Voy a contaros una historia que me
contaba mi padre cuando yo era joven. En cierto momento de la historia hubo un
hombre. Este hombre tenía el deseo de conocer todo lo existente; quería conocer
la historia de cada pueblo, región, país o persona; quería conocer las artes en
su totalidad, es decir, estrategia, dominio de las armas, además de la
literatura, etc.
Cada día se entrenaba, leía y
conversaba con la gente del pueblo o ciudad en el que residía en cada momento.
Tras varios años dicho hombre se dio cuenta de que con una sola vida no podría
conocerlo todo y decidió pedir la inmortalidad a los dioses. Un día fue a un
lugar; una cueva en las montañas donde se decía que había un templo consagrado
a Hades. En dicho santuario se le apareció el mismísimo dios que reinaba el
inframundo y le ofreció un poco del delicioso Néctar que alimenta a los dioses
y que, a su vez, daba inmortalidad a los humanos. Tomado esto el dios le
propuso ayudarlo en su búsqueda de conocimiento y por eso le dio el poder de
leer la mente a las personas.
Nuestro hombre viajó por todo el
mundo aprendiendo y se convirtió en la persona con mayor conocimiento, se decía
que superaba a Atenea. Los años, los siglos y los milenios sin parar de
aprender le han convertido en un ser corrompido por el odio, ambición y
traición que los humanos portan en su historia, y también un esbozo de amor,
amistad o humildad y consumido por la realidad que lo rodea.
Actualmente dicen que vive siendo un
ermitaño en un bosque; el único sitio donde no puede lamentar haber aprendido
cómo funciona el mundo.
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