Al fin estoy en Skyrim pero las cosas
no han ido como esperaba. En el paso fronterizo me prendieron unos imperiales;
al parecer Ulfric Capa de la Tormenta ha asesinado al rey supremo.
Me desperté en una carreta rumbo a
Helgen. En frente de mí había un capa de la tormenta que me saludó. Me parecía
agradable su forma de hablar. Pese a que fuésemos a morir mantenía la fuerza;
¿serán así todos los nórdicos? Al otro lado había un Ladrón de caballos que
estaba asustado a más no poder y a mi lado estaba Ulfric Capa de la Tormenta,
el jarl de Ventalia y asesino del rey. Me asombré al verlo; quise preguntarle
qué había pasado pero tenía la boca tapada.
Llegamos a Helgen y nada más entrar
vi al general militar, Tulio dijeron que se llama, hablando con los Thalmor; el
imperio no debería asociarse con esa escoria. Sólo buscan poder y pronto
tendrán al imperio comiendo de sus manos. Paramos frente a una torre en la que
había más imperiales y nos hicieron bajar de las carretas. Dijeron los nombres
y el ladrón de caballos huyó pero le dispararon con un arco y murió. No sabían
quién era yo y les tuve que dar mi nombre. Me quitaron todas mis cosas al
apresarme y me dieron unos harapos destrozados. Por suerte me dejaron mi diario
después de mucha súplica. Fui hacia donde nos iban a ejecutar y vi como el
verdugo cortaba la cabeza de un soldado de los capas de la tormenta. El
siguiente era yo. Fui hacia mi final y caí de rodillas. Unos extraños ruidos se
escuchaban mientras veía como el verdugo alzaba el hacha. Segundos después… ¡Un
dragón! Vi un dragón aterrizar y expulsar fuego por la boca. ¿Qué narices era
eso? En un instante el cielo se tornó nublado y durante la confusión me alcé y
corrí hacia una torre animado por mi compañero de carreta.
Allí dentro estaban Ulfric y más
capas de la tormenta. Debía escapar y subí hacia arriba. Poco antes de llegar
la pared quebró y vi cómo el dragón echaba fuego dentro de nuestra torre. El
capa de la tormenta que me acompañaba me animó a saltar a la posada que estaba
en frente de la torre. Salté y sentí la emoción por un segundo mientras caía.
Nunca he luchado ni nada por el estilo; siempre me he mantenido como un
campesino humilde en mi tierra. Caí y me di un golpe tremendo. Estaba con las manos
atadas. No me gustaba no poder moverlas. Un poco más adelante estaba el
imperial que me pidió el nombre, un niño y otro adulto más. El dragón seguía
atacando y yo seguí adelante con el imperial.
Poco más adelante cayó el dragón
encima nuestra, prácticamente, en un muro a nuestra izquierda. Seguí mi camino
hasta llegar a unas fortificaciones. De pronto el imperial que mencioné antes y
el prisionero que me ayudó se toparon y me invitaron ambos a seguirle. ¿Qué
debía hacer? Tras un momento de meditación me decanté por Ralof, el capa de la
tormenta. Entramos al edificio y vimos a otro capa de la tormenta muerto en el
suelo. Ralof me liberó y me pidió que le quitara la ropa al cadáver. Tenía mis
dudas pero al fin y al cabo toda ropa es mejor que unos harapos. Le quité el
uniforme de los C. de la Tormenta y el hacha. Después mi compañero vio que no
había forma de salir de ahí pero justo en ese momento se oyeron ruidos al otro
lado de una de las puertas. Venían imperiales. Nos escondimos y cuando
aparecieron atacamos y, tras numerosos golpes los matamos.
En ese momento me sentí muy extraño.
Nunca antes había atacado a un hombre y menos lo había matado. Tenía miedo y a
la vez me sentía bien. Eso es un poco preocupante; es decir, no vine aquí para
matar personas. No quiero ser un asesino aunque no me sentí mal al matarlos. A
uno de los cadáveres le quité la espada. No me gusta combatir con hacha aunque
la conservé. Ralof y yo seguimos nuestro camino hacia los subterráneos y al
llegar abajo el techo del camino se cayó y nos vimos obligados a entrar a una
sala. En ella había otros dos imperiales más a los que maté. Por un momento las
heridas y el cansancio me pudieron pero aguanté y los maté.
