Mi amor es cimero
Capítulo 8
Sean
había sido atacado y ahora estaba en el hospital Virgen Del Camino
recuperándose. Estaba grave, inconsciente, lleno de máquinas y vendas
ensangrentadas en su pecho izquierdo. ¿Acaso era eso realidad? ¿Iba a morir? El
segundo chico al que yo amaba, ¿correría la suerte del primero? ¿Por qué me
pasa esto por segunda vez? Sean. Estoy enamorado de ese chico. No puedo creer
que su destino sea morir así. Le hice daño, ahora éramos felices, juntos. El
destino es cruel y en aquella ocasión me tendió una emboscada. Mi mente se
nublaba de pensamientos oscuros pero nada en comparación con lo que a
continuación venía. Recuerdo estar con Dylan en el hospital, Dylan estaba
tranquilo pese a lo que su hermano sufría. Hablábamos, sonreía, me daba algún
abrazo de consolación cuando me empezaba a poner lloroso, me tendía su hombro
para poder desahogarme en él. Durante todo el tiempo del hospital no le vi con
su habitual atuendo tan extravagante, sino que vestía un traje negro, elegante,
de marca, mocasines, camisa propia de un alto ejecutivo, corbata, todo ello
encajaba a la perfección con su pálida y fría piel y su pelo negro hasta los
hombros con un mechón blanquecino en el largo flequillo. Se parecía mucho a
Sean. Era flaco, fuerte, guapo. En sus brazos me sentía como un niño protegido
por una fortaleza inexpugnable. Como si al cerrarse esos brazos nadie pudiera
hacerme daño. Me recordaba a Sean. Su calor, su forma de agarrarme. Echaba de
menos a Sean. Dylan era muy amistoso, agradable y tan niño como Sean. Realmente
Sean y Dylan eran muy maduros aunque parecieran niños tontos de tres años, lo
cual me encantaba.
—
Dyl, ¿Sean
morirá?
—
No creo.
—
Estoy enamorado
de él. Desde aquella cafetería no he podido quitarlo de mi mente. Es un
arrogante, impertinente, idiota, engreído pero no cesa de intentar ayudarme y
es servicial, caballeroso, un peque muy mono, y es increíble. —dije alzando la
mirada a la cama donde Sean pasaba horas.
—
Richi, realmente
te quiere.
—
Eh… ¿Me quiere?
—
Sí. Me habla de
ti constantemente. Me dice la confianza que tiene contigo, lo que siente en
cada uno de tus besos. Confía en ti más que en si mismo.
—
¿Lo hace?
—
Sí.
—
Estoy enamorado
de Sean.
Me
levanté y fui hacia la cama.
—
Sean, ¿en verdad
sientes eso por mí? Yo estoy enamorado de ti pero no sabía que tú por mí
también.
—
Lo está. —dice
Dyl sonriente— Te ama, Richi. No sabes cuánto…
—
Ojalá pudiera
saberlo pero confío en que lo haga. Confío en Sean.
—
Lo sabrás. Tengo
algo que a Sean le gustaría que tuvieras.
Sacó
un colgante que Sean solía llevar y me lo dio. Tenía forma de sol, era de oro y
en el centro había escrito el apellido Aiden.
—
Richi sabrás muy
bien qué hacer con él y mírate bien lo que él te ha dado. Ahí está la llave y
no te olvides de su cara. Aunque muera no la olvides.
—
¿A qué viene
tanto misterio?
—
A nada. Ya verás.
Pasé
ahí la noche, habían pasado dos días desde que Sean había sido atacado y quería
estar a su lado. Pese a los múltiples intentos de sus hermanos a alejarme para
descansar yo me mantenía a su lado. Esa noche no dejaba de mirar a Sean se
movía de vez en cuando así que empecé a hablar con él.
—
Sean, puede que
no me estés escuchando y puede que si lo haces no quieras hacerlo pero lo diré
igualmente. Te amo, Sean. Nunca sentí algo tan fuerte por nadie, ni siquiera
por mi hermano. Llevo años tratando de evitar sentirme así y por ello
juntándome con chicas, las cuales se enamoraban de mí y les hacía daño.
