me recorría la
mente y tu imagen me hacía sentir extraño.
—
Y, ¿debido a qué?
—
No lo sé —dije
acurrucándome en tu pecho— pero gracias a ello estoy ahora tan feliz.
—
Sean, me gustas
en serio que me gustas y nada ni nadie me separaría de ti ahora mismo.
—
Te quiero. —dije
cayendo dormido.
Al
día siguiente me levanté y Richi me había preparado el desayuno. Recuerdo el
delicioso sabor de esos bollos, ese zumo de naranja recién exprimido y esa
suave leche. Acabé de desayunar y Richi me cogió y sentó en el sofá
sentándose él a mi lado. Puso el televisor y empezamos a ver lo primero que
encontramos agradable. Richi no dejaba de mirarme y sonreír. Su sonrisa era
hermosa y yo tampoco le quitaba ojo de encima. Richi nunca se había preocupado
tanto por mí y lo agradecía. Al menos ese día ocultaba mejor sus lágrimas; yo
tampoco derramé ninguna por aquel tema. Nos besábamos constantemente y me
sujetaba con el brazo puesto en mi espalda apoyándome sobre su pecho. Su firme
cuerpo estaba desnudo sin contar unos calzoncillos pero yo lo abrazaba y
acariciaba; sentía su calor y me reconfortaba la idea de tenerle ahí conmigo.
Era algo que desde hace ya tiempo había deseado.
Pasamos
un día estupendo los dos juntos. Estuvimos diciéndonos cosas hermosas sobre el
tiempo en el que habíamos estado juntos. Nunca había visto a Richi así. Era
como si fuera feliz solo por verme día a día o por haberme encontrado. Richi me
hacía muy feliz y verlo así me alegraba pero a su vez me transmitía el miedo
que sentía a perderme. No iba a decir nada sobre eso por miedo a que cesara o
que Richi sufriera. Fue un día increíble y quería sentirme así de protegido
siempre. Richi era así de protector y atento. Era hermoso despertar junto a él
cada mañana; sus ojos, su pelo, sus labios mostrando una hermosa sonrisa y su
voz diciendo un suave y profundo “Te quiero”. No hubo época anterior a esa más
feliz en mi vida; Richi había abierto las puertas de mi felicidad.
Unos
días más tarde, y con temor a quedarnos sepultados más tiempo en casa,
decidimos ir al garaje de la banda de Richi a ver a Vanessa y éste a ensayar.
Al llegar nos topamos por primera vez con el tercer miembro de la banda que
habitualmente estaba trabajando durante nuestras visitas.
—
Leo, ¿qué tal,
tio? —dijo Richi emocionado.
—
Pues feliz, como
siempre. ¿Quién es tu amigo?
—
Se llama Sean.
—
Oh, Sean un
placer.
—
El placer es todo
mío, señor Leo.
—
¡Qué educado!
—
Lo seré.
—
Shonny eres muy
mono no lo ocultes. Debajo de ese refinado y elegante traje hay unosito de
peluche.
—
Sí, Vanessa,
estoy de acuerdo. Soy un peluche vestido de seda.
—
Pero, ¡qué mono!
—exclamó Vanessa con ánimo.
—
Eh ese es David.
—dijo Leo animado mirando a un hombre bastante mayor que nosotros que se
acercaba hacia aquí.
—
¿Quién es?
—preguntó Richi.
—
Un tipo nuevo de
mi trabajo. Le gustaría conocer nuestra música y lo invité.
—
Oh… bien.
—
Hola, Soy David,
un placer.
—
Hola.
—
Eh, tú eres el
escritor Sean Aiden, ¿no? ¿Podría hablar contigo en privado?
—
Claro.
Me
alejé con este hombre hacia la esquina de la calle y comenzamos a hablar hasta
que vimos como Dylan y Sarah se acercaban a los chicos de la banda. En ese
momento su actitud cambió completamente dando de sí un lado que desconocía. Empezó
a murmurar algo e intenté preocuparme por él.
—
¿Pasa algo?
—
Sí…
—
¿El qué?
—
Deberías estar
muerto. Tu madre destruyo la vida de mi padre y la mía.
—
¡¿Eh?!
—
¡¡Deberías haber
muerto junto a tu madre en aquella casa!!
Sacó
una pequeña pistola y me disparó al pecho. Hecho esto caí al suelo y este
hombre echó a correr dejándome malherido en la calle. Dylan y Sarah me vieron y
vinieron en mi busca junto con Richi. Dylan fue tras él pero ya era demasiado
tarde.
—
¡Sean! Sean, respóndeme,
¡Sean!
—
Ri… Richi… Estoy
bien…
—
Sean… Te quiero.
Desde un principio me gustaste y temía confiar pero ha sido lo mejor que he
hecho en años.
—
Te... quiero…
Richi…
—
Te amo, Sean.
Siempre has estado ahí y ahora seré yo quien esté a tu lado.
—
Richi…
—
Sean, te amo.
Dicho
esto me besó.
—
Ri… chi te… amo…
Nada
más decir esto caí desmayado sobre el brazo que Richi tenía bajo mi cabeza. Yo,
en realidad, amaba a ese chico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario