miércoles, 2 de enero de 2013

Mi amor es cimero Capítulo 8

Mi amor es cimero
Capítulo 8


Sean había sido atacado y ahora estaba en el hospital Virgen Del Camino recuperándose. Estaba grave, inconsciente, lleno de máquinas y vendas ensangrentadas en su pecho izquierdo. ¿Acaso era eso realidad? ¿Iba a morir? El segundo chico al que yo amaba, ¿correría la suerte del primero? ¿Por qué me pasa esto por segunda vez? Sean. Estoy enamorado de ese chico. No puedo creer que su destino sea morir así. Le hice daño, ahora éramos felices, juntos. El destino es cruel y en aquella ocasión me tendió una emboscada. Mi mente se nublaba de pensamientos oscuros pero nada en comparación con lo que a continuación venía. Recuerdo estar con Dylan en el hospital, Dylan estaba tranquilo pese a lo que su hermano sufría. Hablábamos, sonreía, me daba algún abrazo de consolación cuando me empezaba a poner lloroso, me tendía su hombro para poder desahogarme en él. Durante todo el tiempo del hospital no le vi con su habitual atuendo tan extravagante, sino que vestía un traje negro, elegante, de marca, mocasines, camisa propia de un alto ejecutivo, corbata, todo ello encajaba a la perfección con su pálida y fría piel y su pelo negro hasta los hombros con un mechón blanquecino en el largo flequillo. Se parecía mucho a Sean. Era flaco, fuerte, guapo. En sus brazos me sentía como un niño protegido por una fortaleza inexpugnable. Como si al cerrarse esos brazos nadie pudiera hacerme daño. Me recordaba a Sean. Su calor, su forma de agarrarme. Echaba de menos a Sean. Dylan era muy amistoso, agradable y tan niño como Sean. Realmente Sean y Dylan eran muy maduros aunque parecieran niños tontos de tres años, lo cual me encantaba.
—     Dyl, ¿Sean morirá?
—     No creo.
—     Estoy enamorado de él. Desde aquella cafetería no he podido quitarlo de mi mente. Es un arrogante, impertinente, idiota, engreído pero no cesa de intentar ayudarme y es servicial, caballeroso, un peque muy mono, y es increíble. —dije alzando la mirada a la cama donde Sean pasaba horas.
—     Richi, realmente te quiere.
—     Eh… ¿Me quiere?
—     Sí. Me habla de ti constantemente. Me dice la confianza que tiene contigo, lo que siente en cada uno de tus besos. Confía en ti más que en si mismo.
—     ¿Lo hace?
—     Sí.
—     Estoy enamorado de Sean.
Me levanté y fui hacia la cama.
—     Sean, ¿en verdad sientes eso por mí? Yo estoy enamorado de ti pero no sabía que tú por mí también.
—     Lo está. —dice Dyl sonriente— Te ama, Richi. No sabes cuánto…
—     Ojalá pudiera saberlo pero confío en que lo haga. Confío en Sean.
—     Lo sabrás. Tengo algo que a Sean le gustaría que tuvieras.
Sacó un colgante que Sean solía llevar y me lo dio. Tenía forma de sol, era de oro y en el centro había escrito el apellido Aiden.
—     Richi sabrás muy bien qué hacer con él y mírate bien lo que él te ha dado. Ahí está la llave y no te olvides de su cara. Aunque muera no la olvides.
—     ¿A qué viene tanto misterio?
—     A nada. Ya verás.
Pasé ahí la noche, habían pasado dos días desde que Sean había sido atacado y quería estar a su lado. Pese a los múltiples intentos de sus hermanos a alejarme para descansar yo me mantenía a su lado. Esa noche no dejaba de mirar a Sean se movía de vez en cuando así que empecé a hablar con él.
—     Sean, puede que no me estés escuchando y puede que si lo haces no quieras hacerlo pero lo diré igualmente. Te amo, Sean. Nunca sentí algo tan fuerte por nadie, ni siquiera por mi hermano. Llevo años tratando de evitar sentirme así y por ello juntándome con chicas, las cuales se enamoraban de mí y les hacía daño. Encontré a Vanessa a la cual quiero como a una hermana pequeña y ella a mí igual, aunque sea mayor. Luego te en mi bar y me pareciste arrogante, impertinente pero luego fui a tu casa y te comportaste como una persona débil e insegura. No entendía el motivo  pero al parecer te gustaba. Lo siguiente fue que uno le hizo daño al otro y el otro al uno y acabamos mal pero nos repusimos y éramos felices. Sé que sobrevivirás a ello. ¡Coño tienes que aguantar! —exclamé rompiendo en lágrimas— Ahora, todo había empezado a ir bien, estábamos juntos, felices, viviendo una fantasía, la fantasía de nuestra vida se había hecho realidad. Entonces todo cambió y ahora estás así. Si no te hubiera dejado ir tal como decían tus hermanos. ¡Sean, te amo! Te amo… Sean… —susurré.
Unas palabras empezaron a surgir de la boca de Sean.
—     Te… Amo… —susurraba con signos de dolor.
—     ¿Me has oído?
—     Sí…
—     Te quiero, Sean. —dije tras darle un beso.
—     Vete… al cielo…
—     ¿Eh?
—     Vete… al… cielo…
—     ¿Cielo?
—     Te… esperaré… Te quiero… Ven a… buscarme…
—     ¡Sean no! Aguanta.
Sean volvió a caer, inconsciente, en un profundo sueño mientras yo me quedaba pensando en esas palabras. Ir al cielo. No lo entendía. No entendía los mensajes que Sean me estaba pasando con esas palabras pero ya llegaría mi hora.
La mañana después Dylan me llevó a casa de Sean a desayunar y se fue al hospital. Yo no sabía qué hacer así que me puse a leer los libros de Sean. Mire de reojo todos pero me quedaba el que tenía en la mesilla. Ese libro me lo dio el día que conocí a Sarah y no entiendo el motivo. Lo ojeé por fuera. No era mucho más grande que los demás. Realmente era menor que algún otro. Lo abrí y miré. Estaba la foto que Sean tenía puesta en el vestíbulo. Miré dentro. Había algo en su interior. Una llave cayó sobre mis vaqueros. Creí que sabía qué hacer con ella y fui al vestíbulo, quité el cuadró y vi un hueco en la pared. Ahí encajaba la llave así que la metí y giré. Conseguí abrir la pared y dentro encontré una caja fuerte con un hueco en el que encajaba el colgante y un teclado numérico. También había una nota en la que ponía “¿Cuándo te conocí?” Tras eso supuse que se refería a mí y puse nuestra fecha. Dentro solo encontré un montón de cuadernos negros, forrados de piel y unas Letras doradas en la parte central en las que ponía “Sean J. Aiden”. Había otros más antiguos pero eran exactamente iguales a los nuevos, sin embargo, tenían el año en el que fueron escritos. Eran más bien agendas pero resultaron ser sus diarios. Me preguntaba el motivo de que estuvieran guardados bajo llave. Sean era muy independiente y muy obsesivo con su intimidad. Sus diarios estaban llenos de sufrimiento según leía. Había páginas marcadas en las que ponía cosas sobre conocer a alguien o dejar de ser su amigo. No había ninguna relación amorosa pero sí unos cuantos actos sexuales. Me parecía extraño que hubiera practicado sexo con gente fuera de una relación amorosa. Normalmente eran vecinos de su mismo barrio o compañeros de clase con los que no tenía mayor relación. Cada día en el que algo ocurría marcaba esa página con una cinta marrón grapada a esa página. No encontré mucho en sus diarios pero sí que me intrigó una cosa. En los últimos diarios apenas había cintas. Había dejado de ponerlas, sin embargo en el día en el que nos conocimos había una roja. Comencé a leer ese día pensando en todo lo que pasó y decía lo siguiente:
“Hoy he decidido salir de casa y así despejarme de tanto libro. Necesitaba comprar “Pasaje a la India” de E.M. Forster y Hamlet para regalar este último a mi hermano ya que tanto le gustan los espectros y sucesos semejantes. La verdad es que no me importaría ver un fuego fatuo pero tal suceso no despierta tamaño interés en mí para hacerme ir a un cementerio por la noche a esperar ver una llama azul proveniente de un hueso de difunto. Comprados los libros decidí pasear por San Juan y decidí pararme en una de esas cafeterías tan sencillas y calurosas. Nada más entrar me topé con una hermosa mesita rodeada de sillas de metal. Comencé a ojear Hamlet justo la parte del acto tercero en la cual tan memorable escena ocurre entre Hamlet y un estilete pronunciando su hermoso y apreciado monólogo. En el mismo instante en el que empiezo un camarero, vestido de negro, con cadenas, botas y un delantal blanco me interrumpe. Es hermoso y arrogante a su vez. Discutimos y tras un delicioso café me fui de ahí. No dejé de pensar en ese niñato hasta este mismo instante en el cual escribo sobre él. El resto del día ha sido únicamente sentirme culpable. Ese asqueroso crio ha conseguido lo que nunca nadie ha hecho. Me ha obligado a pensar en él sin cesar demasiado tiempo. ¿Será que me importa? ¿Más que nadie? No quiero mentirme más. Ese chico ha conseguido que me enamore de él platónicamente. En una mísera conversación me ha hecho sentir así. ¿Debería alejarme de él? No creo que pueda ¿Aguantaré? Me hará daño así que será mejor alejarme y no alterar mi vida por alguien así. ¿A quién quiero engañar? Estoy enamorado de ese chico y no sé ni su nombre, es una idiotez pero nunca me perdonaría si lo perdiese. Lo deseo junto a mí.”
Esa página de ese conjunto de diarios que cuentan su vida me hizo llorar. No fue la página en sí sino el conjunto de sentimientos, recuerdos y experiencias que había vivido con Sean. ¿Estarían a punto de acabar? No sabía la respuesta a esa pregunta pero junto a una pila de diarios a mi alrededor me decía a mí mismo que no deseaba y nunca desearía ver finalizar esa vida. No quería ver morir a Sean en esa cama. No podía acabar así. “No es posible ese final” me repetía una y otra vez sollozando por la segunda persona a la que he amado. Dormí esa noche en casa de Sean, en su cama aún respiraba su olor. Dormí agarrado a su pijama. Éste aún conservaba su olor y me sentía a su lado. La noche pasó y la mañana siguiente desperté y Dyl estaba sentado en la cama con una bandeja de comida para mí.
—     Dylan, ¿qué haces aquí a estas horas?
—     Come.
—     ¿Qué?
—     Come
—     De acuerdo —dije cogiendo la bandeja de desayuno.
 Tomé el zumo antes de que llegase a derramarse.
—     Está rico. Ahora dime qué pasa. ¿Es Sean?
—     Sí
—     ¡¿Qué ha pasado?!
—     Richi, Sean ha muerto.
—     ¿Qué?... Sean…
—     Lo siento.
—     Pero si todo estaba estable, ¿cómo ha podido pasar?
—     No era tan fuerte como para superar eso.
—     Sean… ¡Sean!... ¡Sean! —exclamé rompiendo en llanto.
—     Richi, tranquilo estoy aquí. —dijo abrazándome.
Dylan y yo permanecimos abrazados un par de horas mientras yo lloraba.
Un rato después de dejar de llorar Dylan me besó. No entendía el motivo pero tras decirme “Me gustas, Richi” creí entenderlo mejor. Se abalanzó sobre mí y me desabrocho la camisa. Me beso en la boca y fue bajando hacia abajo pasando por el cuello, el pecho, la tripa y antes de que continuase lo aparté de encima de mí y le dije que muerto o no yo no dejaría a Sean o al menos no en tan poco tiempo. Dylan lo entendió y salí hacia el hospital en el coche de Sean.
Al llegar a la habitación no había nadie sólo una señora cambiando las sábanas de la cama. Le pregunté acerca del paciente de la habitación y su respuesta fue que había fallecido. Caí sobre la cama llorando y pensando en que no podía ser verdad que Sean había muerto.
Sean a sus veintidós años de edad había fallecido a causa de un misterioso hombre que desde hace algún tiempo deseaba matarlo. Era imposible. Sean era una bellísima persona de la cual yo estaba enamorado. No estaba preparado y creo que nunca nadie está preparado para la muerte de un ser querido. Era feliz con ese chico y murió ese verano de 2012. No era posible pero era así.
Sean J. Aiden había muerto.

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