Encontré a Vanessa a la cual quiero como a una hermana pequeña y ella a mí
igual, aunque sea mayor. Luego te en mi bar y me pareciste arrogante,
impertinente pero luego fui a tu casa y te comportaste como una persona débil e
insegura. No entendía el motivo pero al
parecer te gustaba. Lo siguiente fue que uno le hizo daño al otro y el otro al
uno y acabamos mal pero nos repusimos y éramos felices. Sé que sobrevivirás a
ello. ¡Coño tienes que aguantar! —exclamé rompiendo en lágrimas— Ahora, todo
había empezado a ir bien, estábamos juntos, felices, viviendo una fantasía, la
fantasía de nuestra vida se había hecho realidad. Entonces todo cambió y ahora
estás así. Si no te hubiera dejado ir tal como decían tus hermanos. ¡Sean, te
amo! Te amo… Sean… —susurré.
Unas
palabras empezaron a surgir de la boca de Sean.
—
Te… Amo…
—susurraba con signos de dolor.
—
¿Me has oído?
—
Sí…
—
Te quiero, Sean.
—dije tras darle un beso.
—
Vete… al cielo…
—
¿Eh?
—
Vete… al… cielo…
—
¿Cielo?
—
Te… esperaré… Te
quiero… Ven a… buscarme…
—
¡Sean no!
Aguanta.
Sean
volvió a caer, inconsciente, en un profundo sueño mientras yo me quedaba
pensando en esas palabras. Ir al cielo. No lo entendía. No entendía los
mensajes que Sean me estaba pasando con esas palabras pero ya llegaría mi hora.
La
mañana después Dylan me llevó a casa de Sean a desayunar y se fue al hospital.
Yo no sabía qué hacer así que me puse a leer los libros de Sean. Mire de reojo
todos pero me quedaba el que tenía en la mesilla. Ese libro me lo dio el día
que conocí a Sarah y no entiendo el motivo. Lo ojeé por fuera. No era mucho más
grande que los demás. Realmente era menor que algún otro. Lo abrí y miré.
Estaba la foto que Sean tenía puesta en el vestíbulo. Miré dentro. Había algo
en su interior. Una llave cayó sobre mis vaqueros. Creí que sabía qué hacer con
ella y fui al vestíbulo, quité el cuadró y vi un hueco en la pared. Ahí
encajaba la llave así que la metí y giré. Conseguí abrir la pared y dentro
encontré una caja fuerte con un hueco en el que encajaba el colgante y un
teclado numérico. También había una nota en la que ponía “¿Cuándo te conocí?”
Tras eso supuse que se refería a mí y puse nuestra fecha. Dentro solo encontré
un montón de cuadernos negros, forrados de piel y unas Letras doradas en la
parte central en las que ponía “Sean J. Aiden”. Había otros más antiguos pero
eran exactamente iguales a los nuevos, sin embargo, tenían el año en el que
fueron escritos. Eran más bien agendas pero resultaron ser sus diarios. Me
preguntaba el motivo de que estuvieran guardados bajo llave. Sean era muy
independiente y muy obsesivo con su intimidad. Sus diarios estaban llenos de
sufrimiento según leía. Había páginas marcadas en las que ponía cosas sobre
conocer a alguien o dejar de ser su amigo. No había ninguna relación amorosa
pero sí unos cuantos actos sexuales. Me parecía extraño que hubiera practicado
sexo con gente fuera de una relación amorosa. Normalmente eran vecinos de su
mismo barrio o compañeros de clase con los que no tenía mayor relación. Cada
día en el que algo ocurría marcaba esa página con una cinta marrón grapada a
esa página. No encontré mucho en sus diarios pero sí que me intrigó una cosa.
En los últimos diarios apenas había cintas. Había dejado de ponerlas, sin embargo
en el día en el que nos conocimos había una roja. Comencé a leer ese día
pensando en todo lo que pasó y decía lo siguiente:
“Hoy he decidido salir
de casa y así despejarme de tanto libro. Necesitaba comprar “Pasaje a la India”
de E.M. Forster y Hamlet para regalar este último a mi hermano ya que tanto le
gustan los espectros y sucesos semejantes. La verdad es que no me importaría
ver un fuego fatuo pero tal suceso no despierta tamaño interés en mí para
hacerme ir a un cementerio por la noche a esperar ver una llama azul
proveniente de un hueso de difunto. Comprados los libros decidí pasear por San
Juan y decidí pararme en una de esas cafeterías tan sencillas y calurosas. Nada
más entrar me topé con una hermosa mesita rodeada de sillas de metal. Comencé a
ojear Hamlet justo la parte del acto tercero en la cual tan memorable escena
ocurre entre Hamlet y un estilete pronunciando su hermoso y apreciado monólogo.