Tras su muerte registramos la
habitación y encontré algunas pociones de aguante, salud y magia. Me tomé una
de salud y otra de aguante y seguimos nuestra marcha hasta la sala de torturas;
donde unos capas de la tormenta luchaban ferozmente contra los torturadores
imperiales. Ralof y yo les ayudamos y los vencimos. En una celda había un
cadáver, monedas y una poción. Ralof me pidió que cogiera unas ganzúas y la
abriese. Examiné la habitación y encontré un escudo, una maza, dos dagas,
varias ganzúas y un libro llamado “El libro de los sangre de dragón” de los
cuales me apropié. Abrí la celda y recogí el dinero. Sería mejor tener algo
para una posada, al menos. Bajamos con los otros dos capas de la tormenta hacia
una cueva donde unos imperiales nos aguardaban. Eran más de dos, había arqueros
y soldados cuerpo a cuerpo. Acabamos con la vida de todos aunque los arqueros
nos resultaron difíciles. Tras acabar con ellos me di cuenta de que uno de los
nuestros había muerto. Me lamenté por él y seguí con Ralof aunque la restante
de nuestros compañeros se quedó atrás.
Cruzamos un puente a tiempo de que
una enorme piedra lo derruyese y avanzamos por una cueva. Llegamos al final de
esta donde un grupo de arañas congeladoras nos atacó. Acabamos con todas y,
aprovechando la ocasión les extraje un poco de veneno congelador. Me serviría
para algo, pensé. En la cueva contigua a la de las arañas había un oso y Ralof
me mandó ser discreto y sigiloso para que aquel monstruo no nos viese. Conseguimos
escapar de él sin que nos viera y al fin salimos de la cueva.
Ya éramos libres. El dragón pasó por
encima de nosotros y por un momento volvió el miedo que había olvidado durante
la escapada de Helgen. Había manejado una espada y, lo que es más, había matado
hombres y escapado de criaturas. Debíamos dirigirnos hacia Cauce Boscoso; donde
Ralof tenía una hermana, Gerdur. Por el camino hablamos de diversas cosas; en
un momento me planteó unirme a los Capas de la Tormenta pero no estoy seguro de
que ese sea mi cometido. Sin embargo quizá lo haga; es decir, quiero que cese
esta rebelión. Con el tiempo, ambos bandos, sólo causarán problemas. Durante el
camino vimos, sobre una montaña, unas ruinas llamadas “Túmulo de las Cataratas
Lúgubres” que a Ralof le imponían respeto y unos menhires, a un lado del
camino, que, según Ralof protegían o ayudaban en algo a los que los activaban. No
lo recuerdo bien; sólo recuerdo que eran las piedras del Guerrero, del Mago y
del Ladrón. Yo activé la del Ladrón por activar alguna.
Al llegar a Cauce Boscoso fuimos
donde Gerdur quien, al principio, no se creyó la historia del dragón pero más
tarde la aceptó con una gran sorpresa. La amable mujer me dio una llave de su
casa y algo de comida y me dijo que fuera a ver al jarl de Carrera Blanca a contarle la historia del dragón. También
hablé con Hod, el marido de Gerdur que estaba asustado en gran parte por el
regreso de los dragones. Me preguntó si el dragón era más grande que una casa.
Me hizo un poco de gracia la inocencia de aquel hombre pero yo también estoy
asustado por aquel monstruo.
Ahora estoy en la posada de Carrera
Blanca y la posadera, Delphine, es un poco siniestra. El viaje ha empezado
movidito; he sido apresado, casi muero, he visto un dragón, he matado gente…
Creo que debería aceptar que para sobrevivir en esta tierra debo mantenerme
fuerte, rígido y de vez en cuando matar alguna persona. Trataré de no
quebrantar la ley e ir por mi cuenta, es decir, sin inmiscuirme en asuntos
oficiales aunque creo que es imposible. Mañana escribiré qué pasará con el jarl
de Carrera Blanca. Saludos.
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