En el mismo instante en el que empiezo un camarero, vestido de negro, con
cadenas, botas y un delantal blanco me interrumpe. Es hermoso y arrogante a su
vez. Discutimos y tras un delicioso café me fui de ahí. No dejé de pensar en
ese niñato hasta este mismo instante en el cual escribo sobre él. El resto del
día ha sido únicamente sentirme culpable. Ese asqueroso crio ha conseguido lo
que nunca nadie ha hecho. Me ha obligado a pensar en él sin cesar demasiado
tiempo. ¿Será que me importa? ¿Más que nadie? No quiero mentirme más. Ese chico
ha conseguido que me enamore de él platónicamente. En una mísera conversación me
ha hecho sentir así. ¿Debería alejarme de él? No creo que pueda ¿Aguantaré? Me
hará daño así que será mejor alejarme y no alterar mi vida por alguien así. ¿A
quién quiero engañar? Estoy enamorado de ese chico y no sé ni su nombre, es una
idiotez pero nunca me perdonaría si lo perdiese. Lo deseo junto a mí.”
Esa
página de ese conjunto de diarios que cuentan su vida me hizo llorar. No fue la
página en sí sino el conjunto de sentimientos, recuerdos y experiencias que
había vivido con Sean. ¿Estarían a punto de acabar? No sabía la respuesta a esa
pregunta pero junto a una pila de diarios a mi alrededor me decía a mí mismo
que no deseaba y nunca desearía ver finalizar esa vida. No quería ver morir a
Sean en esa cama. No podía acabar así. “No es posible ese final” me repetía una
y otra vez sollozando por la segunda persona a la que he amado. Dormí esa noche
en casa de Sean, en su cama aún respiraba su olor. Dormí agarrado a su pijama.
Éste aún conservaba su olor y me sentía a su lado. La noche pasó y la mañana
siguiente desperté y Dyl estaba sentado en la cama con una bandeja de comida
para mí.
—
Dylan, ¿qué haces
aquí a estas horas?
—
Come.
—
¿Qué?
—
Come
—
De acuerdo —dije
cogiendo la bandeja de desayuno.
Tomé el zumo antes de que llegase a
derramarse.
—
Está rico. Ahora
dime qué pasa. ¿Es Sean?
—
Sí
—
¡¿Qué ha pasado?!
—
Richi, Sean ha
muerto.
—
¿Qué?... Sean…
—
Lo siento.
—
Pero si todo
estaba estable, ¿cómo ha podido pasar?
—
No era tan fuerte
como para superar eso.
—
Sean… ¡Sean!... ¡Sean!
—exclamé rompiendo en llanto.
—
Richi, tranquilo
estoy aquí. —dijo abrazándome.
Dylan
y yo permanecimos abrazados un par de horas mientras yo lloraba.
Un
rato después de dejar de llorar Dylan me besó. No entendía el motivo pero tras
decirme “Me gustas, Richi” creí entenderlo mejor. Se abalanzó sobre mí y me
desabrocho la camisa. Me beso en la boca y fue bajando hacia abajo pasando por
el cuello, el pecho, la tripa y antes de que continuase lo aparté de encima de
mí y le dije que muerto o no yo no dejaría a Sean o al menos no en tan poco tiempo.
Dylan lo entendió y salí hacia el hospital en el coche de Sean.
Al
llegar a la habitación no había nadie sólo una señora cambiando las sábanas de
la cama. Le pregunté acerca del paciente de la habitación y su respuesta fue
que había fallecido. Caí sobre la cama llorando y pensando en que no podía ser
verdad que Sean había muerto.
Sean
a sus veintidós años de edad había fallecido a causa de un misterioso hombre
que desde hace algún tiempo deseaba matarlo. Era imposible. Sean era una
bellísima persona de la cual yo estaba enamorado. No estaba preparado y creo
que nunca nadie está preparado para la muerte de un ser querido. Era feliz con
ese chico y murió ese verano de 2012. No era posible pero era así.
Sean
J. Aiden había muerto.
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